Capítulo 1: Encuentro

Isabel García

—Isabel, tienes un nuevo cliente —anunció María, mi secretaria, entrando con una pila de fólderes que casi cubrían su rostro.

Ese anuncio siempre era el combustible de mis mañanas, aunque viniera acompañado de ese nudo en el estómago que me recordaba el tormento de un juicio. En mi diccionario personal no existía la palabra "perder", y eso, a veces, era una carga pesada.

—¿De quién se trata? —pregunté, dejando la pluma sobre el escritorio y dándole toda mi atención.

—Es Brenda Contreras. Quiere el divorcio a toda costa, ya que su esposo se niega a cualquier tipo de diálogo —comunicó María, leyendo el informe con el ceño fruncido.

Respiré profundo. Aunque amo mi profesión, siempre intento agotar la vía del diálogo; es más humano. Pero si las partes deciden ir a la guerra, entonces es mi turno de brillar. Y, seamos sinceros, eso significaba un aumento generoso en mi cuenta bancaria.

—Hablaré con ella. Necesito que me cuente hasta el último detalle —expresé con firmeza—. María, quiero que investigues todo: registros, propiedades y, sobre todo, los rumores de pasillo. En este mundo, lo que se dice en voz baja suele ser la clave del éxito.

—Anotado, jefa —respondió ella, tecleando con agilidad en su tablet.

—Bien. Tenemos un juicio que ganar, ¿de acuerdo? —Le lancé una mirada cómplice.

María y yo éramos el dúo dinámico. La conocí en una cafetería, rodeada de periódicos y anuncios de empleo; vi su potencial de inmediato y no me equivoqué. Desde entonces, somos el corazón de Los Rosarios & Asociados, un bufete pequeño pero con garras.

Tomé mi celular y marqué el número de la nueva cliente. Aquí no se perdía ni un segundo.

—Buenas tardes ¿Me comunico con la señora Contreras? —pregunte de inmediato.

—Sí…

—Hola, soy Isabel García. Seré su abogada.

—Es un placer… Ernesto me dijo que eras una fiera en la corte —respondió ella con un suspiro cargado de cansancio.

Ernesto, mi jefe, siempre me enviaba los casos más espinosos. No me creo la mejor, pero sé que nadie trabaja con tanta pasión como yo.

—¡Quiero ese divorcio ya! —estalló Brenda de pronto—. Ese hombre me acusa de infiel solo para no darme lo que me corresponde. ¡Es un monstruo!

—Señora, cálmese —le pedí con voz suave pero firme—. Necesito honestidad total. Si queremos ganar, no puede haber secretos entre nosotras. ¿Nos vemos para una reunión formal?

—¡Escúchame! Estuve un tiempo en manos de abogados ineptos que no hicieron absolutamente nada para divorciarme del monstruo de mi esposo y ahora que Ernesto me contacto contigo tengo un poco de luz en esta tiniebla que me arropa cada día que pasa —dice y cada palabra que pronuncia es de mucha responsabilidad de mi parte.

—Entiendo, pero le aseguro que haremos todo lo que está en nuestras manos para obtener el divorcio —le aliento porque sé que para ella todo este proceso es muy difícil—. ¿Tiene usted alguna evidencia que sea relevante al tema? Algo que confirme que usted nunca le fue infiel —dije buscando donde anotar.

—Eso creo… Ahora mismo estoy fuera de la ciudad —dijo ella entre un murmullo de gente—. Pero te enviaré pruebas por correo. Mensajes, documentos… algo que demuestre que yo no rompí ese matrimonio.

—Perfecto, voy a estar esperando. Que pase un feliz resto del día —agregue.

Colgué sintiendo una punzada de advertencia en la sien. Este caso olía a problemas de los grandes. Salí de la oficina y encontré a María rodeada de papeles.

—¿Qué tenemos, detective? —le pregunté.

—Todo esto —señala una pila de documentos que se sitúan arriba de su amplio escritorio—. Y tengo los números de algunos vecinos, voy a llamarlos a ver que dicen al respecto —anuncia sonriente.

—Entonces tenemos trabajo que hacer —murmure para asimilar que tengo que leer todas esas hojas.

¡La vida de los abogados ni más ni menos! Pero trato de no quejarme mucho porque fue lo que elegí.

—Busque el nombre del esposo y es un hombre muy importante en los negocios y cabe destacar de que es mayor que ella por ende es probable que ella le fuese infiel —me dice y es pura lógica.

—Como la diferencia de edad es visible tiene que haber un documento sobre un acuerdo de bienes en donde se postule esa cláusula —pensé refiriéndole la posibilidad a Maria.

—Y sí que tienes razón porque encontré ese acuerdo —dijo levantándolo.

Abrí los ojos y sonreí porque tengo a la mejor secretaria y asistente del mundo.

