Cuando Camila regresó a la Hacienda del Sol, ya eran las diez de la noche.
Ese día era 15, su día de ovulación.
Con el primer embarazo había tenido una niña, y desde entonces sus suegros no dejaban de insistir en que tuviera otro. Si se tratara de cualquier otra familia, ella habría podido burlarse y preguntar si acaso había un trono que heredar en esa casa. Pero los Fernández eran la familia más rica de Puerto Cendal, y en su patrimonio sí que había miles de millones de dólares esperando a que un varón los heredara.
Al llegar a la habitación, Mateo ya se había bañado y arreglado. Ni una sola palabra de cariño —fueron directo al grano, a hacer el amor.
Tres minutos después, Mateo se metió al baño a asearse. Al poco rato salió, y mientras se vestía de espaldas a Camila, dijo:
—Sigue monitoreando tu ciclo. En cuanto veas las dos rayitas, me avisas.
Cinco años de matrimonio, y así había sido siempre con ella: parco hasta con las palabras.
Su matrimonio era solo una fachada, un cascarón vacío.
Mateo mantenía a otra mujer por fuera. Camila había rastreado todas sus redes sociales hasta encontrar algún indicio, y al final logró dar con la cuenta de esa mujer. Desde entonces, la espiaba en secreto.
La mujer publicaba con frecuencia —desde sus tres comidas del día hasta cada festividad y cumpleaños. Antes de que empezara el plan del segundo hijo, Camila casi nunca veía a Mateo, pero ahora se encontraban una vez al mes.
Al notar que Mateo tenía prisa por irse, Camila se levantó rápido y le habló a su espalda:
—Hablemos.
Mateo se dio la vuelta y la miró, con el rostro completamente impasible.
—¿De qué?
Camila bajó la voz, casi suplicante:
—Quiero que las cosas funcionen entre nosotros.
Sabía perfectamente que ese matrimonio ya no tenía sentido, pero aun así quería intentarlo una vez más.
¿Y si acaso...?
Le había costado mucho casarse con el hombre que quería, y encima le había dado una hija. No quería que su matrimonio terminara en fracaso.
Pero sus palabras cayeron en el vacío, como si nunca las hubiera dicho. No sabía si Mateo de verdad no la había escuchado, o si solo fingía no haberla oído.
Él terminó de vestirse, se puso el reloj y caminó hacia la puerta.
Justo un segundo antes de que Mateo saliera, Camila no aguantó más y estalló:
—Mateo, vienes a la Hacienda del Sol una vez al mes, ni siquiera me llamas por iniciativa propia, no hemos comido juntos ni una sola vez. Estamos casados pero vivimos como extraños. ¿Qué clase de matrimonio es este?
Mateo se detuvo en seco. Pasó un buen rato antes de que se diera la vuelta a mirarla. Ignoró sus lágrimas, ignoró su dolor, y solo le dijo:
—Cuando quedes embarazada de un varón, volveré a vivir a la Hacienda del Sol.
Y sin dudarlo un segundo, se fue.
Camila se quedó parada en su sitio. No corrió tras él.
Ocho años enamorada de él, cinco años de matrimonio, y ella le había entregado todo, incluso cuando tuvo a su hija, cuando sufrió una embolia de líquido amniótico y los médicos la declararon en riesgo de muerte tres veces seguidas.
Y aun así, seguía dispuesta a jugarse la vida otra vez con tal de darle un segundo hijo.
Pero en ese momento, de pronto, sintió que ya no sabía nada. ¿De verdad valía la pena? ¿O no?
Después de bañarse, al salir del baño, Camila, por costumbre, tomó su celular y entró a su cuenta de redes sociales. Fue directo a la sección de "cuentas que sigo de cerca", donde solo había una: una cuenta con una foto de perfil dulce, de nombre "Vale".
Entró al perfil y encontró un video nuevo, publicado hacía apenas dos minutos. En el video solo aparecía la sombra de dos personas bajo un poste de luz, pero en la esquina inferior derecha se alcanzaban a ver, sin querer, dos manos entrelazadas, luciendo pulseras a juego, de esas para parejas.
El texto que acompañaba el video decía: "Bajo la luz del poste hay dos sombras: una es mía, y la otra... también es mía."
Al leer eso, a Camila se le encogió el pecho. Pero comparado con la desesperación que había sentido la primera vez que descubrió todo esto, esta reacción ya podía considerarse tranquila.
