Mundo ficciónIniciar sesiónCinco años de casada, y Camila Rodríguez lo había dado todo sin una sola queja ni un solo arrepentimiento. Se encargaba de la hija, trataba a sus suegros con todo el cariño del mundo, y le daba a Mateo Fernández todo el espacio que él quisiera. Pero tanta entrega solo sirvió para que su marido anduviera manteniendo a una amante a escondidas —le puso auto, le puso casa, hasta le consiguió trabajo, y la colmaba de un amor que a Camila nunca le dio. Con tal de que su esposo, que ya casi ni pisaba la casa, volviera a ella, Camila se jugó todo por tener un segundo hijo, y esta vez rezaba porque fuera varón. Pensó que si él aceptaba tener otro bebé con ella, era porque por fin la reconocía como su verdadera esposa, como la señora Fernández. Pero la verdad era otra muy distinta: Mateo le tenía miedo a que su amante corriera peligro dando a luz, y por eso usó a Camila nada más como una máquina de tener hijos. Ella se consolaba pensando que, aunque hubiera perdido al esposo, al menos le quedaba su hija para no estar sola. Pero hasta esa niña que había criado ella misma terminó siéndole arrebatada, convertida en hija de otra. Y ahí, de golpe, algo se rompió dentro de Camila. Se deshizo del segundo bebé y decidió que ya no quería nada de esa familia: ni al marido ni a la hija, no quería saber nada de ninguno de los dos. Pero cuando por fin llegó el divorcio, el mismo esposo que nunca quería volver a casa se le plantó en medio de la sala, cerrándole el paso: —¿No que íbamos a tener un segundo hijo?
Leer másRoberto parecía contento.—Por fin logro comunicarme contigo. Quería preguntarte si has pensado en retomar tus estudios de posgrado.Camila vaciló.Estuvo a punto de decir que no.Pero no quería seguir negando lo que realmente deseaba.—Sí.—¿Y te gustaría incorporarte más adelante al programa de doctorado que dirijo?—Me encantaría ser su alumna, pero me preocupa...Ya no era tan joven.No tenía ninguna ventaja frente a quienes acababan de terminar la carrera.Roberto sonrió.—Lo importante es que quieras hacerlo. Si tienes esa intención, hay una oportunidad. Faltan menos de tres meses para la evaluación de ingreso al posgrado. ¿Te sientes capaz?Camila recordó que había terminado la universidad con el mejor promedio de su generación.—Sí. Voy a prepararme con todo para aprobar.—Muy bien. Entonces espero buenas noticias. Voy a reservarte un lugar.Camila se sintió profundamente agradecida.—Gracias.Solo cuando terminó la llamada se dio cuenta de que tenía el rostro empapado de lágri
Héctor no soltó a Camila hasta que llegaron a la salida del bar.Ella estaba tan preocupada que ni se había dado cuenta de que él seguía abrazándola por la cintura.Solo cuando Héctor abrió la puerta del carro volvió en sí y dio un paso atrás.—Gracias por lo de esta noche.Héctor notó que algo la inquietaba, pero no preguntó.Se inclinó hasta quedar a la altura de sus ojos y sonrió.—Siempre me estás dando las gracias. ¿No crees que ya hay confianza como para dejar las formalidades?Camila volvió a retroceder.La espalda le chocó contra el carro.Lo miró con cautela.—Entonces...No alcanzó a preguntarle qué quería.Héctor se enderezó y dijo:—Pasa una noche conmigo.Su expresión era seria. No parecía estar bromeando.Camila sintió que se le encogía el estómago.—Eso no. Puedo hacer cualquier otra cosa.Héctor la miró.—Entonces acompáñame a una cena de gala.Camila sabía que le debía un favor.—Está bien.Él sonrió de inmediato, satisfecho.—Para que una mujer acepte lo que le pides,
En realidad, le dio cierta satisfacción ver que Héctor los había hecho enojar.Sin dedicarles una mirada, se volvió hacia Héctor.—Vámonos.Héctor se acercó enseguida y le rodeó la cintura.Inclinó el rostro hacia su cabello y aspiró el aroma dulce del champú.Entrecerró los ojos, disfrutándolo unos segundos.—Vamos.Su cercanía resultaba abrumadora.Camila intentó apartarle la mano, pero él la apretó más contra sí.—Nos están viendo. Déjame quedar bien, aunque sea un poquito.Camila bajó la mano y lo dejó.Solo la estaba sujetando de la cintura.No tenía ganas de discutir por eso.Para Antonio y Javier, sin embargo, el gesto era una provocación abierta.Antonio no sabía contenerse cuando se enojaba.—Descarado —soltó.Héctor lo escuchó perfectamente.No se ofendió.Se rio con fuerza, haciendo todavía más evidente la provocación.Antonio llamó a Camila:—¿Sabes con cuántas mujeres anda Héctor?Ella se detuvo.—No.Antonio sonrió y dio un paso hacia ellos.—¿Crees que con él te va a ir
Ninguno de los dos decía nada.El silencio resultaba incómodo.Pero Camila había tenido que esforzarse demasiado para conseguir aquel momento a solas.Decidió hablar primero.—¿Podemos conversar?No pretendía suplicarle.Solo quería saber si Mateo estaba dispuesto a escucharla.Si no, tampoco pensaba perder más tiempo.Él la miró con serenidad.Después de unos segundos, preguntó:—¿De qué?Camila fue al grano.—Los problemas que Rafael y Wendy han tenido en el trabajo... tú estás detrás, ¿verdad?Mateo no intentó ocultarlo.—Sí. Fui yo.Camila ya conocía la respuesta.Aun así, escuchárselo decir le dolió.—¿Por qué?Mateo volvió el rostro, sin ganas de dar explicaciones.—Porque sí.Camila no entendía qué pretendía.Tuvo que contener el enojo para preguntar:—¿Qué quieres que haga?Guardó silencio durante un buen rato antes de volver a mirarla.—Isabella te necesita.La última vez que había ido a buscarla, ya le había dicho que Isabella quería comer lo que ella preparaba.Camila lo ent





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