—Suéltala. Ahora —la voz de Spencer no fue un grito, fue una amenaza susurrada que hizo que hasta a mí se me erizara el vello de la nuca.
—¡Eh, tío! Solo estábamos hablando... —balbuceó el acosador, palideciendo al ver la estatura y la mirada de Spencer.
—Tienes tres segundos para desaparecer de mi vista antes de que me asegure de que no vuelvas a caminar sin ayuda —sentenció Spencer, apretando más la muñeca del tipo.
El hombre no esperó al segundo tres. Se soltó como pudo y salió corriendo cal