Mundo ficciónIniciar sesiónMe llamo Hyeon, soy un Alfa vampiro de la era Joseon, dicen que el amor verdadero vence la muerte. El mío la provoca.Thiago, un omega vampiro, fue mi primer amante. Hermoso, cruel, seductor… y venenoso. Lo dejé. Luego conocí a Ren, un humano puro, dulce, con ojos que no sabían odiar. No sabía que ellos eran amigos. Quise huir con él, lejos de todo, comenzar de nuevo. Contarle mi secreto de que no era humano. Pero Thiago no me lo permitió. El día que nos íbamos del pueblo, Thiago lo apuñaló frente a mis ojos, y antes de que pudiera salvarlo, maldijo nuestras almas y se quitó la vida. Lo abracé, su sangre tiñó mis manos, y el mundo perdió sentido. Me dejé morir con la promesa de buscarlo en otra vida. Desde entonces renacemos, una y otra vez. Sin memoria. Nos encontramos… nos enamoramos… y cuando recordamos quiénes fuimos, la desgracia vuelve a alcanzarnos. ¿Podré salvarlo esta vez luego de 5 décadas de olvido… o será esta otra historia escrita con sangre?
Leer másPrólogo
Dicen que el alma no olvida. Que incluso cuando la carne cambia y los siglos pasan, los sentimientos quedan cosidos a nuestras venas como una cicatriz invisible. Pero yo sí olvidé. Lo hice una y otra vez. Y cada vez que lo recordé… ya era demasiado tarde. Me llamo Hyeon en esta vida, y he vivido más vidas de las que puedo contar. En cada una de ellas, renací sin memoria, buscando algo que no sabía que había perdido… hasta que el destino me lo arrojaba al rostro con violencia. Ren. Mi Ren. Él era humano. Frágil. Un omega dulce, de voz tranquila y mirada clara. Y sin embargo, el único que fue capaz de doblar mi mundo sin levantar la voz. Yo era un alfa vampiro, nacido para gobernar, para destruir. Pero me rendi ante su sonrisa. Lo amé. Lo elegí. Y por eso nos maldijeron. Thiago, un primer amor que resultó ser un monstruo envuelto en belleza y en sombras, me deseó con la misma intensidad con la que me odiaba después cuando me llamaba William. Cuando supo que mi lealtad era hacia su amigo humano, lo vi quebrarse desde adentro. No grité. No lloró. Solo lo hizo tiempo después cuando tuvo la oportunidad. Clavó ese maldito puñal en el pecho de Ren, delante de mí, con la serenidad de quien sirve justicia. Y cuando lo vi caer, cuando mi alma se arrancó con su último aliento, ya era tarde para salvarlo. Thiago nos miró a ambos… y sonriendo. —Si no puedes ser mío mi querido William —susurró—, entonces que el amor sea tu castigo eterno. Los maldigos. Luego se enterró el mismo punal en el corazón. No murió. No realmente. Selló con sangre y odio una maldición que nos arrastra hasta hoy: Renaceríamos una y otra vez. Sin recuerdos. Sin advertencias. Y cada vez que volviéramos a encontrarnos, cuando el alma nos obligará a recordar quiénes fuimos... la muerte vendría con nosotros. Siempre. El siempre muere y el final es siempre el mismo. Dolor. Muerte. Y el olvido. Esta vida... esta vez, todo parecía distinto. Hasta que lo vi. Hasta que escuché su voz en un pasillo de la escuela lleno de gente. Y aunque no lo recordaba, mi cuerpo sí lo hizo. Mi pecho dolió. Mi alma gritó. Y con el tiempo supe, sin saber por qué, que había vuelto a encontrar. Y también ignoraba que el tiempo estaba corriendo otra vez. ¿Podré salvarlo esta vez? ¿Podré salvarnos a ambos? O simplemente… ¿volveré a recordar justo cuando lo pierda de nuevo? Soy Hyeon, en mi primera vida fui William. Soy un vampiro condenado por amor. Y esta es la última vez que pienso dejarlo morir. *** Corea, Joseon 1000 años atrás... La puerta aún estaba entreabierta cuando entré a la mansión. El olor era inconfundible: deseo, sudor, traición. Apreté los puños. No necesitaba ver para saber lo que había dentro. Pero lo vi. — ¿Otra vez, Thiago? —mi voz fue seca como una hoja quebrándose. El omega se alzó de la cama entre sábanas arrugadas. Su piel blanca brillaba como porcelana bajo la luz tenue. El otro vampiro, un joven intrascendente, se cubrio de prisa. —William… —Thiago