Esa misma noche, el silencio en el apartamento era apenas roto por el sonido suave de la lluvia golpeando los cristales.
Ren dormía enredado entre los brazos de Hyeon, con la respiración tranquila, el cuerpo exhausto después de tantas lágrimas, discusiones y la reconciliación más intensa que habían tenido hasta entonces.
Hyeon lo miraba en la oscuridad, con la mandíbula relajada y una mano acariciando su espalda desnuda.
Por primera vez en días, sentí que todo volvía a su lugar.
O al menos eso.
Pasaron las horas, hasta que de repente Ren se movió inquieto. Su respiración se aceleró, su piel estaba empapada en sudor.
Hyeon abrió los ojos, incorporándose de golpe.
—Ren… —susurró, tocándole la frente—. Estás ardiendo.
Ren se removió, respirando con dificultad.
—No… no sé qué me pasa —murmuró con voz entrecortada—. Mi pecho… late muy rápido, pero… no es solo eso.
Hyeon frunció el.
— ¿Cómo que no es solo eso?
El omega llevó las manos a su abdomen, presionando suavemente.
—Siento… algo aquí