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Capítulo 3: Abogada García 

Isabel García 

—María, el condenado era guapo… —solté un suspiro, todavía sin poder superar lo que pasó ayer.

La verdad es que no pude pegar el ojo en toda la noche. Si aquel hombre no hubiese sido un maleducado de primera, juraría que le habría pedido su número o intentado algún acercamiento por pura cortesía. Pero había algo en él que no sabía explicar; era una mezcla de "no lo soporto" con un "es jodidamente intimidante". Y para alguien como yo, lo intimidante es una invitación directa a la curiosidad.

—¿Y por qué no te acercaste? —preguntó María sin levantar la vista de su tablet—. Sabes que eres impulsiva y que siempre obtienes lo que quieres.

Es que ella todavía no lo entiende. Me gustó físicamente, no soy ciega; el hombre es de los más guapos y sexys que he visto en mi vida. Por supuesto que me lo llevaría a la cama, pero solo por una noche. El detalle es que no puedo permitirme esos pensamientos sabiendo que el tipo es un ogro de persona. Un monumento por fuera, un desastre por dentro.

—Sabes qué, pasado es pasado. Total, no lo voy a volver a ver, así que es mucho mejor así —agregué, tratando de convencerme a mí misma mientras organizaba mis papeles.

—Lo más probable… a menos que vayas a la biblioteca justamente a la misma hora y el mismo día. Quizás el destino te lo ponga enfrente de nuevo, nadie sabe —explicó con esa sonrisa traviesa que tanto le conozco.

—Dejemos de hablar de tonterías y vamos a trabajar, ¿qué te parece? —le pregunté cambiando de tema, aunque la idea de volver a encontrarlo me resultara peligrosamente tentadora.

Ella Ella asintió sonriendo y puso toda su atención en los documentos. Yo, en cambio, me quedé mirando un punto fijo en mi oficina. ¿Y si le hago caso a María? Tal vez podría verlo una última vez, aunque solo fuera para confirmar que es un insoportable. Porque una cosa es segura: si vuelve a abrir la boca para mandarme a callar, no pienso quedarme de brazos cruzados. Eso jamás.

—No lo pienses tanto y lánzate —murmuró María guiñándome un ojo. ¡Definitivamente es la mejor!

La miré fijamente y negué con la cabeza. Para ella todo parece tan fácil.

—Mejor me marcho ya, o llegaré tarde a mi cita con la señora Contreras —dije tomando mi bolso y los expedientes.

—No te preocupes, yo termino con esto —dijo María, señalando el escritorio.

Salí de la oficina y caminé por los pasillos del bufete, sintiendo el clic rítmico de mis tacones sobre el suelo. Miré mi reloj: iba a tiempo. Este primer encuentro cara a cara con Brenda Contreras era crucial. Una cosa es lo que dicen los papeles y otra muy distinta es lo que te cuenta el cliente mirándote a los ojos.

Conducir hasta el restaurante Casa Vera me sirvió para despejarme. El lugar estaba cerca, era elegante y tenía ese aire de confidencialidad que requieren estos casos.

—Buenas tardes… —saludé al llegar a la mesa reservada.

—Hola. ¿Mucho tráfico? —preguntó Brenda, sin soltar su móvil.

—No, para nada. ¿Cuánto tiempo lleva esperándome? —pregunté. Esta vez estaba segura de que llegaría temprano, pero ella ya estaba allí—. Admito que no soy muy buena con la puntualidad —confesé con una sonrisa, y ella me la devolvió.

—No te preocupes, decidí llegar antes para despejarme —comunicó tomando un sorbo de su vaso—. ¿Por dónde empezamos? —preguntó, soltando un suspiro pesado.

Saqué los documentos de mi cartera. Era hora de entrar en materia.

—Lo primero es que obtuve una pequeña biografía de su esposo para saber a qué nos estamos enfrentando. Necesito que la lea y me confirme si los datos son correctos —le informé pasándole el folder.