sonriendo sin vergüenza desnudo—. Qué gusto que llegaste. ¿Te unes? Mi mandíbula se tensó. Me acerqué lento, como un depredador que no quiere morder, pero que tampoco perdonará esta vez. —Eres desagradable —escupí—. Qué asco da llegar a casa y encontrarte usando la cama donde dormíamos... para follarte a otro. —Aún crees que somos exclusivos? —rió, bajando las piernas al suelo—. Eres un alfa dominante, mi William, pero no eres mi dueño. Soy un vampiro Omega...necesito amor y sangre. —Y tú no vales ni la sangre que robas —le lancé una mirada de desprecio—. Estamos terminados. No vuelvas a buscarme. Te puedes quedar con todo. Me di la vuelta. No miré atrás. Pero escuché cómo se reía, una risa rota y cruel, como si supiera que no sería la última vez. O como si estuviera seguro que me tiene en la palma de su mano. Meses después, el aire del festival olía a faroles de aceite y dulces de arroz. En el año 1394 Joseon resplandecía esa noche. La gente reía, las linternas flotaban por el río, y por un instante, incluso los inmortales pudieron fingir ser humanos. Caminaba entre la multitud, solo, cuando alguien tropezó conmigo. -¡Oh! Lo siento tanto… —dijo una voz suave. Lo miré. Cabello oscuro largo hasta la cintura y despeinado, rostro delicado, ojos grandes con una tristeza que no sabía que yo estaba buscando. —¿Estás bien? —le preguntó. —Sí… solo… estaba distraída mirando los faroles. —¿Te gustan? —Mucho. Son deseos con luz. Aunque dudo que el mío se cumpla. —¿Y cuál es tu deseo? —…Dejar de sentirme tan vacío y solo. Mi corazón, que llevaba siglos latiendo por inercia, se estremeció. Aquel chico humano tenía un aura distinta. Familiar. Dolorosa. Como si mis colmillos ya hubieran acariciado su piel en otra vida. Mire su cuello y tenía algunas mordidas de vampiro, posiblemente ya tenía dueño. —Soy William —le dije, tendiéndole la mano. —Ren —susurró él. Y cuando nuestras manos se tocaron, por un segundo, sentí como si lo amara de toda la vida. Ren y yo caminamos bajo la lluvia de faroles que flotaban sobre nuestras cabezas como luciérnagas encantadas. Cada uno llevaba un hilo rojo atado a la muñeca, regalo de una anciana que decía que si el hilo no se rompía antes de la medianoche, el destino uniría nuestros corazones para siempre. Él reía con timidez. Yo sonreía con el pecho lleno de una sensación que creía extinta. Supe al instante que le gusta. Nos detuvimos en un pequeño puesto de madera donde un anciano vendía licor de arroz en cuencos de cerámica azul. Ren lo miró curioso y el viejo, entre bromas, nos ofreció una muestra. Lo probamos. Ardía con suavidad, como el calor de una mano en el pecho durante el invierno. —Está más dulce de lo que imaginaba… —susurró Ren, pasándose la lengua por los labios con una expresión inocente. Yo no podía dejar de mirarlo. — ¿Nunca habías probado licor? —No… Mi familia no me deja beber, y aunque quisiera no tenemos mucho dinero. —Yo te lo compro, no están aquí, ¿cierto? —¿De verdad? Caminamos entre la gente como si fuéramos los únicos. —Entonces… brindemos por los deseos incumplidos —dije, levantando el cuenco cuando lo compre al anciano. Ren alzó el suyo, sus dedos rozaron los míos, y el leve contacto pareció eléctrico. —Y por las almas que se encuentran… y las que van y vienen. Bebimos. Y el silencio que siguió no fue incómodo. Fue una pausa sagrada. Caminamos río abajo, hasta que llegamos a una colina desde donde se veía toda la ciudad iluminada. El momento se volvió etéreo: en el cielo estallaron los primeros fuegos artificiales, coloreando la noche en tonos de oro, rojo y azul. Ren se quedó mirando el espectáculo con los ojos brillantes. Yo lo miraba a él. —¿Por qué me miras así? —preguntó, bajando la vista con timidez. —Porque te he esperado más de lo que comprendo —respondí en voz baja. Él giró su rostro hacia mí, sorprendido. Y entonces, bajo el estruendo del cielo que ardía, con los faroles reflejados en el río y el licor aún caliente en nuestros