Mundo ficciónIniciar sesiónBajo la vista de todos los presentes, me llevó a una habitación privada. Una oficina. Me colocó contra el escritorio, su altura mostrándose imponente ante mí. Vine aquí con un objetivo claro, pero mi lengua pareció olvidar como funcionaba.
Sin mediar palabra, sus manos fueron al cierre de mi vestido, bajándolo con una determinación absoluta. —¿Qué… qué crees qué haces? —dije con dificultad, tomándome desprevenida. —¿Dónde te tocó ese infeliz? —preguntó, con su mandíbula apretada, tirando del vestido con fuerza, exponiendo mis tetas. Un jadeo de vergüenza abandonó mi garganta. Sostuve el vestido con fuerza, antes de que lo siguiera bajando y revelara los moretones de mis costillas. A ningún hombre le gustaban las mujeres con aspecto demacrado. —Él no me tocó. No tuvo chance, tú llegaste… —Mi mente volvió a la escena sangrienta, a la rapidez y seguridad con la que actuó, enterrándole la daga en la mano a aquel pervertido. Sus ojos cobrizos fueron a mis tetas, viéndolas detenidamente. Era la misma mirada con la que me devoró anoche. Mi sangre comenzó a hervir y no fue precisamente de rabia. Sus dedos rozaron la marca que dejaron sus dientes. —Eso me lo hiciste tú —añadí, en voz baja, tragando saliva con dificultad. —Sé que es mía, reconozco mi propia marca —Su mano viajó a mi mentón, aprisionándome con sus dedos, obligándome a mirarlo—. Pero no te desvies del tema. ¿Qué haces en un lugar como este? ¿Sabes el peligro por el que acabas de pasar y lo mal que pudo terminar si yo no hubiera estado ahí para ayudarte? ¿Tanto te gusta jugar con fuego que vienes a quemarte a mi casa? La presión de sus dedos era firme, casi dolorosa. Por un segundo, mi mente divagó ante esos ojos severos y enfurecidos. ¿Estaba preocupado por mí? ¿Después de haber dicho que lo olvidará y que lo ocurrido entre nosotros no fue más que un error? —Pensé que eras una inocente atrapada en un mal momento, pero quizás me equivoqué. Quizás eres una mentirosa muy buena o una estúpida con deseos de morir —añadió, sacándome de mi ensoñación. —No soy ninguna mentirosa, ni una estúpida —dije, respirando profundo, tomando coraje para decir las palabras que tanto ensayé—: Vine aquí por ti. Enarcó una ceja, curioso. —¿Por mí? ¿Y qué podría querer una pequeña ratoncita de mí? O, ¿acaso vienes a reclamar por los servicios prestados anoche? —Su sarcasmo me atravesó como una daga. Quería provocarme, recordarme mi lugar, pero yo no podía caer en su trampa. Estaba aquí con un objetivo claro: hacer justicia. —Vine a buscarte porque quiero estar a tu lado —dije con determinación, apretando los puños—. Cómo tu amante. Nunca pensé decirle algo semejante a alguien en mi vida. ¿Yo, Evangeline Russell, amante de un hombre? Es más, ¿Amante de un hombre de tal categoría como lo era Cipriano Grimaldi? Jamás. Y aún así, aquí estaba, entregándome a mí misma para vengar a mi familia. El silencio fue tan denso que me costaba respirar. Estarle pidiendo algo semejante a un hombre, con mis tetas al aire, era demasiado vergonzoso, pero no podía echarme para atrás. —¿Mi amante? —repitió, como si la palabra fuera absurda. Sus dedos abandonaron mi mentón, dejando una marca de calidez a su paso. En su lugar, tomó mi cuello como su prisionero. Un jadeo escapó de mis labios, no por temor, sino por expectación. Porque tenía que reconocer, que cuando esas manos crueles estuvieron sobre mi cuerpo, lo último que hicieron fue lastimarme. Su otra mano atrapó mi muslo, expuesto por la abertura del vestido—. Con solo mirarte se ve que eres demasiado inocente. Demasiado… dulce. Tu piel huele a jabón barato, no a pólvora y sangre. No perteneces a este mundo. Apreté los dientes, sintiendo el peso de su rechazo. —No te estoy pidiendo que me entrenes para ser una mafiosa, solo te ofrezco mi compañía. O, ¿Le pides el currículum de crímenes a las mujeres antes de convertirlas en tus amantes? Una pequeña sonrisa adornó sus labios, pero no llegó a sus ojos, ensombrecidos por algo que iba más allá de mi entendimiento. —Mis amantes son mujeres que saben lo que es pelear por lo suyo. Qué no se derrumban ante un idiota ebrio. Mujeres que entienden el precio de pertenecer a una dinastía bañada en sangre —susurró, el vello de mi cuerpo se erizó—. Tú… tú te ves frágil, rompible. No sobrevivirías una semana en mi mundo. Sus palabras ardieron bajo mi piel. Él no entendía, no comprendía que ya llevaba tres años sobreviviendo a las balas, a la sangre, huyendo de mafiosos. Este mundo ya me había manchado hace mucho tiempo y se llevaron lo que más amaba. Ya no me podían arrebatar