Mundo ficciónIniciar sesión«¿Será que existe el amor a primera vista?» De esa pregunta surgió el tormento de Nicolás Ortiz. Para él, la ley es orden y control; sin embargo, todo su rigor jurídico se desmorona en los pasillos de una biblioteca al conocerla a ella. Isabel García es todo lo que un hombre de leyes no debería desear: brillante, impredecible y con una presencia que desafía cualquier norma establecida. Por otro lado, para Isabel, él fue la prueba irrefutable de que el orden puede ser tentador: un hombre de presencia imponente, mirada analítica y una rectitud que parecía redactada bajo escritura pública. Él era el rigor que ella siempre intentaba evitar, pero que ahora no podía dejar de observar. ¿Es falta de ética entrelazar el amor y la ley en dos individuos que son abogados casi rivales? Nicolás Ortiz e Isabel García son unos excelentes abogados que abogan por que se cumplan correctamente las leyes, pero ¿podrán ellos cumplir con las normas de sus sentimientos? Él no robó un beso; simplemente ejerció actos de dominio tendientes a acreditar la posesión. Ella aceptó llevarlo a su cama, pero tiene algo muy claro: en el amor, como en la corte, jamás le dará la razón.
Leer másCuando se está en la etapa de la adolescencia, siempre existe la pregunta: «¿Qué vamos a hacer cuando seamos adultos?». Muchos quieren ser médicos, ingenieros, docentes, psicólogos o escritores, pero esas profesiones no eran las ideales para él.
Un hombre con un rostro casi impecable, una barba perfectamente cortada, el cabello con un buen estilo y un impecable traje de color azul marino; eso es lo que visualizan las personas que se encuentran dentro de la biblioteca a la que él suele ir algunas noches. Nicolás Ortiz lleva algunos meses trabajando en Acoley & Legal, un bufete muy prestigioso en el país que le pertenece a su padre. Esta situación le genera un poco de incomodidad porque, a pesar de tener una familia estable, Nicolás tiene la urgencia de demostrar que ha llegado a la cima por su propio pie. Ortiz se caracteriza por ser uno de los mejores abogados de la firma. Como es costumbre, cada viernes le asignan un nuevo expediente en donde él se da la tarea de investigar a sus clientes y el motivo del juicio; este caso no es la excepción. Por eso acude a la biblioteca, lugar al que ha denominado su santuario. Observa muy concentrado los fólderes con una taza de chocolate caliente en una de las tantas mesas que adornan el lugar. Todo en su espacio está milimétricamente alineado. La concentración del hombre se interrumpe cuando ve frente a él a una mujer demasiado ruidosa para su gusto y con una risa escandalosa. Ortiz, sin querer, le dedica más tiempo del debido, observando cómo su mesa es un campo de batalla: documentos desordenados, subrayadores de colores neón por todos lados y una taza de café que amenaza con mancharlo todo. El solo pensar en ese caos le genera un terrible dolor de cabeza. Para el hombre de traje, la tranquilidad, el silencio y el orden son tres características sagradas. Mientras tanto, la chica continúa absorta en lo suyo, al parecer escuchando música en sus auriculares. —Esto es una biblioteca, no un karaoke —le grita con su voz ronca y un tono fastidiado. Por primera vez, Nicolás se fija completamente en cómo es la mujer que está a escasos metros de él. Pareciese que le costaba respirar: un rostro espléndido, su cabellera amarrada en una coleta y sus grandes ojos mirándolo con notoria tensión. A pesar del enfado, un suave aroma a vainilla y café fuerte proveniente de ella invade su espacio personal, distrayéndolo de su rigor jurídico. Su cuerpo, que la mesa le impedía ver bien, le indicaba desde lejos que ella era diferente y, ¡joder!, cómo de inmediato le incitaba a aventurarse a un acuerdo privado bilateral en donde Ortiz llevaría a cabo un acuerdo de voluntades. —¿Disculpe? —La mujer procede a quitarse los audífonos y prestarle atención al hombre que está frente a ella con el ceño fruncido. —No debería hacer tanto ruido. ¿No ve que no me puedo concentrar? —dice alzando un poco la voz y tratando con todas sus fuerzas de controlarse. —Oiga, cuide su tono —responde ella señalándolo con uno de sus dedos—. Y si le molesta mi presencia, pues se puede marchar —agrega, posando su mirada nuevamente en los documentos. La mujer no podía creer lo guapo que se miraba aquel hombre y lo "cara de culo" que tenía de carácter, pero aun así no perdería su tiempo discutiendo con una persona desagradable; tenía un importante caso que estudiar y debía ganarlo sí o sí. —Además de ruidosa, es irrespetuosa. Vaya lo que se carga, señorita —murmura él con sarcasmo. Isabel, sin ni siquiera mirarlo, le saca el dedo corazón, una acción que es un insulto en cualquier parte del mundo. Aquel hombre todavía no