Ella leyó en silencio mientras yo la analizaba. Estaba impecable, pero había algo de tensión en sus hombros.

—Sí, es exacto —dijo dejando las hojas sobre la mesa—. Ahora ya sabes que Alfonso es un hombre poderoso y que siempre obtiene lo que quiere.

—Que sea un hombre importante no significa que pueda ir en contra de la justicia —anuncié con profesionalismo.

—No lo conoces… ¡Es un animal!

—Dígame, ¿cómo es él realmente? ¿Cuál es su historia?

Brenda respiró profundo. Se veía que le costaba hablar de esto, que había heridas abiertas debajo de esa ropa de marca.

—Lo conocí en una cena de negocios —empezó a contar—. Yo estaba sola y él se acercó. Me dijo lo hermosa que estaba y me invitó a bailar. No te voy a mentir, Isabel: sabía quién era y sabía que estar con él tenía sus beneficios. Acepté el baile y acepté salir con él. Al principio era un sueño; detallista, regalos de lujo, eventos… Me sentía especial. Mis sentimientos eran sinceros porque nadie me había tratado así nunca —hizo una pausa, su mirada se perdió en el vacío

—Pero no todo fue un cuento de hadas, ¿cierto?

—Cuando nos casamos, empezó mi infierno. Tomaba todos los días. Ya no había tiempo para nosotros… y en más de una ocasión me llegó a pegar. Me prohibió hablar con gente, quería que estuviera encerrada y hasta me puso un localizador en el auto —confesó con la voz quebrada.

Me quedé helada. Maltrato físico, verbal y control absoluto.

—¿Y qué hizo entonces? ¿Por qué no lo dejó antes?

—Me escapaba a veces, pero sabía que no podía estar lejos de él —dijo ella, y yo la interrumpí sin poder creerlo.

O sea, la maltrataba física y verbalmente y ella dice que no podía finalizar su matrimonio.

—¿¡Qué!? ¿Por qué? Si le estaba haciendo tanto daño…

—Porque me juró que nuestro matrimonio nunca iba a terminar —agregó—. Y él siempre cumple sus promesas. Me resigné a hacer lo que él quería para poder llevar la fiesta en paz.

—O sea, que dejó de ser usted misma para complacer los deseos de un hombre que no la valoraba —sentencié con una mezcla de lástima e indignación.

Ella asintió y bebió agua.

—Siempre entendí que ese era el precio de tener una buena vida, y vaya que la tengo —anunció de pronto con una sonrisa extraña, cruzando los brazos.

Arrugué el entrecejo. ¿Esta mujer está bien de la cabeza? Por un momento parecía la víctima de una película de terror y al siguiente hablaba de "beneficios". Había algo que no cuadraba.

—¿Le fue infiel? —le pregunté directamente, sin anestesia.

—¿Tú qué crees? ¿Qué supones?

—Había un acuerdo firmado antes de casarse —comenté acomodándome en la silla—. Supongo que, para obtener lo que quería, debió respetar las cláusulas de fidelidad.

—Fue con su amigo… —soltó ella de la nada.

Abrí los ojos como platos. ¡Está loca! ¡Rematadamente loca! Traté de decir algo, pero las palabras se me quedaron atascadas. Mi cliente acababa de admitir que incumplió la cláusula más importante del contrato prenupcial con el mejor amigo de su esposo.

—¡Te sorprendí, eh! —dijo ella, casi disfrutando de mi reacción.

Asentí calmadamente, aunque por dentro me moría por llamar a María y contarle este desastre.

—Pero tengo algo a mi favor —continuó ella con confianza—. Él no tiene ninguna prueba. Solo se deja llevar por suposiciones absurdas. Además, solo fue una noche de locura que no volvió a ocurrir.

—Ah, eso me calma… ¡Qué bien! —respondí con todo el sarcasmo que fui capaz de reunir.

Esto ya no era un simple divorcio. Esto era una misión suicida.

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