Cuando Camila volvió a despertar, ya estaba en la habitación del hospital.
Iris pasó a verla y le recomendó que descansara bien esos dos días antes de darle de alta, y que, ya en casa, siguiera cuidándose por un buen tiempo.
Camila aceptó todo. Ya había decidido tomarse un mes completo de descanso.
Su cuerpo era suyo, y le tocaba a ella cuidarlo.
Cuando Iris se fue, Camila tomó su celular y le echó un vistazo. Tal como esperaba, ni una sola llamada de Mateo.
Lo que había pasado la noche anterior, para ellos probablemente no había sido más que un pequeño incidente sin importancia.
Pero para Camila, había sido un paso enorme, decisivo, en su vida.
Verlos tal y como eran en realidad, sin adornos, tampoco estaba tan mal. Era mejor que seguir desgastándose sin fin en esa lucha interna.
Sin pensarlo, entró a sus redes sociales, y lo primero que le apareció fue un video de Valentina, con una pequeña leyenda arriba del nombre de usuario: "Esta persona podría ser alguien que conoces."
En el video, Valentina llevaba de la mano a una niña pequeña. Por la espalda, Camila la reconoció al instante: era Isabella.
El texto del video decía: "Qué bonito se siente que te necesiten."
Y el fondo del video era, precisamente, la sala de la Residencia Vértice.
Tal vez ya se había acostumbrado, porque solo esbozó una sonrisa apagada, y mantuvo el dedo presionado sobre la pantalla hasta darle a "No me interesa".
Ya era hora de terminar con esos días de espiarla en secreto.
Después de salir del hospital, Camila contrató a una empleada para sí misma y se quedó en cama un mes entero.
Un mes después, le pagó a la empleada su sueldo, se puso un vestido largo, se maquilló ligeramente, y condujo rumbo a la ciudad de Puerto Cendal.
Ese día era, otra vez, el quince del mes: el día en que, por costumbre, ella y Mateo intentaban tener el segundo hijo.
En realidad, en cuestión de intimidad, Camila nunca había tenido una experiencia demasiado satisfactoria. Cada vez que Mateo estaba con ella, lo hacía como quien cumple un trámite, con tal de terminar rápido e ir corriendo a ver a Valentina.
Pero esa noche, ella no iba de vuelta por lo del segundo hijo. Iba con la intención de hablar en serio con Mateo sobre el divorcio.
Llegó a la Hacienda del Sol a las siete de la noche. Maribel, al verla llegar, le preparó la cena.
Después de cenar, Camila subió al estudio del segundo piso.
El acuerdo de divorcio seguía sobre la mesa, exactamente como lo había dejado el mes pasado, sin que nadie lo hubiera tocado.
No había duda: Mateo había vuelto a pasar todo un mes sin aparecer por ahí.
Esperó hasta pasadas las nueve, y justo cuando ya se estaba impacientando, de pronto se escucharon pasos afuera de la puerta.
Cuando la puerta se abrió, era Maribel quien entraba.
—Señora, el señor acaba de llamar. Dijo que esta noche tiene un compromiso y no va a poder volver. Que usted vuelva el próximo mes.
Al escuchar eso, Camila solo soltó una risa amarga.
¿El próximo mes?
Este mes había podido volver, pero el próximo, quién sabía.
Estaba cansada, agotada de seguir encerrándose ella misma en esa jaula.
Dudó un instante, y luego se puso de pie y le dijo a Maribel:
—Cuando él vuelva la próxima vez, recuérdame que le dejé algo sobre el escritorio.
Maribel bajó la cabeza y respondió:
—Sí, señora.
Camila tomó su bolso y salió de la Hacienda del Sol.
Condujo sin rumbo fijo, sin saber a dónde ir.
Tampoco supo bien a dónde había llegado, hasta que vio a un montón de chicos y chicas jóvenes saliendo por la puerta de un lugar llamado "Auditorio Puerto Cendal".
Al poco rato, cuando la multitud se dispersó, Camila no pudo apartar la vista de ellos.
Mateo y Valentina, uno a cada lado, sostenían las manos de Isabella, y los tres se miraban entre sí, sonriendo.
—Valentina, te veías tan radiante hace un momento, tan hermosa, parecías un hada.
—Tocaste el piano tan bonito. Cuando yo crezca, ¿me enseñas a tocar también?
—¿Sí? ¿Sí, Valentina?
Isabella le zarandeaba el brazo a Valentina, haciendo pucheros.
Valentina llevaba puesto un vestido largo blanco, elegantísimo, como una estrella caída en la noche, brillando con luz propia.
Con expresión tierna, se inclinó levemente hacia Isabella, le rozó la nariz con un dedo, y dijo entre risas:
—Si a ti te gusta, claro que te voy a enseñar.
