El silencio que sigue a sus palabras es ensordecedor.
Alguien que creíste que estaba muerto.
Las palabras reverberan en mi mente como un grito que rebota en las paredes de piedra. Mi mano aprieta la suya con tanta fuerza que casi puedo sentir la rigidez de sus huesos bajo mi agarre desesperado. No es miedo lo que corre por mis venas en este instante. Es algo mucho más peligroso: esperanza envenenada.
—Dilo ya —exijo, mi voz temblaba de impaciencia y rabia contenida—. No juegues conmigo, Christi