O tal vez, ya se había acostumbrado.
Cada vez que se veían, la prisa de Mateo por irse era porque tenía que correr a ver a otra mujer.
Pero al calmar sus emociones y pensarlo bien, mientras Mateo siguiera dispuesto a que fuera ella quien le diera al heredero de la familia, nadie podría quitarle jamás su lugar como señora Fernández.
Pero ese matrimonio fallido, ese error que ya no se podía deshacer, le tocaba tragárselo a ella sola, sin que nadie más cargara con el peso.
***
Un mes después.
A las siete de la tarde, Camila iba de regreso a la Hacienda del Sol con el resultado de su prueba de embarazo, recién salido, apretado entre las manos.
Justo cuando estaba a punto de entrar a la sala, Camila escuchó de repente la voz de su suegra, Fernanda:
—Mateo, ya tienes treinta y dos años. Si esta Camila no puede darte un hijo, cámbiala por esa mujer de afuera para que ella te lo dé.
Mateo rechazó la propuesta de Fernanda casi de inmediato:
—¿Cómo va a ser lo mismo?
Fernanda se enojó un poco:
—¿Qué tiene de diferente?
Camila se quedó a un lado, un poco apartada, porque el que Mateo saliera en su defensa le dio un vuelco al corazón.
Sí, no importaba cuántas amantes tuviera Mateo por fuera, al final de cuentas, la única esposa que tenía era ella.
Pronto, la voz de Mateo volvió a sonar:
—Mamá, ¿ya se te olvidó lo de la embolia de líquido amniótico que sufrió Camila cuando tuvo a Isabella?
Al oír eso, Fernanda se enfureció todavía más:
—¿Y todavía tienes el descaro de mencionarlo? Otras mujeres tienen su cuarto, su quinto hijo sin ningún problema, y ella es la única que anda medio muriéndose. ¡Qué mala suerte trae encima!
Ni una sola palabra de las quejas de Fernanda hacia Camila logró calar en Mateo. Él solo se limitó a explicar:
—Tener un hijo conlleva demasiado riesgo. Valentina todavía es muy joven, y ese riesgo... no tengo el valor de dejar que ella lo cargue.
Esas palabras le cayeron a Camila, que escuchaba todo desde la puerta, como un balde de agua fría. Se quedó paralizada en su sitio, sin poder siquiera llorar.
Él no se atrevía a dejar que Valentina corriera ese riesgo. ¿Y ella sí podía correrlo?
Sabiendo perfectamente que Mateo no la amaba, sabiendo perfectamente que la había traicionado, sabiendo perfectamente que ese matrimonio no debía continuar, Camila aún así había sido lo bastante ingenua como para querer atar el corazón de su esposo con un hijo.
Ella había creído que, por más que Mateo se divirtiera por fuera, al menos su lugar como señora Fernández siempre sería suyo.
Pero la verdad resultó ser aún más cruel de lo que jamás imaginó.
Para Mateo, ella al final no había sido más que una herramienta de reproducción.
Pero él había olvidado que, después de tener a Isabella, ella había caído en depresión por un tiempo y sufría de hemofobia. Era una mujer a la que los médicos habían rescatado del borde mismo de la muerte.
Mateo temía que a Valentina le pasara algo, pero se le olvidaba que era el cuerpo de Camila el que corría el verdadero peligro.
Dentro de la casa, ya no lograba distinguir qué más se decían su esposo y su suegra. Había arriesgado su propia vida para darle descendencia a los Fernández, mientras noche tras noche dormía sola, soportando la infidelidad.
Apretó el resultado del examen entre sus manos, pensando que ya era hora de que todo esto terminara.
Ese día, se suponía, era el día de cada mes en que intentaban tener al segundo hijo. Pero en ese momento, Camila sintió que ya no tenía ningún sentido.
Resultó que uno podía dejar de sentir, así, de un instante a otro.
El bebé que llevaba en el vientre... pensándolo bien, tampoco tenía ya ningún motivo para conservarlo.
Si a los demás no les importaba si ella vivía o moría, entonces al menos ella misma tenía que empezar a importarle.
Justo cuando se disponía a dar media vuelta e irse, la empleada Maribel la vio:
—Señora, ¿ya volvió?
Camila le sonrió a Maribel, pensando que no había mejor momento que ese mismo día para, por fin, hablar del divorcio.