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Capítulo 4: El kilómetro cero de la paciencia

 

El reloj de la recepción de Blackwood Holdings marcaba las 06:58 de la mañana. Yo estaba allí, de pie, con un abrigo de lana que había visto días mejores y sosteniendo dos vasos de cartón de una cafetería italiana que, a diferencia de la gasolinera de ayer, servía algo que no sabía a combustible de avión. Me sentía extrañamente victoriosa por haber llegado dos minutos antes. En el mundo de la Gárgola, esos ciento veinte segundos eran la diferencia entre el respeto y el despido fulminante.

Cuando las puertas del ascensor privado se abrieron en la planta 60, no encontré el silencio sepulcral que esperaba. Spencer estaba de pie junto al escritorio de su secretaria, revisando unos informes con una velocidad que me hizo dudar si realmente era humano o un prototipo avanzado de inteligencia artificial diseñado para llevar trajes de tres piezas.

—Cincuenta y nueve segundos de sobra, Donovan. Casi me haces perder una apuesta conmigo mismo —dijo sin levantar la vista.

—Buenos días para ti también, Rayo de Sol —respondí, extendiéndole el café—. Aquí tienes. Sin azúcar, con un chorro de leche de almendras y amargo como tu alma. Tal como lo pediste.

Él levantó la mirada, sorprendido de que recordara los detalles, aunque solo los había mencionado de pasada ayer entre insulto e insulto. Tomó el vaso y sus dedos rozaron los míos. Fue un contacto breve, gélido por fuera pero que dejó una estela de calor en mi piel que me molestó profundamente.

—No te quites el abrigo —sentenció, dándole un sorbo al café y asintiendo casi imperceptiblemente ante el sabor—. No vamos a quedarnos en la oficina. Tenemos una inspección en el terreno de los muelles. El consejo quiere una revisión final de los cimientos antes de que empieces a destrozar mi presupuesto con tus "curvas orgánicas".

—¿Destrozar? Se llama inversión en belleza, Spencer. Pero supongo que para alguien que cuenta los céntimos como si fueran granos de arroz, la palabra "estética" suena a pecado capital —me burlé, siguiéndolo hacia el ascensor.

El trayecto en su coche fue una experiencia religiosa. Spencer conducía un Bentley negro que olía a cuero nuevo y a éxito. Él manejaba con la misma precisión con la que dirigía su empresa: sin desviarse ni un milímetro de su carril, con las manos firmes en el volante a las diez y diez. Yo, en cambio, no podía dejar de moverme, revisando mis bocetos, tarareando una canción que sonaba en la radio y bajando la ventanilla para que el aire frío de Londres me despertara del todo.

—¿Podrías dejar de... existir tan ruidosamente por un segundo? —preguntó él, apretando el volante.

—¿Te molesta el aire, Spencer? ¿O te molesta que alguien no esté sentado como un maniquí de escaparate? —le lancé una mirada irónica—. Vamos, estamos yendo a ver el sitio donde se levantará tu legado. Deberías estar emocionado, no pareciendo que vas de camino a un funeral.

Llegamos a los muelles en la zona este. Era un espacio inmenso, crudo, rodeado de agua gris y grúas oxidadas. Spencer se bajó del coche y se puso un casco blanco que, de alguna manera, lograba que siguiera pareciendo el hombre más poderoso de Inglaterra. Yo me puse el mío, uno lleno de pegatinas de bandas de rock y manchas de pintura, y lo seguí hasta el borde del muelle.

—Aquí es donde quiero la entrada principal —dijo él, señalando un punto exacto en el suelo—. Un vestíbulo de mármol de Carrara, techos de diez metros y una hilera de columnas que impongan respeto. Quiero que la gente entre aquí y sepa que Blackwood Holdings es inamovible.

Me eché a reír. No pude evitarlo. Fue una carcajada que rebotó en las estructuras de hierro cercanas.

—¿De qué te ríes ahora? —preguntó él, girándose hacia mí con una expresión de pura irritación.

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