Nicolás Ortiz—Nicolás, por Dios, te dije que le dieras las mejores atenciones al señor Villareal —dijo mi padre, frotándose las sienes, claramente descontento por los últimos acontecimientos.—Y así lo hice. Pero sabes que no me dejo intimidar por nadie y, la verdad, Alfonso es un hombre insoportable —respondí sin pelos en la lengua. Cuando las cosas están mal hechas, lo están—. Voy a comprender si ya no quieres que siga en este caso —anuncié, siendo consciente de que mi actitud en el restaurante no fue la más diplomática.—No, hombre. Seguirás hasta ganar… Pero eso sí te digo: ten mucha paciencia, por favor. No quiero más quejas de Alfonso —respondió, clavando su mirada en la mía con severidad.—Está bien —claudiqué.—Entonces nos vemos luego. Tengo una reunión en unos minutos —inquirió, observándome como si tratara de descifrar qué pasaba por mi mente.Asentí, me levanté de la silla y salí de su oficina para dirigirme a la mía, situada en el mismo piso. Apenas cerré la puerta, el t
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