El Rusty Anchor se estaba vaciando poco a poco, dejando atrás ese eco melancólico de las últimas copas y el olor a tabaco frío. Mis amigos se habían marchado hacía rato entre risas y promesas de resaca, dejándome sola con un último Gin Tonic que, a juzgar por cómo me daba vueltas la cabeza, había sido una decisión pésima.
Me sentía ligera, flotando en esa nube de despreocupación que solo el alcohol y una buena sesión de burlas contra Spencer Blackwood podían darme. Me levanté del taburete, sint