Seducción en el Bufete
Seducción en el Bufete
Por: NayelyLaraC
Preludio

Cuando se está en la etapa de la adolescencia, siempre existe la pregunta: «¿Qué vamos a hacer cuando seamos adultos?». Muchos quieren ser médicos, ingenieros, docentes, psicólogos o escritores, pero esas profesiones no eran las ideales para él.

Un hombre con un rostro casi impecable, una barba perfectamente cortada, el cabello con un buen estilo y un impecable traje de color azul marino; eso es lo que visualizan las personas que se encuentran dentro de la biblioteca a la que él suele ir algunas noches.

Nicolás Ortiz lleva algunos meses trabajando en Acoley & Legal, un bufete muy prestigioso en el país que le pertenece a su padre. Esta situación le genera un poco de incomodidad porque, a pesar de tener una familia estable, Nicolás tiene la urgencia de demostrar que ha llegado a la cima por su propio pie. Ortiz se caracteriza por ser uno de los mejores abogados de la firma.

Como es costumbre, cada viernes le asignan un nuevo expediente en donde él se da la tarea de investigar a sus clientes y el motivo del juicio; este caso no es la excepción. Por eso acude a la biblioteca, lugar al que ha denominado su santuario. Observa muy concentrado los fólderes con una taza de chocolate caliente en una de las tantas mesas que adornan el lugar. Todo en su espacio está milimétricamente alineado.

La concentración del hombre se interrumpe cuando ve frente a él a una mujer demasiado ruidosa para su gusto y con una risa escandalosa. Ortiz, sin querer, le dedica más tiempo del debido, observando cómo su mesa es un campo de batalla: documentos desordenados, subrayadores de colores neón por todos lados y una taza de café que amenaza con mancharlo todo. El solo pensar en ese caos le genera un terrible dolor de cabeza.

Para el hombre de traje, la tranquilidad, el silencio y el orden son tres características sagradas. Mientras tanto, la chica continúa absorta en lo suyo, al parecer escuchando música en sus auriculares.

—Esto es una biblioteca, no un karaoke —le grita con su voz ronca y un tono fastidiado.

Por primera vez, Nicolás se fija completamente en cómo es la mujer que está a escasos metros de él. Pareciese que le costaba respirar: un rostro espléndido, su cabellera amarrada en una coleta y sus grandes ojos mirándolo con notoria tensión. A pesar del enfado, un suave aroma a vainilla y café fuerte proveniente de ella invade su espacio personal, distrayéndolo de su rigor jurídico. Su cuerpo, que la mesa le impedía ver bien, le indicaba desde lejos que ella era diferente y, ¡joder!, cómo de inmediato le incitaba a aventurarse a un acuerdo privado bilateral en donde Ortiz llevaría a cabo un acuerdo de voluntades.

—¿Disculpe? —La mujer procede a quitarse los audífonos y prestarle atención al hombre que está frente a ella con el ceño fruncido.

—No debería hacer tanto ruido. ¿No ve que no me puedo concentrar? —dice alzando un poco la voz y tratando con todas sus fuerzas de controlarse.

—Oiga, cuide su tono —responde ella señalándolo con uno de sus dedos—. Y si le molesta mi presencia, pues se puede marchar —agrega, posando su mirada nuevamente en los documentos.

La mujer no podía creer lo guapo que se miraba aquel hombre y lo "cara de culo" que tenía de carácter, pero aun así no perdería su tiempo discutiendo con una persona desagradable; tenía un importante caso que estudiar y debía ganarlo sí o sí.

—Además de ruidosa, es irrespetuosa. Vaya lo que se carga, señorita —murmura él con sarcasmo.

Isabel, sin ni siquiera mirarlo, le saca el dedo corazón, una acción que es un insulto en cualquier parte del mundo. Aquel hombre todavía no podía creer el tremendo carácter que poseía la mujer y, aunque le molestaba su presencia, había algo en ella que lo volvía completamente loco.

Prefirió irse del lugar. No por lo que aquella mujer había dicho, ya que no acostumbraba a huir de las situaciones, pero quedó claro que no había manera de concentrarse.

Caminó hacia su coche mientras el aire frío de la noche golpeaba su rostro, tratando de borrar la imagen de esos ojos desafiantes de su mente. Nicolás abandonó la biblioteca con una extraña sensación de derrota; no sabía quién era esa mujer, pero tenía claro que ella acababa de presentar una demanda de intrusión en su tranquilidad que él no estaba dispuesto a dejar pasar. Tarde o temprano, se volverían a ver en el estrado.

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