Las luces de la sala de reuniones aún parpadean en mi memoria cuando la voz de Christian se apaga, dejando un silencio cortante que parece medir cada latido. La promesa de la prueba de fuego cuelga en el aire como una promesa no dicha: peligrosa, tentadora, inevitable.
Todo parece quedarse un poco detrás de mí, como si aún respirara con el eco de las palabras de Christian: “La prueba de fuego ya está decidida”. El aire entre los asientos quedó suspendido, pesado. Salí sin prisa, dejando que el