Mundo ficciónIniciar sesiónNicolás Ortiz
—Así que mi nuevo cliente es Alfonso Villareal —recalqué, dejando que el nombre pesara en el aire de la oficina. —Sí. Por favor, proporciónale el mejor trato. Sabes que somos socios en el mundo de las criptomonedas y necesito que gane este caso a toda costa —me explicó Mario, mi padre, con ese tono de voz que no admitía réplicas. Desde niño, me criaron para ser el vivo reflejo de mi padre. Aunque la idea nunca me agradó del todo, aprendí a aceptarla, pero bajo mis propias condiciones. Dejé de depender económicamente de mi familia hace mucho tiempo; si tomé la decisión de trabajar en el patrimonio familiar, fue únicamente por la terquedad de mis hermanos y, en una medida muy mínima, por la proximidad de la jubilación de mi padre. Como abogado, este es uno de los tantos casos que manejo, y estoy plenamente confiado en que ganaré. No es arrogancia, es un hecho: soy el mejor del país en mi profesión. Conozco al señor Villareal, conozco su trayectoria implacable en los negocios y he llegado a escuchar rumores sobre su esposa. Por lo que veo en el expediente, este caso no debería tener mayores complicaciones. —Me pondré a investigar enseguida y le haré una visita al señor Villareal —dije asintiendo con sobriedad. —Está bien, hijo. Haz lo que mejor sabes hacer —ordenó él con una sonrisa de satisfacción. Salí de su despacho con la carpeta de cuero en la mano y caminé directamente hacia mi oficina. El eco de mis zapatos sobre el mármol del bufete marcaba mi ritmo. Antes de entrar, le hice una seña a mi asistente para que pasara; el tiempo era un recurso que no me permitía desperdiciar. —Dígame señor… —Necesito que te comuniques con el señor Villareal. Él será nuestro nuevo cliente —ordené mirándolo fijamente. Mi asistente es una persona muy capaz, y no tengo quejas al respecto, ya que no acostumbro a trabajar con personas incompetentes—. Quiere el divorcio con la condición estricta de no darle un solo centavo a su esposa. Al parecer, ella le fue infiel —expresé, dejando el folder sobre el escritorio. —Entiendo. ¿Cuánto tiempo tenemos antes de la primera audiencia? —preguntó él, tomando notas. —Una semana. Es poco tiempo, pero para nosotros es suficiente. Comunícate de inmediato con Alfonso —indiqué. Él asintió y salió enseguida de mi oficina, cerrando la puerta tras de sí. (…) Me quedé solo, pero el silencio no trajo la concentración de siempre en aquel restaurante. ¿Quién demonios es ella? Esa es la pregunta que anda rondando en mi cabeza desde que la conocí en aquella biblioteca. Además del carácter fatal que demostró tener, ella era distinta. No sé si fue su silueta voluptuosa lo que me llamó la atención al instante, pero definitivamente tengo que saber quién es. Necesito, por lo menos, verla una vez más para sacarme esta intriga del sistema. Prácticamente la conocí ayer y no sale de mi mente. Es la primera vez que una mujer, además de mi madre, me enfrenta de ese modo, sin bajar la mirada, sin miedo a mi tono de voz. A veces suelo ser muy serio y un poco despiadado, lo sé, pero así es como he sobrevivido en este mundo de tiburones. —¿Me entendió, Ortiz? —La voz del señor Villareal me trajo de vuelta a la realidad. —¿Disculpe? —parpadeé, dándome cuenta de que me había quedado perdido en mis pensamientos. Alfonso Villareal, sentado frente a mí en la mesa del exclusivo restaurante, frunció el ceño y respiró profundo. Me lanzó una de esas malas miradas cargadas de prepotencia; de esas que recibo a diario y que ya no me causan el menor efecto. —Veo que tiene la mente en otro lado y así no se puede trabajar, señor Ortiz. Mi futuro y mi prestigio están en juego por culpa de esa zorra de mi esposa —agregó, descargando la palma de su mano con fuerza sobre la superficie de la mesa. Entrecerré los ojos al escuchar lo último que dijo. Enarqué una ceja, sintiendo cómo una punzada de irritación recorría mi columna. Traté de evitar sonar demasiado incómodo, pero hay límites que no permito que se crucen en mi presencia. —Seré su abogado, pero no voy a permitir que se refiera a las mujeres de esa forma —respondí, colocando mis codos sobre la mesa para inclinarme hacia él, invadiendo su espacio personal—. Eso no le quita ni le hace ser más hombre, ¿me escuchó? La cara de Alfonso pasó del asombro absoluto a una mueca de gracia, y eso sí que me encabronó. Lo que tengo que aguantar por los negocios de mi padre. —¿Pero quién te crees que eres? —preguntó en un susurro, rechinando los dientes. —Está de más decirlo… Usted es mi cliente y, por encima de eso, tengo mis propias pautas y reglas. No las voy a cambiar porque sea usted o cualquier otro —indagué sin dejarme intimidar. Nunca lo hago. Si son estúpidos, es algo que tengo que soportar, pero el respeto es innegociable. Dicen que cuando Dios estaba repartiendo la paciencia, yo ya iba por el camino del carácter. —Voy a prescindir de sus servicios, abogado. Esa no es la manera en la que debería tratarme —indicó acusándome con un dedo tembloroso por la rabia. Respiré profundo, manteniendo la calma que a él le faltaba. Apoyé la espalda en el elegante respaldo de la silla del restaurante y crucé los brazos sobre mi pecho, mirándolo con una frialdad absoluta. —Hágalo, y luego me informa cómo le va con otro bufete… —agregué con voz gélida—. Usted decide si seguimos en contacto, señor Villareal. Me puse de pie, ajusté mi saco y salí de allí sin mirar atrás. ¿Pero qué se creía? ¿Qué le iba a rogar? Eso jamás pasaría. Suelo perder el control y casi nunca tengo el sentido de la palabra paciencia, pero procuro nunca referirme a una mujer en esos términos, aunque se lo merezca. Y vaya que me he topado con algunas que se lo merecen, pero mi educación y mi ética están por encima de cualquier cliente malcriado.






