Capítulo 3: Atrapada en el casino

Milagrosamente, el vestido sobrevivió a aquella noche desenfrenada. Me cambié en el callejón del hotel, oculta tras el basurero donde había dejado un bolso con unos jeans, una sudadera y unos zapatos deportivos. Tras vestirme, guardé allí el vestido y los tacones que había tomado prestados de la lavandería donde trabajaba.

Mi turno comenzaría en diez minutos.

Por suerte, la lavandería estaba en la misma calle. Y no era una sorpresa, ya que tienen nexos con ese hotel que usaban normalmente para las reuniones ilícitas. Por eso me esforcé por conseguir un trabajo en ese lugar.

De día fingen ser una lavandería intachable y de noche lavan dinero para los grupos criminales. Incluido los Moretti.

—Buenos días —dije en voz baja, entrando a la lavandería pequeña y humilde… Lo que aparentaba ser.

—Buenos días, Evangeline —respondió mi compañera, Sofía, detrás del mostrador.

Casi ni la conocía.

Ella y yo éramos las únicas trabajadoras de verdad en esta lavandería. Cuando yo llegaba a mi turno, ella se iba. Y viceversa.

Ella me observaba con una sonrisa, como si nada. Pero yo no podía evitar sentirme ansiosa, atrapada.

Traía en mi bolso un vestido y tacones que robé de este lugar y estaba la posibilidad de ser descubierta.

Pasé con fingida tranquilidad, cruzando la zona de clientes hasta llegar al depósito, cerrando la puerta y mirando en todas direcciones, asegurándome de estar sola.

Me moví lo más rápido que pude, con las manos temblorosas, volviendo a colocar los artículos… prestados en su lugar. Hice lo posible por aparentar que el tacón estaba bien, que no estaba despegado. Una vez que mi compañera se marchara, me dedicaría a pegar el tacón 

Respiré profundo, quitándome un peso de encima.

Mis ojos visualizaron un vestido largo en la fila de entrega. Era de un hermoso color plateado, brillante y lleno de lentejuelas, con un escote pronunciado que llegaba al ombligo. Era tan sexy, tan llamativo y en definitiva solo podía ser usado por una mujer que no teme ser el centro de atención.

Esperaba algún día poder tener la seguridad y la economía de usar algo semejante.

Mis ojos fueron al sello de la lavandería, con el nombre del cliente: Silvia Moretti.

Las manos me quemaban. Las lentejuelas del vestido se volvieron insoportable al tacto.

—Esa mujer… —Apreté los dientes, sintiendo la rabia resurgir desde la profundidad de mi estómago.

Su familia y ella me habían quitado todo lo que amaba. Y mientras yo aún sufría sus perdidas, ella disfrutaba de la vida; saliendo de fiesta, usando vestidos que me costaría varios salarios poder pagar.

No iba a permitirlo.

Con pasos decididos fui hasta donde estaba mi compañera de trabajo.

—Sofía, sinceramente, necesito estar fuera de mi departamento el día de hoy. ¿Puedo quedarme con tu turno de la noche el día de hoy? Trabajaré corrido todo el día, no es necesario que me cubras otro día.

Ella parpadeó, impactada.

—¿Estás segura?

Asentí con la cabeza, decidida.

—Sí, no te preocupes.

—Pues, bien —Se encogió de hombros—. Muchas gracias.

¡Bien, lo conseguiría!

He estado investigando a los Moretti durante casi tres años y en el trascurso, he descubierto algunos lugares usados por otros grupos criminales, incluida la Dinastía de los Grimaldi. Pero le quité importancia porque no quería meterme en más problemas. Mi único objetivo era la familia que arruinó mi vida.

Sin embargo, las circunstancias cambiaron y tendría que integrar a Cipriano Grimaldi en el plan. Y tenía una idea

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El vestido plateado me quedaba como una segunda piel, mostrando una sensualidad que nunca había usado en mi beneficio. Estaba fuera de mi zona de confort, pero… no me sentaba mal. Al contrario, nunca me había sentido tan hermosa. Dejé mi cabello rojo suelto, permitiendo que se moviera con la brisa.

Podía escuchar el retumbar de los latidos de mi corazón en mis tímpanos.

Lo había logrado. Me logré infiltrar en uno de los casinos pertenecientes a la Dinastía Grimaldi. Y con infiltrarme me refería a trepar hasta abrir una de las ventanas del segundo piso.

Este edificio eran tan lujoso e imponente como lo sospechaba. Y muy, muy reservado. Ni siquiera era un casino de uso público, era uno exclusivo para los miembros de la facción de los Grimaldi.

Todas las personas que me cruzaba, debían conocerse a la perfección. Yo era la intrusa, la nueva. Debía encontrar a ese hombre de ojos dorados antes de que alguno de sus hombres me descubriera y me volará los sesos por creer que era una espía.

