Mundo ficciónIniciar sesiónEl día de la boda la novia desaparece, y para evitar una humillación que podría desatar algo mucho peor, la familia Orlov obliga a Mila a ocupar su lugar en el altar. En cuestión de minutos pasa de ser la sobrina ignorada a convertirse en la esposa de Viktor Morózov, el jefe de la mafia rusa en Nueva York. Lo que comienza como un matrimonio impuesto pronto se llena de tensión, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos quiere reconocer. Porque en el mundo de la mafia las traiciones se pagan caro, y Mila Orlov está a punto de descubrir que su nueva vida puede ser tan peligrosa como irresistible.
Leer másViktor Morózov se mantenía frente al altar como un hombre que jamás había tenido que esperar y mucho menos bajo la mirada impaciente de cientos de invitados. El traje negro le caía perfecto, sobrio y elegante, pero la rigidez en su mandíbula traicionaba lo que su porte intentaba ocultar. La paciencia se le estaba agotando y el murmullo que comenzaba a recorrer la catedral no hacía más que recordarle que aquello se estaba convirtiendo en un espectáculo.
Y Viktor no era un hombre que tolerara la humillación.
Por un instante incluso pensó que, si en lugar de cumplir el acuerdo que había sellado años atrás con el viejo patriarca de la familia Orlov, le hubiera propuesto ceder parte de su territorio nada de esto estaría ocurriendo.
Pero una deuda de sangre no era algo que un Morózov pudiera ignorar.
A su lado Artem, su tío, observaba la iglesia con calma. Calculaba a cuánta gente tendrían que matar si la novia no se presentaba.
—Quizá… hubo tráfico —aventuró el sacerdote con una sonrisa tensa—. Solo han pasado veinte minutos.
Viktor no lo miró siquiera.
—Guarde silencio, padre —respondió sin alzar la voz—. No estoy de humor.
Artem se inclinó apenas hacia él.
—Nuestra gente está conteniendo a los curiosos afuera —informó con serenidad—, pero aquí dentro ya empezaron los susurros.
Viktor deslizó la mirada hacia el lado de la familia de la novia. Sonrisas forzadas. Nervios mal disimulados. Y finalmente, los padres de Daria Orlov.
—¿Dónde está Daria? —murmuró Elena a su esposo mientras miraba la puerta como si con eso pudiera hacerla aparecer—. Roman, dime que viene en camino.
Roman Orlov tragó saliva. Por un segundo pareció un padre preocupado, al siguiente recordó a quién tenía enfrente y cuánto dependía su posición de ese matrimonio.
—Va a llegar —dijo, más para convencerse a sí mismo que a ella—. Tiene que llegar.
Uno de los hombres de Viktor se acercó a él con una cortesía que no era tal.
—Señor Orlov, el señor Morózov desea saber cuánto más piensa hacerlo esperar su hija.
Roman forzó una sonrisa.
—Solo un momento más. Ya viene.
El hombre se retiró. El silencio que dejó fue más peligroso que cualquier amenaza.
Viktor descendió los escalones del altar hasta quedar frente a Roman.
La diferencia entre ellos era evidente.
Roman parecía un hombre que solo había heredado un apellido.
Viktor en cambio era el hombre que hacía que el resto se arrodillaran.
—Dime la verdad —ordenó— antes de que la descubra por mi cuenta. ¿Se largó con otro?
Roman intentó sostenerle la mirada pero no pudo, el oscuro secreto que guardaba era algo que no podía arriesgarse a revelar.
—No es lo que parece.
—Entonces explícame qué parece —replicó Viktor, con una sonrisa apenas perceptible y completamente fría—. Porque desde aquí parece que tu hija me dejó plantado.
Elena se levantó de golpe.
—¡Viktor, por favor como puedes creer eso! Daria jamás haría algo así.
Artem hizo un gesto casi imperceptible. Dos hombres cerraron discretamente las puertas laterales.
—No digas “por favor”, Elena —dijo Viktor con voz baja—. Esa palabra dejó de existir cuando Roman y tu aceptaron el acuerdo que sellé con tu suegro.
Roman sintió cómo la garganta se le secaba, antes preferiría morir que admitir lo que, estaba seguro, había provocado la ausencia de Daria.
—Este matrimonio es necesario —continuó Viktor—. La deuda que tengo con tu padre fallecido solo puede cubrirse si me caso con su nieta. Acepte el pego por las normas que rigen la Bratva, pero solo por eso.
Roman miró alrededor, buscando un apoyo que no existía. Al final, el miedo se impuso y decidió mentir para salvarse, aun sabiendo que con ello hundiría a su propia hija.
—Se fue —mintio en un susurro—. Ayer amenazó con hacerlo, pero no pensé que fuera capaz. Sabía que era su deber. Que este matrimonio era el acuerdo entre nuestras familias.
