Si el orden fuera una estructura física, mi vida sería un rascacielos de hormigón armado, imperturbable ante los vientos de la City de Londres. Pero hoy, ese rascacielos tenía grietas. Y todas tenían la forma de una mujer rubia con un casco lleno de pegatinas y una lengua que debería estar clasificada como arma blanca.
Aflojé el nudo de mi corbata mientras el ascensor descendía hacia el garaje. Un gesto que para cualquier otro sería insignificante, para mí era una admisión de derrota. Me sentía