Isabel García
Me quité los tacones en cuanto crucé la puerta de mi departamento y los dejé caer sobre el suelo con un eco que resonó perfectamente el estado de mis nervios.
Caminé descalza hasta el baño, entré de inmediato y me apoyé contra el borde del lavabo, clavando la mirada en el espejo. Mis mejillas todavía conservaban un rastro de rubor encendido, pero no era por timidez; era pura adrenalina. Me desabotoné el saco del sastre rojo con dedos ligeramente temblorosos y lo colgué en el perch