—¿Qué? —pregunto Viktor con una calma que resultaba más peligrosa que cualquier grito.
—Se fue —volvio a mentir Roman, pálido—. Dijo que no quería casarse contigo.
Viktor inclinó la cabeza levemente y le hizo una señal a Artem. Apenas un gesto, pero fue suficiente para poner a todos nerviosos en la iglesia.
—Bien —añadió Viktor—. Que así sea, si no tengo como cumplir con mi deuda será mejor arrancar de raíz este problema.
Roman se humedeció el labio temeroso.
—¿Qué significa eso?
Viktor dio un paso más, invadiendo su espacio.
—Que si no resuelves esta situación —dijo despacio—. nadie con el apellido Orlov sale vivo de aquí.
Roman parpadeó, desorientado.
—No hay forma de que haga que Daria aparezca sí decidió no venir. No se donde esta.
—Daria no me importa, nunca me importó —lo interrumpió Viktor—. La deuda se salda casándome con una de las nietas de tu padre, y ambos sabemos que tu hija no era su única nieta. Así que consigue un reemplazo… o tendrán que pagar el precio por humillarme de esta forma.
Roman giró sobre sí mismo buscando un milagro entre los rostros aterrados de su familia.
Y entonces se le ocurrió.
—Esta bien, ire por Mila. Aunque es menor que Daria, como dices también es una Orlov.
Su esposa Elena lo miró horrorizada.
—Roman, no puedes estar hablando en serio.
—No tenemos alternativa —susurró él, con la voz quebrada consiente que el habia provocado aquella situación—. No la tenemos.
En una sala apartada, lejos del altar y del murmullo creciente, Mila Orlov guardó su diario en la bolsa desgastada que traia consigo y se dispuso a esperar a que terminara la ceremonia, sin entender por qué, como siempre, le impedían formar parte de las celebraciones. Frente a ella colgaba el vestido que el prometido de su prima había elegido para Daria. Era realmente hermoso, y Mila penso con tristeza que jamás tendría uno igual el día que le tocara casarse.
Pero cuando la puerta se abrió bruscamente y Mila alzó la mirada no se sobresalto porque la vida le había enseñado que lo peor nunca avisa.
Su tío Roman entró primero, su tía Elena detrás.
—Mila —dijo él sin rodeos—. Te casas hoy.
Ella soltó una risa breve, incapaz de decidir si aquello era una broma cruel.
—¿Con quién?
Roman dio un paso al frente, cerrándole el espacio.
—¿Cómo que con quién? Con Viktor Morózov.
El silencio que siguió fue largo.
Mila sintió que algo se contraía dentro de su pecho.
—No.
La respuesta salió firme, más rápida de lo que había esperado.
Conocía ese nombre. Todos lo conocían. No era solo el prometido de su prima, era el hombre al que nadie se atrevía a desafiar, el que gobernaba la mafia rusa en Nueva York con una crueldad que se había vuelto leyenda.
Y, aunque Mila jamás lo había confesado, durante las constantes visitas de Viktor a casa de sus tíos se había enamorado de él en silencio.
Por eso había aprendido a apartarse cada vez que él llegaba.
A desaparecer cuando su voz resonaba en la casa.
A bajar la mirada cuando lo encontraba en los pasillos.
Había sido su única forma de sobrevivir a ver cómo ese hombre, el único que alguna vez había despertado algo en ella, pertenecía a su prima.
Roman apretó la mandíbula.
—No es una petición. Tienes que hacer esto por toda la familia.
Mila sostuvo su mirada. Nunca había tenido el valor de desafiar a su tío, pero aquello sobrepasaba cualquier límite.
—No.
Roman dio un paso más hacia ella.
—No tienes opción.
Mila negó con la cabeza, retrocediendo.
—Sí la tengo. No voy a hacerlo.
No era solo lo absurdo de la petición.
Era Viktor, ella estaba enamorada de el en secreto.
Casarse con él, ocupar el lugar de Daria, fingir frente a todos que aquello era solo un contrato. Sabía que sería incapaz de sostener esa mentira sin ser descubierta sobre sus verdaderos sentimientos.
—Soy tu sobrina, no tu moneda de cambio —dijo con la voz más firme de lo que se sentía—. Además, ni siquiera se me permitió presenciar la boda porque dijeron que podía avergonzarlos con mis modales. Me pidieron quedarme aquí, esperando, para ayudar a Daria a cambiarse de ropa cuando llegara y me exigieron no salir hasta que la ceremonia terminara.
Su mirada se endureció.
—Y ahora —añadió con incredulidad— me piden que me case en su lugar.
Elena se acercó con pasos rápidos, como si temiera que Mila pudiera escapar antes de escucharla.
