El umbral respira a mi alrededor, una promesa gruesa de verdad y dolor, y me obligo a avanzar, paso tras paso, sin dejar escapar la sensación de que cada movimiento está midiendo mi pulso.
La primera etapa me arranca del torso un suspiro, porque exige que confíe en la manada sin reservas, que abandone la libre voluntad en favor de un nosotros que todavía no está escrito.
Se trata de una prueba física. Debo atravesar un corredor estrecho, cuyas paredes están llenas de símbolos ancestrales graba