Mundo ficciónIniciar sesiónAquella tarde en la casa de la familia Orlov, tanto Daria como Mila seguían siendo apenas unas adolescentes. Roman y Elena habían obligado a Mila a limpiar toda la cocina y, mientras lo hacía, no dejaron de humillarla. Cuando por fin terminó, se sentó en silencio e intentó concentrarse en su tarea, fingiendo que los gritos que había recibido no la afectaban. Había aprendido a hacerse pequeña, a no molestar, porque cualquier gesto fuera de lugar siempre terminaba empeorando las cosas.
—No deberías prestarles tanta atención —le dijo Daria mientras preparaba dos tazas de chocolate—. Sé que son mis padres, pero hasta yo sé que exageran en todo. —No importa —respondió Mila sin mirarla—. Estoy acostumbrada. Daria suspiró y dejó una de las tazas frente a ella. —No deberían ser así. No deberías tener que aguantarlos. Eres parte de la familia, aunque parezca que les molesta tu presencia. Aquello no fue un abrazo ni una promesa. Solo una frase sencilla y una mano apoyada sobre la suya durante unos segundos. Pero para Mila, que no esperaba nada de nadie en esa casa, fue suficiente para recordarle que al menos una persona intentaba verla. Y ese era uno de los recuerdos que ahora le impedían quedarse de brazos cruzados. Habían pasado varios días desde que se enteró de que Daria estaba cautiva. Mila no había dejado de pensar en ello, sin saber qué podía hacer hasta que de pronto la voz de Viktor la arranco de sus pensamientos. —Prepárate —ordenó. Hacía días que no la tocaba ni le dirigía la palabra—. Esta noche me acompañarás a un evento. Mila levantó la vista. Él estaba apoyado contra el marco de la puerta, con esa presencia dominante que parecía llenar toda la habitación. Alto, seguro, irresistiblemente atractivo… como si el mundo entero fuera simplemente una extensión de su voluntad. —¿Qué tipo de evento? —Una reunión de negocios. Aquello resultó extraño. Mila imaginó que no sería una reunión común y corriente, sino uno de los muchos eventos que la Bratva utilizaba para cerrar acuerdos en la sombra. —¿Y si mejor no voy? —dijo Mila, recordando con una punzada incómoda que en la recepción de la boda nadie le dirigió siquiera la palabra. Viktor la observó sin parpadear. —No te lo estoy preguntando. Ella sostuvo su mirada, sintiendo el impulso de desafiarlo, aunque supiera que él siempre esperaba obediencia. —¿Puedo cambiar el tema y preguntarte por Daria? Un músculo en la mandíbula de él se tensó. —No pronuncies su nombre. —Es mi prima. —Es una mujer que intentó humillarme públicamente. El silencio entre ellos se volvió denso. —Vístete bien —sentenció Viktor—. Que el chofer te lleve a comprar algo digno de la esposa del jefe. Quiero que todos no solo entiendan que eres mía… sino lo bien que luces a mi lado. Mila sonrió apenas. Lo haría. Se aseguraría de que todos la vieran hermosa. Pero lo haría a su manera Eligió un vestido que no dejaba nada a la imaginación sin ser vulgar, negro, ceñido, con una abertura que subía por su muslo y un escote que no pedía permiso. Se miró al espejo y se reconoció por primera vez como lo que era. Una mujer hermosa. Cuando regresó junto a Viktor y se paró frente a él con aquel vestido, él se quedó inmóvil. —¿Qué se supone que es eso? ¿Por qué compraste ese vestido para salir? —¿Este vestido? ¿Pero qué tiene de malo? —Parece una provocación. —Tal vez lo sea. Él se acercó despacio. —Recuerda quién eres. —Tu esposa, ¿no? Entonces supongo que debo estar a tu altura. ¿No fue lo que diste a entender? Viktor no respondió, pero sus ojos se oscurecieron. El evento era privado, pero estaba lleno de murmullos. Cuando descendieron del vehículo, las miradas se posaron sobre ellos. —Mira cómo te observan —murmuró él en su oído—. Maldita sea, Mila, eres una atrevida. Por tu bien, espero que no aparezca nadie con el valor de acercarse a ti con dobles intenciones. Pero no tardó en aparecer el primer valiente. —Buenas noches —saludó un hombre alto, elegante, con una sonrisa