—Hija, por favor. Hazlo por nosotros.
Mila la miró fijamente, y algo dentro de ella se tensó hasta romperse.
—¿Por ustedes? —repitió, incrédula, la voz temblando entre rabia y dolor—. ¿Ahora sí soy su hija? Porque toda mi vida me dejaron claro que solo era la sobrina que recogieron por lástima, la carga que tenían que tolerar.
Sus ojos brillaron con una furia que rara vez se permitía mostrar.
—¿Dónde está Daria? ¿Por qué tengo que casarme yo en lugar de ella?
Mila tenía tan solo nueve años cuando pasó. Llevaba más de una hora esperando frente a su pastel de cumpleaños, mirando la puerta con ilusión porque su padre le había prometido que volvería a tiempo para cantarle feliz cumpleaños.Fue entonces cuando una de las empleadas apareció en el comedor con la voz temblorosa.—Señorita Mila, su papá… hubo un accidente en la carretera.Al principio Mila no entendió del todo. Pero cuando lo hizo, rompió a llorar con una tristeza tan profunda que nadie supo cómo consolarla.Durante años había recordado aquella tarde como una tragedia. Un accidente, una mala suerte.Nada más.De vuelta al presente, Mila caminó unos pasos por la habitación, como si necesitara moverse para ordenar los pensamientos que comenzaban a golpear su cabeza con demasiada fuerza.—Estás mintiendo —dijo al fin, girándose hacia Viktor—. Lo de mi padre fue un accidente.Viktor apoyó un hombro contra la pared y la observó con una paciencia que a Mila le resultaba casi irritante.—
Aquella tarde en la casa de la familia Orlov, tanto Daria como Mila seguían siendo apenas unas adolescentes. Roman y Elena habían obligado a Mila a limpiar toda la cocina y, mientras lo hacía, no dejaron de humillarla. Cuando por fin terminó, se sentó en silencio e intentó concentrarse en su tarea, fingiendo que los gritos que había recibido no la afectaban. Había aprendido a hacerse pequeña, a no molestar, porque cualquier gesto fuera de lugar siempre terminaba empeorando las cosas.—No deberías prestarles tanta atención —le dijo Daria mientras preparaba dos tazas de chocolate—. Sé que son mis padres, pero hasta yo sé que exageran en todo.—No importa —respondió Mila sin mirarla—. Estoy acostumbrada.Daria suspiró y dejó una de las tazas frente a ella.—No deberían ser así. No deberías tener que aguantarlos. Eres parte de la familia, aunque parezca que les molesta tu presencia.Aquello no fue un abrazo ni una promesa. Solo una frase sencilla y una mano apoyada sobre la suya durante u
La luz del amanecer entraba por las cortinas cuando Mila abrió los ojos. Durante unos segundos permaneció inmóvil, con el corazón todavía desordenado, tratando de recordar dónde estaba y con quién. Entonces lo vio.Viktor seguía dormido.No parecía el hombre que la había reclamado de una forma tan dominante y posesiva la noche anterior. Entre sabanas los tatuajes que recorrían su pecho y sus brazos se extendían como un mapa de guerra sobre su piel. Aquello no eran adornos, eran una declaración de lo que él era. El jefe.Mila se incorporó apenas, observándolo con más atención de la que debería. Había algo inquietante en verlo así, vulnerable, como si por un instante pudiera olvidar el peligro que representaba… y eso la desconcertaba más de lo que quería admitir.—Si sigues mirándome así, voy a cobrarte por el espectáculo —murmuró él, sin abrir los ojos.Ella se tensó de inmediato, sorprendida de que se hubiera dado cuenta.—No te estaba mirando —mintió, demasiado rápido.Viktor abrió l
Cuando se escuchó el primer disparo en la iglesia, Mila no tuvo más remedio que permitir que Elena la ayudara a vestirse. Por suerte, los hombres de Viktor aún no habían matado a nadie y el invitado que había sido herido sobreviviría.Cuando estuvo lista y la música comenzó a sonar, Mila avanzó hacia el altar como si caminara directo hacia la vida que no eligió recordando que después de la ceremonia debía volver por su bolsa y el resto de sus cosas.El vestido de Daria le quedaba perfecto, demasiado perfecto. Por un instante quiso permitirse la idea de imaginar que aquel vestido parecía hecho para ella y no para su prima. Negó ligeramente con la cabeza ante aquella idea ridícula.Nada le pertenecía.Ella era solo una novia de reemplazo.—Ve más despacio —murmuró Elena— o te vas a tropezar.Mila no respondió. Cuando llegó frente a Viktor y el sacerdote comenzó la ceremonia, Mila no podía dejar de sentir todas las miradas fijas sobre ella. Sabía que aquello no le agradaba a nadie. Pero
Último capítulo