nada más. Estaba perdiendo mi oportunidad de acercarme a este hombre, porque creía que mi vida era color de rosa, que no era más que una caprichosa chica que cayó ante su frío corazón. —¡Conozco más de lo que crees! Trabajo en La Enésima, la lavandería de la Calle Orquídea. La que lava el dinero de los Moretti… y de otros. Tal vez no era lo mejor compartir esa clase de información, pero necesitaba demostrarle desesperadamente que pertenecía a su mundo, que yo también me mezclaba con mafiosos. Su expresión cambió, sorprendido. Pero, rápidamente volvió a aquel gesto de suficiencia que parecía caracterizarlo. Su mano en mi muslo subió unos centímetros, su pulgar haciendo un círculo provocador en mi piel. Me resistí lo mejor que pude, evitando estremecerme. —Ah, la lavandería —Su tono fue burlón, provocando que me hirviera la sangre—. El peldaño más bajo, el más inofensivo de toda esta estructura. El lugar donde ponen a los pobres diablos que no saben nada y a las chicas que necesitan un sueldo. Eso no te hace parte de este mundo, Cucciola. Eso solo te hace un peón. Se apartó de repente, rompiendo el contacto como si quemara. La pérdida de su calor fue tan abrupta como un golpe. —Vete —dijo, dándome la espalda y yendo hacia su escritorio, como si yo ya hubiera dejado de existir—. Vuelve a tu vida normal y déjate de fantasías. Esta vida no es para ti. La rabia subió por mi garganta. Este hombre… Me estaba rechazando, considerándome insuficiente para él. Me mordí el labio, intentando reprimir mi propia lengua. Pero fue imposible. Sí, buscaba venganza, buscaba justicia, pero había herido mi orgullo como mujer y no podía permitirlo. —No voy a suplicarte —Me separé del escritorio, manteniéndome erguida—. Ya hice mi oferta. Si te niegas, tú te lo pierdes, hay muchos que quisieran estar en tu lugar. Si cambias de opinión y te das cuenta de mi verdadero valor, aquí está mi tarjeta. Metí la mano en el bolsillo inexistente del vestido, con la realidad dándome un golpe directo en el rostro. ¡Yo no tengo tarjeta! ¡Jamás en mi vida había tenido una tarjeta de presentación! ¿Cómo se me ocurrió decir algo semejante solo para parecer genial e importante? Las mejillas me ardieron al ver como enarcaba una ceja. Su rostro continuaba severo, observándome fijamente, pero yo sabía que por dentro se debía estar burlando de mí. —Aunque, si eres tan poderoso como dices ser, no necesitarás una mísera tarjeta. Ya sabes mi nombre —Carraspeé, tratando de acomodar mis palabras, manteniendo el mentón en alto—. Y seamos honestos: una tarjeta terminaría en la basura o en el fondo de tu cajón. Si de verdad te interesa mi oferta, moverás tus propias influencias para encontrarme. Si no, ambos habremos ahorrado un poco de papel. Con paso decidido, salí de la oficina, sin mirar atrás. No iba a esperar una respuesta de su parte. O aún peor, que se burlara de mí. Era un completo pretencioso… malditamente atractivo, cautivador y dominante. ¡Ay, odiaba que fuera tan guapo y aún peor, que sea consciente de ese atractivo! Una parte de mi corazón empezó a sangrar. Yo no había dejado de pensar en él, en la forma que me salvó, en su cuerpo caliente y deseoso encima de mí, en sus ojos entre cobre y dorados que no dejaban de observarme, pero para él… no debió significar nada. Me rechazó sin vacilación. Entendía que su mundo era oscuro, cruel y despiadado, que yo no había sido criada de la misma manera que él, que mi apellido no estaba manchado de sangre por generaciones, pero mi vida había sido arrastrada a este infierno en contra de mi voluntad. No tenía más opción que sobrevivir y buscar justicia para mi familia. Pensé que sería difícil salir de este casino clandestino con los ojos de los guardias aún sobre mí, pero me dejaron ir fácilmente, lo cual me descolocó. Ni una amenaza, ni un golpe, y aún mejor, sin una bala incrustada en mi cráneo. Fue sorprendente. Mientras caminaba por la calle fría, no pude evitar pensar en que acababa de dejar marchar mi última oportunidad de conseguir la grabación solo porque mi orgullo fue pisoteado. Frente a la lavandería, saqué las llaves, abriendo la puerta. Mi mente fue haciendo una lista de mis problemas mientras pasaba en silencio, encendiendo las luces. Acomodar el tacón que rompí, poner el vestido de la perra de Silvia en su lugar, cambiar… Un puño impactó directamente en mi mejilla, tirándome al suelo. Por un segundo, el dolor me impidió hablar. Busqué con mi mirada al atacante y la sangre abandonó mi rostro al ver al sujeto. El señor Lorenzo. El dueño de la lavandería. —Así te quería agarrar, ladronzuela.