Me acerqué a la ruleta de azar, fingiendo interés. En realidad, era el lugar más estratégico para observar los alrededores ya que estaba en el centro del salón. Busqué entre los rostros que reían, contaban anécdotas, fumaban, bebían y apostaban. En eso, mi mirada se encontró con un guardia que cubría una de las puertas. Un escalofrío subió por mi columna vertebral.

«Nos vimos por coincidencia», me intenté convencer a mí misma, pero la ansiedad comenzó a subir por mi garganta.

Mis ojos fueron con desesperación al resto de la habitación, ubicando a los guardias. Y lo peor de todo, era que todos tenían su mirada clavada en mí.

Eso ya no era una coincidencia...

«Mierda, me descubrieron. Necesitaba salir de aquí»

Mi corazón golpeó con fuerza contra mis costillas, mis pies se movieron por si solos. Ya yo sabía que esto era una misión suicida desde el momento en que me infiltré en una de las facciones más temida, pero jamás perdía la fe de salir victoriosa.

Caminé rápidamente entre las múltiples mesas y juegos de azar, notando como los guardias cubrían cada una de las puertas existentes sin perder vista de mis movimientos.

«Me estaban acorralando»

Justo cuando vi una puerta libre de matones, un guardia se colocó justo en frente.

—¡Carajo! —Me quejé, sintiendo el miedo carcomer mis huesos.

Las probabilidades de que no saliera viva de este lugar eran altas.

Si tan solo Cipriano estuviera aquí, tal vez lo podía convencerlo de que no me mate.

Me di la vuelta, buscando otra ruta de escape, pero mi hombro chocó contra algo sólido. Una copa terminó partiéndose en el piso. Al levantar la vista, un hombre de unos treinta años y gesto de molestia se encontraba ante mí. Su camisa blanca y elegante manchada de púrpura.

Si no había llamado la atención de los presentes, con esto ya lo conseguí.

—¡Mira lo que has hecho, zorra torpe! —gritó, sus ojos observando su traje arruinado.

No se me pasó desapercibida el arma que adornaba su cintura.

—Lo siento, fue un accidente. Yo pagaré la tintorería —Traté de decir, siendo consciente que quitar esa clase de mancha en una tela blanca era casi imposible, pero necesitaba salir de este aprieto.

El hombre me miró, sus ojos enrojecidos y vidriosos recorrieron mi cuerpo. Sus facciones endurecidas tomaron un matiz perverso.

—No, no me pagarás de esa forma, pequeña puta. Ven acá —Me tomó de la muñeca,  tirando de mí hasta que choqué contra su pecho. El dolor que recorrió mis costillas me hizo recordar que el accidente por las escaleras tal vez era más grave de lo pensé—. Ya veo que te gusta exhibirte con todas esas mordidas. Te daré un trabajo de verdad.

Las mejillas se me tiñeron de rojo, ardiendo. Intenté cubrir lo mejor que pude las marcas de los dientes de Cipriano, pero algunas eran imposibles.

—¡Suéltame! —Forcejeé, pero el dolor en las costillas me atravesó. El vestido, el cual se me hacía tan hermoso y llamativo, me hizo sentir repentinamente expuesta.

—Con este vestido y estas marcas, cualquiera sabe a qué te dedicas. No me hagas perder el tiempo —Me colocó contra una mesa de apuesta. Seguí forcejeando pese a la molestia en mis huesos.

El hombre intentaba persistentemente quitarme el vestido, enfrente de todos, hombres y mujeres, y nadie parecía importarle que yo no quisiera. Solo nos observaban como si fuera una broma.

No podía respirar. El miedo paralizó mis pulmones, pero mis brazos seguían moviéndose, evitando que desgarrara la ropa.

Logró inmovilizarme, pegando mi rostro a la mesa. El terror me carcomió por dentro, los ojos se me cristalizaron por las lágrimas. No encontraba manera de escapar.

Sin embargo, todo ocurrió en cuestión de segundos.

Su mano, la cual buscaba el cierre de mi vestido, terminó en la mesa, junto a mi rostro. Una daga le atravesó la piel, clavándolo a la mesa. Un chillido poco varonil salió de la garganta del hombre. Me liberó, concentrándose en su mano aprisionada entre la mesa y la daga.

Con el cuerpo tembloroso, terminé desparramándome en el suelo, frente a unos zapatos de cuero negro.

El silencio a mi alrededor fue absoluto. Inclusive la música y los chillidos del cerdo se detuvieron.

—El próximo que intente levantarle una mano, la perderá antes de que pueda disculparse —Una voz grave, gruesa y dominante llenó la habitación. La reconocí de inmediato.

Subí la mirada, encontrándome con el gesto endurecido del hombre alto y de ojos dorados, que en estos momentos brillaban con un tono despiadado.

Cipriano Grimaldi.

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