El Rusty Anchor se estaba vaciando poco a poco, dejando atrás ese eco melancólico de las últimas copas y el olor a tabaco frío. Mis amigos se habían marchado hacía rato entre risas y promesas de resaca, dejándome sola con un último Gin Tonic que, a juzgar por cómo me daba vueltas la cabeza, había sido una decisión pésima.
Me sentía ligera, flotando en esa nube de despreocupación que solo el alcohol y una buena sesión de burlas contra Spencer Blackwood podían darme. Me levanté del taburete, sintiendo que el suelo no estaba del todo donde recordaba, y caminé hacia la salida con la intención de buscar un taxi.
Pero el destino, o mi mala suerte personalizada, tenía otros planes.
Al salir al callejón lateral que daba a la calle principal, una figura alta y oscura recortada contra la luz de un neón rojo me hizo detenerme en seco. No necesitaba verle la cara; conocía ese corte de hombros y esa postura de "el mundo es mi tablero de ajedrez" a kilómetros de distancia.
—Vaya, Donovan. Parece qu