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Capítulo 2: En la cama del despiadado

El peso de su cuerpo sobre el mío, sus caderas golpeándome con fuerza, sus manos marcando mi piel. Todo. Lo recordaba todo. Mi cuerpo aún podía sentirlo encima de mi, dentro de mí, tomándome como si su vida dependiera de ello, besándome para apagar su fuego.

Pensé que sería incómodo para mí, que me dolería, que ese hombre solo se preocuparía por su placer, pero no… Sus ojos entre marrones y dorados jamás abandonaron los míos, me observaban con atención, disminuyendo el ritmo cuando notaba que me estaba costando seguirle, deteniéndose cuando llegaba a mí limite, permitiéndome respirar, limpiando mis lágrimas con su lengua, dejando que marcara la piel de su espalda con mis uñas sin quejarse. Le costaba contenerse, lo veía en su expresión animal, en la manera en que sus músculos se tensaban, como apretaba sus dientes. Y eso fue lo más impactante para mí, que pese a su estado de descontrol, no me lastimó.

Por esos instantes en los que nuestros cuerpos se unieron, olvidé todo. La venganza, el odio, el rencor, la tristeza. Por primera vez en estos tres años, no había vacío que llenar. Dejé de considerarme un instrumento de venganza y volví a ser humana… Una mujer de carne y hueso.

Una voz grave, enfadada y maldiciendo en perfecto italiano llegó a mis oídos.

Ese hombre… Mi cabeza fue en todas direcciones, pero no estaba a la vista.

Mi cuerpo desnudo estaba cubierto por una sabana. Intenté sentarme, y entonces lo sentí, un tirón frío en la muñeca izquierda.

—¿Qué? —Agrandé los ojos al mirar mi muñeca.

¡Esposas! ¡Me habían esposado a la cama!

Tiré con fuerza, pero solo conseguí que el metal mordiera mi piel.

¿Cómo había terminado en esta situación?

Intenté acomodarme mejor, pero el dolor que me recorrió la espalda fue más intenso. A mi mente vino el recuerdo de la caída por las escaleras. Me dolía un montón las costillas, la columna, pero no creía que estuviera fracturada.

Con mi mano disponible, cubrí mi cuerpo desnudo con la sabana mientras intentaba descubrir cómo liberarme, pero mis pensamientos se dispersaron al ver una figura alta y fornida salir del balcón. Pasó a mi lado, dándome la espalda, ignorando mi presencia. Su dorso bien trabajado estaba cubierto de cicatrices que recordaba haber recorrido anoche con las palmas de mis manos. Lo hacía malditamente más atractivo y letal.

Los músculos de su espalda se contrajeron al colocarse la camisa del día anterior.

Como si nada, se giró en mi dirección. Su cabello rubio oscuro tomó un tono cobrizo bajo el sol. Sus ojos ámbar, los cuales me devoraron con devoción anoche, adquirieron un matiz de frialdad al verme.

Tragué saliva ante su gesto endurecido, muy distinto al depredador que me rescató anoche de una situación de vida o muerte.

—Tienes exactamente un minuto para convencerme de que no fuiste tú quien puso esa basura en mi copa anoche.

¿Qué yo qué?

Agrandé los ojos, horrorizada. Y me horroricé aún más cuando tomó un arma de la silla.

¡Tenía un arma! Pero… ¿En qué momento? ¿De dónde la sacó? ¿Con qué clase de hombre pasé la noche?

Me encontraba enormemente confundida con todo lo que estaba pasando en estas 24hr.

Por suerte, el arma no la usó para amenazarme, solo la guardó en su pantalón, como si fuera parte normal de su vestimenta.

—¡Yo no te drogué! —dije, rápidamente, tratando de ordenar las ideas en mi cabeza—. Ni siquiera te conozco.

—¿Y cómo es, entonces, que terminaste en mi habitación? ¿Y en mi cama? —preguntó, acercándose un paso. Su sola presencia llenaba la suite, opresiva.

Parpadeé repetidas veces, dándome cuenta de lo que ocurría. Él no recordaba nada…

Los Moretti, la huida, nuestro encuentro accidental y la forma en la que él mismo me capturó como si fuera una presa. Parecía no saber nada.

Bueno, por una parte estaba bien, así olvidaba el hecho de que estaba siendo perseguida por los hombres de Moretti. Pero la parte mala era que me dejaba muy mal parada respecto al afrodisíaco. Según él se lo dio…

—¡Tú dijiste que fue Silvia Moretti! —Solté, con el corazón en la boca del estómago.

Ese nombre… No esperé mencionárselo a nadie nunca en mi vida. Los Moretti han sido mi secreto, mi conexión con ellos estaba maldita. Y este hombre cuyo rostro era dolorosamente atractivo, aparentemente tenía lazos con ellos. Conocía a Silvia y lo peor era que no le podía preguntar directamente sin parecer sospechosa.

—¿Yo dije eso? —Por fin pude ver cómo aquella expresión endurecida flaqueaba un poco, pero se recuperó rápidamente.

Asentí con la cabeza.

—Anoche, cuando estabas… Alterado, dijiste: “La loca de la familia Moretti me dio un afrodisíaco”. Esas fueron tus palabras.