—No te voy a preguntar cómo lo obtuviste porque vamos por un buen camino. Lo revisare y podemos empezar por ahí —ordene dándole una ojeada.

Lo principal es confirmar si el documento es legal y si lo que se estable allí es veraz. Y es muy importante ya que si es un acuerdo de incumplimiento debemos de aclarar que nuestro cliente no incumplió con dichas cláusulas por eso también se necesita la sinceridad de la señora Contreras.

(…)

Dos horas después de terminar la jornada, me refugié en mi santuario: la biblioteca. Hacía tiempo que no venía, pero necesitaba este silencio para digerir la vida de Villareal. El tipo era un gigante, un hombre poderoso que proponía matrimonio en Punta Cana y se casaba en Las Vegas. Todo muy de película, todo muy caro.

—El amor empieza por los billetes —susurré para mis adentros mientras revisaba los informes de los vecinos que María me había enviado por chat. Gritos, aislamiento, miedo. El panorama se ponía oscuro.

[Es dueño de una de las mejores empresas constructoras del país y promueve e invierte en las criptomonedas. Tiene una fortuna considerada y en el mundo de los negocios se le considera una menta maestra.]

—Así que no estamos tratando con nada simple… —susurre para mí misma y seguí leyendo todo lo “grandioso” que es ese señor.

—Hola…

—Tengo noticias —responde María.

—Eso me gusta —respondí con una sonrisa—. Estuve leyendo lo que me enviaste y obviamente es un hombre con mucho dinero, tiene una gran presencia pero sobre todo la lista de mujeres que ha tenido ¿Por qué Brenda decidió estar con él? Sabiendo toda su vida ya que es totalmente pública.

—Una de dos. Estaba enamorada o se interesó por su fortuna—dice y tiene razón—. Hable con algunos vecinos y no me dijeron nada en concreto, solo alegaron que en los últimos meses no veían a Brenda y que en algunas ocasionen escuchaban gritos dentro de la casa —dijo.

No me sorprendería que Villareal sea una persona violenta, la verdad es que no. Pero como abogada siempre busco la verdad independientemente de que afecte al cliente que estoy defendiendo y lo hago por mí y por todo el proceso que conlleva.

—Le comentare sobre eso —murmure anotándolo en la lista de las tantas preguntas que le tendré que hacer.

—Me fascina estar en esta faceta de detective —revelo y no pude evitar una carcajada que de inmediato me arrepentí solo por el lugar donde estoy—. Bueno, solo te llame para decirte eso. Hablamos mañana en la empresa —indico.

—Nos vemos —finalice y colgué.

Para calmar los nervios, me puse los auriculares. La música es mi droga para concentrarme, mi "modo amargue" personal. Empecé a tararear, olvidando por completo dónde estaba.

“I get like this every time… Heartbreak anniversary…” Estaba subiendo el tono, casi sintiendo la letra en el alma, cuando un trueno rompió mi burbuja.

—Esto es una biblioteca, no un karaoke —soltó una voz ronca, profunda y cargada de un fastidio que me erizó los vellos de la nuca.

—¿Disculpe? —Me quité los audífonos, sintiendo el calor subir por mis mejillas.

Frente a mí, un hombre con el ceño fruncido me fulminaba con la mirada.

—No debería hacer tanto ruido. ¿No ve que intento concentrarme? —dijo él, alzando la voz con una autoridad que me hizo apretar los dientes.

—Oiga, cuide su tono —respondí, señalándolo con el dedo, recuperando mi postura de abogada—. Y si tanto le molesta mi presencia, el edificio es grande: puede marcharse.

Lo primero que registré fue su arrogancia. Lo segundo, que era un amargado. Y lo tercero… bueno, lo tercero fue un golpe directo al estómago: era jodidamente guapo. Llevaba un traje azul marino que gritaba "poder", una barba perfectamente cuidada y unos ojos que me miraban con un desprecio que, extrañamente, me aceleró el pulso. Tendría unos treinta y tantos y la elegancia de un modelo de revista.

—Además de ruidosa, irrespetuosa. Vaya joyita —murmuró él con un sarcasmo que me dio ganas de lanzarle el chocolate caliente.

Sin pensarlo, le saqué el dedo corazón. Madurez nivel cero, lo sé, pero se lo merecía. Lo vi recoger sus cosas con movimientos precisos y elegantes, y antes de que pudiera procesarlo, se había marchado.

Me quedé mirando el espacio vacío que dejó. ¿Cuándo se había ido tan rápido? Me sentí tonta por haberle prestado tanta atención. Pero mientras volvía a mis documentos, una sonrisa involuntaria apareció en mis labios.

—Idiota —susurré—. Pero qué bien te quedaba ese traje, sexy amargado. Ojalá el destino no te cruce conmigo en una corte, porque te voy a destruir.

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