Capítulo 4: Volver

Nicolás Ortiz

—Nicolás, por Dios, te dije que le dieras las mejores atenciones al señor Villareal —dijo mi padre, frotándose las sienes, claramente descontento por los últimos acontecimientos.

—Y así lo hice. Pero sabes que no me dejo intimidar por nadie y, la verdad, Alfonso es un hombre insoportable —respondí sin pelos en la lengua. Cuando las cosas están mal hechas, lo están—. Voy a comprender si ya no quieres que siga en este caso —anuncié, siendo consciente de que mi actitud en el restaurante no fue la más diplomática.

—No, hombre. Seguirás hasta ganar… Pero eso sí te digo: ten mucha paciencia, por favor. No quiero más quejas de Alfonso —respondió, clavando su mirada en la mía con severidad.

—Está bien —claudiqué.

—Entonces nos vemos luego. Tengo una reunión en unos minutos —inquirió, observándome como si tratara de descifrar qué pasaba por mi mente.

Asentí, me levanté de la silla y salí de su oficina para dirigirme a la mía, situada en el mismo piso. Apenas cerré la puerta, el tono de mi teléfono rompió el silencio. Era mi tía Noelia.

—¿Cómo estás, tía? —pregunté de inmediato, suavizando el tono.

—Estoy bien, hijo. Te llamo porque no he sabido de ti. ¿Cómo vas en el bufete? —preguntó con esa calidez que siempre me reconforta.

—Muy bien. Me asignaron un nuevo caso y estoy trabajando en ello, por eso he estado un poco ocupado. ¿Y mis hermanos? —pregunté, sentándome finalmente detrás de mi escritorio, en mi santuario de orden.

Ella es como mi madre. Desde que mamá falleció hace cinco años, se hizo cargo de nosotros y le tengo un aprecio inmenso; es, de hecho, una de las razones principales por las que decidí regresar al país.

Tengo dos hermanos más pequeño de edad: Noel y Natalia. Con Noel la relación es tensa; siempre hemos estado en desacuerdo. Él está terminando la carrera de Derecho, pero siento que su única meta es superarme en todo, algo que, obviamente, no ha logrado. Natalia, en cambio, es la luz de mis ojos. Tras la muerte de mamá, ella fue la más afectada; se sentía perdida, y yo me prometí estar siempre ahí para guiarla.

—Tu hermana está en la universidad y Noel se está preparando arduamente para presentar su tesis —me puso al día mi tía.

—Eso está excelente… ¿Y cómo sigues de salud? Sabes que tienes que cuidarte —le recordé, sospechando que no estaba siguiendo las indicaciones médicas al pie de la letra.

—No te preocupes por mí, hijo. Ya soy una señora mayor y lo único que tengo seguro es la muerte —confesó con un tono cabizbajo que me encogió el corazón. Ella nunca superó del todo la partida de mamá; eran inseparables.

—No digas esas cosas, por Dios.

—Es la verdad. Pero no quiero aburrirte, es mejor que pongas toda tu atención en tu nuevo caso. Espero que ganes con buenos resultados.

—Gracias, tía. Así será —expresé antes de colgar.

La relación de mi padre con mi tía se enfrió tras la muerte de mi madre, algo que nunca terminamos de entender. Fue tan grave que mis hermanos decidieron irse a vivir con ella para cuidarla en sus baches de salud. Mi padre no lo tomó bien, pero terminó aceptándolo. Él es un hombre inteligente, un estratega nato al que siempre he admirado, aunque casi nunca se lo diga.

Respiré profundo, mirando un punto fijo en la pared. Hablar con mi tía siempre me dejaba esa mezcla de paz y nostalgia. Mamá solía regañarme mucho; decía que yo era un mujeriego empedernido. Aunque se lo negué toda la vida, hoy me arrepiento de no haberle confesado que tenía razón: me gustan las mujeres, disfruto del buen sexo y me fascina el juego de la seducción.

Sin embargo, ese juego se sentía vacío últimamente. No había podido sacarme de la cabeza a la mujer de la biblioteca. Su carácter, su voz, la forma en que me desafió… deseaba volver a verla con una intensidad que empezaba a asustarme.

¿Y si voy de nuevo? Tal vez pueda pedirle su número. Lo peor que puede pasar es que me gane una cachetada, porque con ese temperamento, es capaz de cualquier cosa.

—¡Cálmate, Nicolás! —me reprendí a mí mismo—. El trabajo es lo primero.

Marqué la extensión de mi asistente.

—Dígame, señor.

—Localiza a Villareal. Pregúntale qué hora tiene disponible para una plática mañana. Es de carácter urgente —ordené.

—De acuerdo, señor. Me comunicaré con él.

Colgué y miré mi reloj. Mi mente me decía que era una locura, pero mi corazón latía con una fuerza desconocida que me gritaba: "lánzate". Dejé todo organizado en el escritorio y salí de la oficina directo a la biblioteca, con la esperanza de que el destino me entregara a esa mujer que capturó mi atención sin siquiera intentarlo.

Era la segunda vez en mi vida que me interesaba tanto por alguien sin conocerla. Su carácter me intrigaba; quería dominarla, quería ver qué había detrás de esa armadura de ruidos y desorden.

Llegué rápido, el tráfico estuvo de mi lado. Entré a la biblioteca y fui directo al lugar del encuentro anterior. Voy justamente al mismo lugar donde estaba aquella vez y me siento observando mi reloj de mano deduciendo que está un poco temprano.

(…)

Pasó una hora. Luego otra media hora más.

Nada.

La frustración empezó a quemarme. A estas alturas, estaba convencido de que no la volvería a ver. Respiré profundo y me levanté para marcharme, pero justo antes de llegar a la salida, mi mirada se clavó en una figura de espaldas. Tenía papeles desordenados sobre la mesa y una postura que me resultó familiar. El corazón me dio un vuelco.

Me acerqué a paso rápido, con la garganta seca y mil preguntas en el aire.

—¿Disculpe…? —dije, deteniéndome a un par de metros.

La chica se dio la vuelta y... no era ella. Mi mente me había traicionado de la forma más cruel.

—¿Sí? —respondió la mujer, observándome con curiosidad—. ¿Necesita algo?

—No... perdone la interrupción —comenté, retrocediendo de inmediato—. Me confundí de persona. Le pido disculpas de nuevo.

—Disculpas aceptadas, guapo —respondió ella con una sonrisa coqueta que ni siquiera me molesté en devolver.

Salí de allí a zancadas, subí a mi auto y conduje hacia casa con un sabor amargo en la boca. Tenía que sacármela de la cabeza. Era un misterio, una desconocida, una distracción. Pero yo no soy de los que se resignan fácilmente. No me detendré hasta encontrarla.

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