podía creer el tremendo carácter que poseía la mujer y, aunque le molestaba su presencia, había algo en ella que lo volvía completamente loco. Prefirió irse del lugar. No por lo que aquella mujer había dicho, ya que no acostumbraba a huir de las situaciones, pero quedó claro que no había manera de concentrarse. Caminó hacia su coche mientras el aire frío de la noche golpeaba su rostro, tratando de borrar la imagen de esos ojos desafiantes de su mente. Nicolás abandonó la biblioteca con una extraña sensación de derrota; no sabía quién era esa mujer, pero tenía claro que ella acababa de presentar una demanda de intrusión en su tranquilidad que él no estaba dispuesto a dejar pasar. Tarde o temprano, se volverían a ver en el estrado.Nicolás OrtizEl destello de los flashes de la prensa golpeó el parabrisas tintado del coche en cuanto Mendoza frenó frente a las escaleras del Palacio de Justicia. Afuera, los reporteros se amontonaban como buitres, buscando la declaración que hundiera a la firma.En otro momento, me habría tomado un segundo para analizar el panorama, pero en ese instante, lo único que ocupaba mi mente era la rigidez de mi propio cuerpo y la presencia de la mujer sentada a mi lado. Isabel mantenía la vista fija al frente, con la barbilla en alto y las manos apretadas sobre el fólder que contenía nuestro recurso de emergencia. El sastre verde le sentaba de una manera insultante, pero me obligué a apartar la mirada.Habíamos firmado una tregua en mi oficina, sí. Le había devuelto el control de los alegatos de cierre porque su maldito recurso era una obra de arte legal, pero eso no cambiaba las cosas. El golpe que me había dado en la sala de juntas seguía doliendo, no solo en el cuerpo, sino en mi orgul
Isabel GarcíaMe quité los tacones en cuanto crucé la puerta de mi departamento y los dejé caer sobre el suelo con un eco que resonó perfectamente el estado de mis nervios.Caminé descalza hasta el baño, entré de inmediato y me apoyé contra el borde del lavabo, clavando la mirada en el espejo. Mis mejillas todavía conservaban un rastro de rubor encendido, pero no era por timidez; era pura adrenalina. Me desabotoné el saco del sastre rojo con dedos ligeramente temblorosos y lo colgué en el perchero.Le había pegado un rodillazo a Nicolás. En su propio bufete. En la mismísima sala de juntas.Una parte de mi cerebro, la más analítica y calculadora, me gritaba que acababa de firmar mi sentencia de muerte profesional. Nicolás era un hombre soberbio, un estratega implacable que no conocía la derrota y que manejaba los hilos del bufete con una precisión milimétrica. Nadie lo humillaba. Nadie lo doblaba física ni mentalmente. Sin embargo, al recordar la forma en que me había acorralado contra
Nicolás OrtizVerla cruzar la puerta de la sala de juntas con el sastre rojo encendido fue como ver una declaración de guerra materializarse frente a mis ojos.Llegaba tarde. El reloj de oro en mi muñeca marcaba las dos y tres, y si algo detestaba en este mundo, era la falta de rigurosidad con el tiempo. El desorden en la agenda me provocaba una irritación casi física, un tic imperceptible en la mandíbula. Sin embargo, en cuanto la pesada puerta de madera se empujó y ella avanzó con esa caminata felina, segura y firme sobre sus tacones, el reproche que tenía preparado en la punta de la lengua se disolvió, transformándose en algo mucho más oscuro, denso y difícil de catalogar.—Buenas tardes, caballeros. Disculpen la demora —dijo Isabel, barriendo la sala con una sonrisa corporativa, impecable y fría que no llegó a tocar sus ojos—. El tráfico en la avenida central es imposible.—No se preocupe, abogada —respondió el presidente de la constructora, un hombre que manejaba miles de millone
Isabel GarcíaColgué el teléfono antes de que delatara lo rápido que iba mi corazón.Apoyé la espalda contra una de las columnas calientes del Palacio de Justicia, cerré los ojos y obligué a mis pulmones a llenarse de aire. Tenía los dedos fríos a pesar del sol del mediodía. Presioné la tablet contra mi pecho, sintiendo el metal rígido como un escudo improvisado contra las últimas palabras de Nicolás.Ese hombre era un peligro. Lograba desestabilizarme con un simple susurro arrastrado a través del auricular. «Yo siempre cumplo». Sabía perfectamente a qué se refería, y la sola idea de lo que me esperaba al caer el sol me provocaba un escalofrío que se me instalaba directo en el vientre.Me ajusté las gafas oscuras y bajé las escaleras a paso rápido hacia mi auto. Los tacones negros repicaban contra el concreto con una firmeza que yo misma me obligaba a fingir. Había elegido el sastre rojo esa mañana para recordarle a Ortiz que no iba a esconderme en la sobriedad después de lo que pasó
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