labios, me acerqué. —Puedo irme si quieres… —susurré, midiendo cada latido de su corazón con mis sentidos afilados. Podía sentir su sangre correr en sus venas. —No… quiero que te acerques más. Me encanta el color de tus ojos—murmuró, apenas audible, tembloroso pero firme. Y lo hice. Me acerqué tanto que nuestros labios se encontraron despacio, como si fueran delicadas piezas de un rompecabezas antiguo que al fin encajaban. Su boca sabía a arroz dulce ya preguntas sin responder. Fue un roce suave, como una caricia. Luego, nos volvimos a mirar, y él escuchó tímidamente, ruborizado. Lo besé de nuevo, más profundo, más real. Solté la jarra para sostenerla mejor. Sus dedos se aferraron a mi kimono oscuro mientras nuestras bocas se reconocían. Su saliva sabía a miel. Mi corazón palpitaba por primera vez en tanto tiempo. No fue un beso torpe ni apresurado. Fue una declaración silenciosa de todo lo que no sabíamos que sucedería después. Sentí cómo su corazón se aceleraba, y por un segundo, el mío también parecía latir de nuevo. Cuando nos separamos, el aliento compartido aún flotaba entre nosotros, cálido. —¿Qué fue eso…? —preguntó con voz temblorosa. —Un beso. Aunque no sé aún porqué —le respondí, acariciando su mejilla con la yema de mis dedos—¿es tu primer beso? -Si... Y por primera vez en siglos, sentí que el tiempo no era un enemigo, sino una oportunidad. Pero en algún lugar de la ciudad, entre las sombras del festival, alguien nos miraba a la distancia. Alguien con ojos grises y colmillos dormidos. Alguien que me conoció, alguien que se convirtió en mi enemigo sin darme cuenta... Me enteré luego que Ren era amigo de Thiago. Que cada noche, Thiago lo hipnotizaba para alimentarse de su sangre sin que él lo supiera cuando no atrapaba en su cama a algún alfa ya sea vampiro o humano. Supe que Ren creía que los sueños donde sentía mordidas eran pesadillas. Y que el destino ya estaba escrito con tinta roja sobre nuestros nombres.Hyeon tomó la mano de Ren para acompañarlo al control pre natal en el hospital.La sala del hospital estaba casi vacía. El sonido del monitor fetal era lo único que rompía el silencio.Ren sonreía mientras veía en la pantalla el pequeño destello que latía dentro de él.A su lado, Hyeon le sostenía la mano, sin poder apartar la vista del eco.—Ahí está… —susurró, con la voz quebrada—. Nuestro bebe.La rutina de las últimas semanas se había vuelto una burbuja de paz frágil: citas médicas, antojos repentinos y una calma que parecía más un espejismo que una realidad.—Te ves nervioso —susurró Hyeon, ajustándole la mascarilla con ternura.—Es que cada vez que escucho su corazón, siento que el mío se detiene —respondió Ren, con una sonrisa temblorosa.— Iré a imprimir los resultados, pónganse de acuerdo si quieren que les diga que será.— La esperamos aquí.Ella sale un momento.— ¿Quieres que le preguntemos a la doctora si es niño o niña? — pregunta Hyeon cuando se quedan solos.— Ella lo
El papel tembló entre sus dedos.Su respiración se cortó, y una mezcla de shock y furia le subió a la garganta.—No puede ser… —murmuró, sintiendo un golpe seco en el pecho.Miró de nuevo las palabras, como si al hacerlo fuera a desaparecer.Pero no.Ren estaba embarazado.De Hyeon. No había otra explicación."¿Sería mitad vampiro mitad humano o quizas un alfa completo por ser Hyeon un alfa dominante vampiro?"Su mandíbula se tensó. El papel se arrugó entre sus manos hasta convertirse en una bola.Con un movimiento brusco, lo empujó a la basura del pasillo y se alejó, con los ojos ardiendo.Mientras caminaba, su mente hervía.“Un hijo…”“De él. De mi Hyeon”Su respiración se volvió irregular.—Esto no va a terminar así —susurró para sí mismo, con una sonrisa torcida que apenas contenía el veneno.En el baño, Ren se miraba al espejo, con las manos sobre el abdomen, sin imaginar que su secreto ya no lo era.Que alguien más lo sabía.Y que ese alguien… no pensaba quedarse de brazos cruza