Él guardó silencio, su mirada se perdió en un punto por encima de mi cabeza.

Al parecer, si se olvidó de todo.

Me mordí el labio, desviando la mirada hacía las sábanas revueltas, donde él tomó mi virginidad.

—¿No… no te acuerdas de nada de lo que pasó anoche? —La pregunta me quemó la garganta.

Sus ojos volvieron a mi rostro, bajando por mi cuello y mis clavículas marcadas por sus dientes, sus manos. Un recordatorio de que lo pasó anoche fue real. Presioné la sábana contra mi pecho con más fuerza, mi piel ardiendo ante su atenta mirada.

—Tengo vagos recuerdos. Fragmentos dispersos —habló despacio, caminando en mi dirección.

Sus ojos se perdieron en mi escote, donde sobresalía la marca de sus dientes. Extendió su brazo, sus dedos rozando la mordida. Me estremecí, pero tontamente, no me aparté. El oxígeno abandonó mis pulmones, mi corazón empezó a bombear con fuerza, recordando como sus dedos me hicieron llegar al clímax, arrasando conmigo.

—Aunque puedo hacerme una idea de lo que ocurrió entre nosotros, Cucciola —Las yemas de sus dedos subieron por mi clavícula, acariciando mi piel, dejando un rastro ardiente a su paso. Siguió explorando, pasando por mi garganta, sintiendo como tragaba saliva. Hasta que llegó a mi mentón, tomándolo con firmeza, obligándome a mantenerle la mirada—. ¿Por qué preguntas? ¿Había algo memorable qué deba recordar?

Su mirada era intensa y sus labios formaron una sonrisa felina.

El muy desgraciado estaba jugando conmigo.

—No, nada —Me obligué a decir, sin vacilar, presionando la sabana hasta que mis nudillos palidecieron.

Eran como navajas a mi corazón, fingir que lo ocurrido anoche no tenía importancia, que no le había entregado mi pureza. Para un hombre como él debió ser algo insignificante acostarse con una desconocida. Seguro erya hasta normal en su vida. Pero yo no era así. Siempre esperé que mi primera vez fuera memorable y terminé entregándosela a un hombre que ni siquiera recordaba lo sucedido.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó de pronto, llamando mi atención.

—Evangeline Bonet —dije mi apellido falso como si nada.

Ya estaba acostumbrada a mi nueva identidad, a sobrevivir de esta manera.

—Evangeline Bonet —repitió lentamente, como si grabara cada sílaba en algún lugar profundo de su mente. Asintió para sí mismo—. De acuerdo. Te creeré respecto a la droga. Tengo mis razones.

Sus dedos abandonaron mi piel, dejándome ardiendo.

Dio la vuelta, inclinándose para tomar el saco en el suelo.

—Lo que haya sucedido aquí, sin embargo, fue un error. No se repetirá —sentenció, dándome la espalda mientras se colocaba el saco.

Sus palabras se clavaron como puñales en mi pecho. Me mordí el labio, resistiendo la humillación, la forma en que me desechaba con facilidad. Ya sabía que esto terminaría así desde el momento en que entré a esta habitación, pero no pude evitar que mi orgullo sangrara.

Guardé silencio, incapaz de responder algo que no delatara mi molestia.

Él pareció notarlo, porque sus ojos dorados cayeron sobre los míos, analizándome detenidamente.

—Ahora escucha, Evangeline Bonet, y escucha bien —Se acercó nuevamente a mí—. Anoche no pasó nada. No viste nada. No oíste nada. Y sobre todo, no estuviste con nadie. Si valoras tu bienestar, olvida esta habitación, olvida mi rostro y, sobre todas las cosas, jamás murmures mi nombre. ¿Está claro?

¿Su nombre? Ni siquiera sabía cómo se llamaba.

—La habitación ya está pagada, puedes irte cuando quieras —Depositó en mi mano una llave pequeña y fría.

Y sin decir más, se marchó, dejándome sola en la habitación.

Apreté el frío metal contra mi palma, reprimiendo lo que sentía.

—Quiero la cabeza del maldito que me drogó —Podía escucharlo hablar en el pasillo.

—Sí, Don Cipriano Grimaldi. Lo lamentamos profundamente. Nos encargaremos de encontrar a la persona que lo drogó —respondió una voz desconocida.

¿Qué?

Por un segundo, no fui capaz de moverme, incrédula ante lo que acababa de escuchar.

Grimaldi.

Cipriano Grimaldi.

El hombre más peligroso de Italia. Y yo… yo me había acostado con él. Le entregué mi virginidad a la persona más temida del continente Europeo.

Y… Al dueño de la grabación que tanto necesitaba.

Salí de mi estupefacción, con las manos sudorosas y temblando ante este nuevo descubrimiento, me liberé de las esposas. Me enrollé en la sábana lo mejor que pude y salí de la habitación, el corazón golpeándome con fuerza contra las costillas.

El pasillo… Estaba vacío.

No sólo había dormido con el hombre cuyo nombre era la pesadilla de Italia. Había dormido con el hombre que tenía el poder de absolver o condenar el recuerdo de mi padre.

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