Isabella dio un salto de felicidad, y luego se volteó hacia Mateo para preguntarle:
—Papá, ¿verdad que Valentina es increíble?
Los ojos de Mateo brillaban con una sonrisa. Asintió y respondió:
—Sí.
Aunque él siempre había sido de pocas palabras, ese simple 'sí' rebosaba de alegría y admiración.
Isabella se puso aún más contenta:
—Cuando crezca, yo también quiero ser increíble, como Valentina.
A través del parabrisas, Camila lo veía todo, sin perderse un solo detalle.
Esa admiración que brillaba en los ojos de su hija, nunca había sido para ella.
Y pensándolo bien, tenía sentido: después de casarse, se había dedicado en cuerpo y alma a su esposo y a su hija, y poco a poco había ido descuidándose a sí misma, dejando también los gustos y pasiones que alguna vez tuvo.
A los ojos de Isabella, ella no era más que una mujer que solo sabía estar metida en la cocina, mientras que Valentina era una diosa pura y sublime.
Solo de pensarlo, a Camila se le llenó el pecho de un dolor punzante, imposible de medir.
Frente a la puerta del auditorio, Isabella abrió los brazos y empezó a saltar, insistiendo:
—Valentina, quiero que me cargues.
Mateo la detuvo a tiempo:
—Isabella, Valentina trae puesto un vestido y no puede cargarte ahora. Cuando lleguemos al auto, ahí sí te carga.
Al oír eso, a Isabella se le puso la cara larga, claramente disgustada.
Valentina, al notarlo, se apresuró a agacharse y cargarla, mientras le decía a Mateo con una sonrisa:
—No hay problema, mientras Isabella quiera que la cargue.
Mateo sonrió, con una mirada tierna y llena de indulgencia.
Valentina bajó las escaleras cargando a Isabella, quien se acurrucaba contra ella, restregándose cariñosamente, mientras Mateo caminaba detrás, sosteniendo el borde del vestido para que no se arrastrara.
Ese hombre que en los negocios gobernaba con puño de hierro y jamás se doblegaba ante nadie, ahora se inclinaba con cuidado para no pisar el vestido de una mujer.
Los tres subieron al auto, que se alejó del lugar.
Así que eso era lo que su esposo llamaba "tener un compromiso".
Camila no pudo evitar reírse.
Se quedó sentada en su auto un buen rato, sin moverse, hasta que de pronto sonó su teléfono.
Era una llamada del hospital.
Al contestar, Camila saludó con cortesía:
—Director Ramírez.
Camila se había especializado en cirugía pediátrica, y después de cuatro años como madre de tiempo completo, había vuelto a trabajar; era la médica de menor rango en el hospital.
Del otro lado de la línea, el director Ramírez le dijo:
—Puedes terminar tu especialización antes de tiempo. La próxima semana ya puedes volver a trabajar al hospital.
Camila dudó un instante antes de preguntar:
—¿No hay un cupo para ir al campo a hacer chequeos médicos gratuitos para niños? Quiero inscribirme.
El director Ramírez se sorprendió un poco:
—Ir al campo es un trabajo duro, y tampoco te ayuda mucho con tu ascenso. El hospital tiene el cupo disponible, pero no es obligatorio ir...
Pero Camila ya lo había decidido:
—Director Ramírez, quiero ir. Que sea como unas vacaciones para mí.
Al verla tan decidida, el director Ramírez no insistió más y accedió:
—Está bien, entonces ve por dos meses.
***
Pronto, pasó otro mes.
Isabella ya llevaba un mes en la escuela.
Después de dos meses seguidos sin lograr el segundo embarazo, la familia volvió a presionar a Mateo, así que ese día quince, él volvió a casa más temprano que de costumbre.
Antes de las seis, ya estaba en la Hacienda del Sol.
Maribel, al verlo llegar tan pronto, se sorprendió un poco:
—Señor, ¿tan temprano hoy?
Mateo no dio explicaciones. Mientras subía al segundo piso, solo le dijo a Maribel:
—Cuando la señora vuelva, dile que venga a buscarme a la habitación.
Maribel asintió, y observó a Mateo subir las escaleras.
Al pasar frente al estudio, Mateo ni siquiera se detuvo. Siguió directo a la habitación.
Había vuelto solo por lo del segundo hijo. No tenía ninguna razón para ir a ningún otro lugar de la casa.
Después de bañarse, Mateo se quedó esperando en la cama.
Las siete, las ocho, las nueve...
Pasaron tres horas, y Camila seguía sin aparecer.
Justo cuando Mateo empezaba a perder la paciencia, por fin se escucharon pasos afuera de la puerta...