Nicolás Ortiz
Verla cruzar la puerta de la sala de juntas con el sastre rojo encendido fue como ver una declaración de guerra materializarse frente a mis ojos.
Llegaba tarde. El reloj de oro en mi muñeca marcaba las dos y tres, y si algo detestaba en este mundo, era la falta de rigurosidad con el tiempo. El desorden en la agenda me provocaba una irritación casi física, un tic imperceptible en la mandíbula. Sin embargo, en cuanto la pesada puerta de madera se empujó y ella avanzó con esa caminat