Artem Morózov había aprendido, que el poder no siempre se anunciaba con palabras ni se imponía con gritos, sino que en ocasiones simplemente se instalaba en una habitación y ocupaba el aire como si siempre le hubiera pertenecido, y aquella noche lo entendió con una claridad incómoda, aunque jamás lo habría admitido en voz alta.
El cuerpo de su hermano mayor yacía sobre la mesa, aún tibio, como si la vida no hubiera terminado de abandonarlo del todo, y sin embargo nadie se atrevía a acercarse, no