—Suéltala. Ahora —la voz de Spencer no fue un grito, fue una amenaza susurrada que hizo que hasta a mí se me erizara el vello de la nuca.
—¡Eh, tío! Solo estábamos hablando... —balbuceó el acosador, palideciendo al ver la estatura y la mirada de Spencer.
—Tienes tres segundos para desaparecer de mi vista antes de que me asegure de que no vuelvas a caminar sin ayuda —sentenció Spencer, apretando más la muñeca del tipo.
El hombre no esperó al segundo tres. Se soltó como pudo y salió corriendo calle abajo como si lo persiguiera el mismo diablo.
El silencio volvió al callejón, roto solo por mi respiración agitada. Spencer se giró hacia mí, y por un momento esperé que me gritara o que se burlara de mi vulnerabilidad. Pero no lo hizo. Me sujetó por los hombros con una delicadeza que me desarmó.
—¿Estás bien? —preguntó, y su voz tenía un rastro de una preocupación que no pudo ocultar.
—Sí... —susurré, sintiendo que las piernas me fallaban de verdad—. Solo... ese tipo era un idiota. Y tú eres