Mundo ficciónIniciar sesiónEl ambiente en la oficina de Spencer Blackwood a las seis de la tarde era el equivalente a estar atrapada dentro de un reloj suizo: todo era preciso, rítmico y exasperantemente monótono. El único sonido era el golpeteo rítmico de sus dedos sobre el teclado y el roce de mi lápiz sobre el papel vegetal. Llevábamos tres horas así, en un duelo de silencios interrumpido solo por mis comentarios ácidos cada vez que él me pasaba un informe de viabilidad financiera.
—Este presupuesto para el acristalamiento es ridículo, Donovan. Podríamos construir tres escuelas en África con lo que pretendes gastar en paneles reforzados —dijo Spencer, sin apartar los ojos de su pantalla. Su voz era plana, como si estuviera leyendo la lista de la compra.
—Y podrías construir un búnker nuclear con lo que pretendes ahorrarte, Gárgola —respondí sin levantar la vista de mi croquis—. Pero esto es un centro empresarial, no un refugio para el fin del mundo. A menos que estés planeando que tu empresa sea el último vestigio de la humanidad después del apocalipsis. Lo cual, sinceramente, explicaría por qué eres tan divertido en las fiestas.
Escuché el suspiro pesado de Spencer. Ese suspiro era mi música favorita; significaba que le había dado en el clavo.
—La eficiencia no es falta de diversión, es inteligencia. Algo que pareces confundir con el caos decorativo —replicó él, girando su silla finalmente para mirarme.
—La inteligencia sin alma es solo contabilidad, Spencer. Y tú no necesitas una arquitecta, necesitas una calculadora con patas —le lancé una sonrisa cargada de ironía mientras empezaba a recoger mis cosas—. Pero bueno, supongo que es difícil ver la belleza cuando tus ojos solo procesan símbolos de libra esterlina.
Él frunció el ceño al ver que yo estaba guardando mis escalímetros y cerrando el ordenador. Consultó su reloj con esa manía casi patológica.
—Todavía faltan doce minutos para que termine la jornada laboral según el cronograma de hoy —declaró, como si estuviera dictando una sentencia judicial.
—Bueno, pues apunta doce minutos a mi cuenta de "deuda emocional" —dije, colgándome el bolso al hombro y poniéndome la chaqueta de cuero—. Me voy.
—¿Te vas? Tenemos que revisar el sistema de climatización del ala norte.
—No, tú tienes que revisarlo. Yo tengo una vida, Spencer. ¿Sabes lo que es eso? —me acerqué a su escritorio, apoyando las manos sobre la madera oscura y regalándole mi mejor mirada de burla—. Es eso que pasa ahí fuera mientras tú te quedas aquí asegurándote de que el aire acondicionado esté a veintiún grados exactos. Hay gente, hay música, hay bebidas que no son café solo y amargo... Deberías probarlo algún día. Podría ser que hasta te creciera un corazón.
Spencer se quedó mudo por un segundo, con la mandíbula apretada. Había una chispa de algo en sus ojos, una mezcla de molestia y una curiosidad que intentaba enterrar bajo su fachada de CEO imperturbable.
—Tengo responsabilidades que no se detienen a las seis —respondió con frialdad.
—Y yo tengo una cita con una hamburguesa grasienta y gente que no usa corbata para dormir —le guiñé un ojo mientras caminaba hacia la puerta—. Mañana nos vemos, Gárgola. Intenta no tener un romance con tu hoja de Excel mientras no estoy.







