Mundo ficciónIniciar sesiónLa noche que cambió mi destino, lo arrasó todo. De repente, mi hogar y mi familia, fueron destrozados en una masacre que quedó grabada en mi memoria. Lo que debía haber sido un momento de paz se convirtió en una pesadilla de sangre, traición y pérdida. Soy Lina, y desde aquel día, solo existe una palabra que retumba en mi cabeza: Venganza. Huyendo de las cenizas, pero no buscando esconderme, sino encontrar al legendario y despiadado alfa máximo, Christian. Él es el más temido y poderoso de todo el continente, y tengo una única misión: pedirle ayuda para cumplir mi deseo de justicia, sin importar a qué costo. Pero Christian no es un hombre que entregue su ayuda sin pedir algo a cambio. ¿Qué me pedirá: un arma, una confidente, una pieza en su juego, una amante, o quizás algo mucho más profundo y peligroso? Estoy dispuesta a todo para obtener lo que quiero, incluso a entregarme por completo... porque cuando la sed de venganza arde, no hay límites para lo que una mujer puede hacer.
Leer másLa oscuridad de la Cámara de los Antepasados parecía cobrar vida, alimentada por las palabras de Elowen y el latido errático del relicario en mi pecho. Al cerrar los ojos, la realidad de Valdoria se desvaneció, arrastrada por una marea de recuerdos que no me pertenecían, pero que el Corazón de los Cazadores me obligaba a presenciar como si fueran cicatrices frescas en mi propia piel.Vi una aldea oculta entre la bruma de un valle olvidado. Allí, décadas antes de mi nacimiento, una niña de cabellos oscuros y ojos demasiado perceptivos caminaba por los bordes del campamento de los híbridos. Era Vesper, mi tía, en los días en que su nombre todavía no era sinónimo de traición, sino de una curiosidad que rozaba lo prohibido.A diferencia de mi madre, que encontraba alegría en la mezcla de los dos mundos, Vesper solo veía las limitaciones. Observaba a su familia ocultarse de los humanos y de los lobos puros, viviendo en un limbo de anonimato que ella despreciaba. Para ella, la sangre mixta
El eco de las piras funerarias todavía vibraba en las paredes de Valdoria cuando me retiré a las profundidades de la Cámara de los Antepasados. El fuego azul, alimentado por el Corazón de los Cazadores que ahora latía en sintonía con mi propia sangre, había dejado un rastro de ozono y terror en el aire. No buscaba descanso; buscaba respuestas en la oscuridad de la piedra tallada.Fue allí donde Elowen, la Madre de la Manada, me encontró. Su presencia ya no era la de la protectora inamovible; sus ojos plateados, que habían visto transcurrir milenios, estaban cargados de un peso antiguo que parecía capaz de doblegar las mismas cavernas. Se detuvo ante la estatua de obsidiana del primer alfa, observando cómo el brillo del relicario en mi cuello proyectaba sombras alargadas y distorsionadas contra el muro.—Esa luz... —comenzó Elowen —. Es el mismo matiz que consumió a mi hermana antes de que el mundo tuviera memoria para registrar su nombre.Me giré, sintiendo la energía del artefacto pu
El aire en las cavernas exteriores de Valdoria era una mortaja de humedad y desesperación. No había cánticos de victoria, solo el goteo rítmico de las estalactitas que se mezclaba con el sollozo ahogado de una manada que, por primera vez en mil años, sentía el sabor de la derrota en sus propias fauces.Frente a la entrada de la Ciudadela, se habían erigido las piras. Eran estructuras toscas de madera de pino y resina, dispuestas en una fila que parecía no tener fin. En la central, envuelta en una capa de lino blanco manchada por la tierra de la huida, descansaba Lucil. Su rostro, usualmente iluminado por una sonrisa peligrosa, estaba ahora sereno, como si la muerte fuera el único lugar donde finalmente había encontrado la paz que la guerra le arrebató.Christian estaba de pie a pocos metros del monumento funerario, pero no ocupaba el lugar de honor. Se apoyaba pesadamente en un bastón de madera oscura, con los hombros hundidos y la piel de un tono ceniciento que me revolvía el estómag
El silencio del consejo es más ensordecedor que cualquier batalla.Estoy de pie en el centro de la cámara de piedra con los ojos de una docena de guerreros veteranos clavados en mí. Christian debería estar aquí. Siempre ha estado aquí, pero Christian está nuevamente postrado en la cámara médica, sus heridas selladas con magia antigua apenas logran contener la infección que lo carcome desde adentro y evita que sane por completo.Y yo estoy aquí.—Sugiero que dividamos las fuerzas defensivas en tres núcleos —digo, trazando un patrón en el mapa de piedra con el dedo—. La Orden atacará nuevamente, pero no aquí. Atacarán donde somos débiles. Donde creen que estaremos distraídos.Jonas, el estratega, me observa con esa expresión que no puedo descifrar. Asiente lentamente, como si estuviera midiendo mis palabras antes de aceptarlas. Hace una semana, quizá menos, sus ojos me habrían rechazado. Ahora... ahora ve algo diferente.El relicario en mi cuello palpita. No es normal. Ni siquiera es el
Último capítulo