Esa misma noche, el silencio en el apartamento era apenas roto por el sonido suave de la lluvia golpeando los cristales.Ren dormía enredado entre los brazos de Hyeon, con la respiración tranquila, el cuerpo exhausto después de tantas lágrimas, discusiones y la reconciliación más intensa que habían tenido hasta entonces.Hyeon lo miraba en la oscuridad, con la mandíbula relajada y una mano acariciando su espalda desnuda.Por primera vez en días, sentí que todo volvía a su lugar.O al menos eso.Pasaron las horas, hasta que de repente Ren se movió inquieto. Su respiración se aceleró, su piel estaba empapada en sudor.Hyeon abrió los ojos, incorporándose de golpe.—Ren… —susurró, tocándole la frente—. Estás ardiendo.Ren se removió, respirando con dificultad.—No… no sé qué me pasa —murmuró con voz entrecortada—. Mi pecho… late muy rápido, pero… no es solo eso.Hyeon frunció el.— ¿Cómo que no es solo eso?El omega llevó las manos a su abdomen, presionando suavemente.—Siento… algo aquí
Ren caminaba sin rumbo.El agua caía sobre su rostro, mezclándose con las lágrimas que no podía contener.Cada paso le dolía más que el anterior.—¿Por qué… por qué siempre tiene que ser así? —murmuró, sin saber si se refería a Hyeon, a Thiago, oa sí mismo.Se detuvo frente a un cruce de calles, empapado, temblando, con el puño apretado contra el pecho.Podía sentir el débil latido en su abdomen, ese calor misterioso que lo había acompañado desde la mañana.Era suave… sentía nostalgia.Como si algo dentro de él le susurrara que no estaba solo.—Quiero… que todo esté bien —susurró al aire, hablando consigo mismo.A lo lejos, entre la multitud y la lluvia, Hyeon lo buscaba desesperado.Y desde la ventana del motel, Thiago observaba la escena con una sonrisa satisfecha.—Caíste, Hyeon —murmuró, mientras cerraba la cortina—. Caíste justo donde quería.La lluvia seguía cayendo, cubriendo la ciudad con un manto gris.Pero en algún lugar, bajo esa tormenta, un lazo invisible seguía latiendo.
Hyeon pensaba ir a buscar a Ren, cuando su celular volvió a vibrar quince minutos después.Hyeon, aún con el ceño fruncido, lo tomó sin apartar la mirada de la foto en la pantalla. La imagen era borrosa, tomada desde lejos, pero bastaba para reconocer la silueta de Ren.El omega entraba a un hotel con una bolsa en la mano, el cabello húmedo y la mirada baja.Su pecho se aprieta.El corazón le latía con una mezcla de ira y miedo.— ¿Qué diablos es esto? —murmura con su voz quebrada entre la rabia y la incredulidad.Marca el número desde donde había llegado la imagen.El tono de llamada se escucha tres veces antes de que alguien respondiera.—Vaya, vaya… —la voz suena suave, casi melosa—. Qué sorpresa recibir tu llamada, Hyeon.—Thiago. —El tono del alfa cambió de inmediato, más grave, más contenido—. ¿Qué demonios estás tramando? ¿Cómo diablos sigue mi número?—¿Yo? —Thiago soltó una risa corta—. No importa a quien se lo quite. Solo te estoy abriendo los ojos. No me gusta ver cómo te e
Dos días después, el cielo sobre la universidad estaba cubierto de nubes grises.Ren caminaba por el pasillo principal, sosteniendo una carpeta contra el pecho. Había tenido mareos toda la mañana, pero lo atribuyó al cansancio del entrenamiento con Hyeon y al poco sueño de la noche anterior.Sus pensamientos estaban lejos, perdidos en la última sonrisa de Hyeon, en cómo lo había dejado en el apartamento prometiendo pasar a buscarlo para almorzar juntos.Esa idea le arrancaba una sonrisa distraída, hasta que escuchó su nombre.—¡Ren!La voz lo sacó de golpe de sus pensamientos. Se giró y vio a Han Jisoo, avanzando hacia él con una sonrisa tensa.—Jisoo… —murmuró Ren, retrocediendo un paso—¿Qué haces aquí?—Tenía que verte —dijo el otro, respirando agitado—. No respondías mis mensajes, mis llamadas… pensé que algo te había pasado. Tus padres no dan razón de ti.—No tenía nada que decirte, ni ellos—respondió Ren con voz fría—. No deberías estar aquí. Ya ves.— Somos pareja.— Ya no. Me v
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