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Capítulo 5: Caso Brenda Contreras

Isabel García 

—María, esta mujer está loca… —solté apenas crucé el umbral de mi oficina, dejando caer el bolso sobre el sofá con un golpe seco.

Lo único que necesitaba en ese momento era silencio para pensar cómo diablos iba a ganar este caso. Brenda no me lo estaba dejando nada fácil; mentir sobre algo tan crucial como una infidelidad con el mejor amigo del esposo no es un "pequeño detalle", es una granada de mano sin seguro en medio del juicio. Si eso sale a la luz, nos va a explotar en la cara, y yo no pienso permitir que mi historial de victorias se manche por una indiscreción de alcoba.

—Te lo dije, Isabel. Esa tal Contreras tiene cara de ser un dolor de cabeza —respondió María, siguiéndome con la mirada fija—. ¿Y qué más te contó?

—Creo que para ella esto todavía es un juego. Un juego que no está en sus planes perder y, te lo digo en serio, María, en los míos tampoco —comenté con una frialdad que hasta a mí me sorprendió—. Tenemos que cavar más profundo. Necesitamos información que nos dé una ventaja injusta. Indaga sobre las exesposas. ¿Por qué se separó Villareal de las cuatro anteriores?

—Puedo rastrear eso —asintió María, sacando su tablet—. Lo que creo que jugaría a nuestro favor es confirmar que Villareal es una persona controladora, impulsiva y manipuladora. Un perfil de manual.

—Exacto. Si el río suena, es porque piedras trae. Vamos a persuadir al juez maximizando el sufrimiento y el aislamiento de Brenda. Si logramos pintar a Alfonso como el villano opresor, su supuesta infidelidad pasará a segundo plano como un "grito de libertad" —dije, entrelazando mis dedos mientras mi mente procesaba mil estrategias por segundo.

—Me gusta la idea. Es una salida arriesgada, pero es la mejor que tenemos —asintió María con los ojos de par en par. La conozco; está nerviosa, pero le encanta la adrenalina de estos casos tanto como a mí.

—A mí no es que me agrade mucho jugar sucio, pero aquí no estamos inventando nada que no sea cierto. El tipo es un animal, ella misma lo dijo. Así que ándale, necesito esa información para ayer, María. ¡Muévete! —le ordené con un gesto de urgencia.

—Dame unos minutos —respondió ella y salió de mi oficina como un rayo.

Me quedé sola. Respiré profundo, tratando de bajar las revoluciones de mi corazón, y me concentré en los documentos. En el tablero del juicio solo había dos jugadas posibles: o Brenda obtenía el divorcio con todos los beneficios de ley por maltrato, o Villareal presentaba pruebas de la infidelidad y nos dejaba en la calle, sin un centavo y con la moral por los suelos.

No puedo dejar que eso ocurra. No me importa si Brenda es una santa o una pecadora; mi trabajo es que ella gane, y para eso necesito ser más astuta, más rápida y más despiadada que el abogado que tenga enfrente.

Me recosté en mi silla, revisando mis notas. Sabía que el juez asignado era un hombre de ética intachable; no le bastarían las lágrimas de Brenda ni mis discursos apasionados. Necesitaba hechos. Hielo puro.

María volvió antes de lo esperado con una carpeta gruesa. Sus mejillas estaban encendidas por la emoción.

—Aquí está el historial oscuro de Alfonso Villareal —dijo, dejando el peso de la carpeta sobre mi escritorio—. Tuvo una disputa pública y desagradable con su cuarta esposa. Hay registros de denuncias por comportamiento agresivo y tácticas de manipulación psicológica.

—Perfecto —respondí, hojeando las páginas con una sonrisa depredadora—. Esto es oro. Vamos a construir un patrón de conducta. Mostraremos que no es un esposo herido, sino un hombre posesivo que usa su poder para anular a las mujeres.

—Y hay más —añadió María—. Encontré declaraciones de vecinos que dicen que solía vigilar a su exesposa incluso después de la separación. El tipo es un acosador. 

—Eso es aún mejor. Un hombre obsesivo, incapaz de aceptar la independencia ajena. Si lo hacemos bien, el juez no verá a una mujer infiel, sino a una víctima desesperada por escapar de una jaula de oro.

La estrategia estaba tomando forma, pero faltaba el golpe de gracia. Una idea cruzó mi mente como un relámpago.

—¿Y si conseguimos que una de las exesposas de Villareal testifique sobre su comportamiento? Alguien que haya vivido en carne propia su verdadera naturaleza —dije, sintiendo cómo las piezas del rompecabezas encajaban.

—Eso podría ser muy efectivo, pero dudo que alguna quiera enfrentarse a un monstruo como él —advirtió María.

—Déjame eso a mí. Conozco a la abogada que llevó el divorcio de su cuarta esposa; me debe una grande desde el caso de las inmobiliarias —respondí con una sonrisa depredadora.

María me miró con una mezcla de admiración y un poco de miedo. Sabía que cuando me ponía así, nada me detenía. Tomé el teléfono sin perder un segundo. No necesitaba "mover hilos" invisibles, necesitaba actuar con la precisión de un cirujano. Marqué el número privado de mi colega y esperé. Tras tres tonos que me parecieron eternos, una voz profesional y algo cansada respondió al otro lado.

—¿Diga? —escuché.

—Elena, soy Isabel García. Espero no interrumpir nada importante —dije con un tono que mezclaba la cortesía con la autoridad de quien sabe que tiene una deuda a su favor.

—Isabel... ha pasado tiempo. Supongo que no llamas para saber cómo va mi vida social —respondió ella con una risa seca.

—Me conoces demasiado bien. Estoy sobre el caso de Alfonso Villareal y su actual esposa, Brenda Contreras. Sé que tú representaste a la cuarta, y necesito un nombre, una dirección y, sobre todo, un testimonio que Villareal no pueda ignorar. Sé que hay cláusulas de confidencialidad, Elena, pero también sé que me debes una muy grande por lo de la constructora el año pasado.

Hubo un silencio prolongado al otro lado de la línea. Podía escuchar el sonido de unos papeles moviéndose. Sabía que la estaba poniendo en un aprieto, pero en este negocio, los favores son la moneda de cambio más valiosa.

—Es un terreno peligroso, Isabel. Villareal no juega limpio —advirtió Elena en voz baja.

—Yo tampoco, Elena. Ya deberías saberlo —sentencié, mirando a María, quien seguía cada una de mis palabras con los ojos muy abiertos—. Solo dame lo que necesito para que esa mujer hable. Yo me encargo del resto.

—Está bien... Te enviaré un contacto por mensaje cifrado. Pero tú y yo estamos a mano después de esto, ¿entendido?

—Totalmente. Gracias, Elena.

Colgué el teléfono sintiendo cómo la adrenalina recorría mis venas como una descarga eléctrica. Miré a María con una sonrisa que ya cantaba victoria antes de tiempo.

—Todo está tomando forma —le dije a María —. Ahora, lo único que queda es prepararnos para los interrogatorios. Necesitamos estar listas.

María asintió con determinación —Nos aseguraremos de que no haya sorpresas. 

Mientras preparábamos la estrategia final, no podía evitar sentir una mezcla de emoción y nerviosismo. Sabía que estábamos jugando con fuego, pero también sabía que era nuestra única oportunidad de ganar. Este juicio sería una batalla, y estaba lista para enfrentarla, utilizando cada arma a nuestra disposición.

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