demasiado afilada—. Esta debe ser tu famosa novia de reemplazo, Viktor. Mila notó cómo el aire cambiaba. —Reemplazo es una palabra fuerte —respondió ella antes de que Viktor hablara—. Prefiero pensar que soy una mejora inesperada. El hombre rió. —Interesante. Pensé que Daria era la de lengua astuta en la familia Orlov. Veo que tú tienes más ingenio. —Lo tengo —replicó Mila con serenidad. Un murmullo recorrió el círculo que se había formado. El hombre inclinó la cabeza. —Solo comentaba lo curioso que resulta cambiar de novia el mismo día de la boda. Debe ser incómodo para ti saber que eres solo un reemplazo del modelo original. Mila sostuvo su copa con elegancia, aunque sentía cómo varias miradas la atravesaban como agujas. —Eso no importa —dijo con voz clara. Hubo algunas risas. Pero Viktor no estaba riendo. Sus celos fueron evidentes cuando aquel hombre, que Mila no conocía, se detuvo en su escote por más de un par de segundos. —¿Te divierte? —le dijo Viktor a aquel sujeto—. Porque a mí me parece que acabas de cometer un error del que no hay vuelta atrás. Eso fue suficiente. El sonido del disparo cortó la música como un cuchillo. El hombre cayó al suelo sin terminar la frase. Por un instante, el mundo se quedó en silencio. Mila sintió que el corazón le golpeaba con violencia contra el pecho. El olor de la sangre llegó hasta ella y su estómago se tensó, pero no gritó. No se movió. Solo miró. Viktor bajó el arma con absoluta calma. —No quiero que nadie vuelva a ser tan atrevido con mi esposa —anunció—. ¿Lo entienden? Ahora que alguien limpie este maldito desastre —le indicó a uno de sus hombres. Nadie gritó, pero estaba claro que aquel sujeto, estúpidamente, había olvidado su lugar. Cuando el evento terminó y estuvieron de regreso en el vehículo rumbo a su residencia, el silencio parecía eléctrico. Mila tenía las manos frías sobre su regazo. No sabía qué era peor, el asesinato o el hecho de que una parte de ella hubiera esperado algo así. —Aquello no era necesario —dijo finalmente. —Te estaba insultando. —Eso no justifica un asesinato. —En mi mundo sí. —Pues tal vez tu mundo está podrido. El coche se detuvo bruscamente al llegar al pent-house. Viktor la tomó del brazo y la arrastró hacia el interior. —¿Te interesaba? —¿Qué? —Ese hombre. Vi cómo te veía. No solo te dijo esas cosas para insultarte, te deseaba. ¿Te interesó saberte deseada por otro hombre? Mila lo miró, incrédula. —¿Eso es lo que te preocupa? —Eres mi esposa, así que respóndeme. —Lo que me altera es que mates a alguien solo por orgullo. —su voz tembló apenas, aunque hizo todo lo posible por ocultarlo—. Lo único que me interesa es saber que mi prima está bien, tienes días ignorándome y hoy actúas así. Él la empujó contra la pared tan pronto se encontraron dentro, no le hizo daño, pero, su respiración era pesada y su miembro se sentía duro contra la tela de su pantalón. La deseaba tenía días sin tocarla y la deseaba. —No tolero que nadie mire a quien es mía como si fueras algo que puede tocar. —No soy tu propiedad. —Eres mi esposa. —Eso no me hace un objeto que puedes poseer. El fuego en sus ojos no era solo ira. Viktor deslizó la mano por su muslo y levantó la falda del vestido con brusquedad, como si necesitara recordarse que Mila solo le pertenecía a él. —No pareces asustada —murmuró de pronto. Mila sostuvo su mirada. —Estoy tratando de no estarlo. —¿Por él? —Por ti. Eso lo desconcertó. —Te alteraste —continuó ella—. Pensaste que podía interesarme alguien más y perdiste el control. Eso no está bien. Él guardó silencio. —Así que dime entonces, ¿qué planeas hacer con Daria? —preguntó Mila cambiando el tema. Era evidente que no quería que el deseo entre ambos desviara lo de su prima—. Hirió tu orgullo y, si está cautiva bajo tus órdenes, sé que su vida corre peligro. El cambio fue inmediato en Viktor, que se apartó de ella. —Matarla. La palabra cayó fría. Mila sintió que algo se tensaba en su pecho. —No puedes hacerlo. —Me dejó en el altar. —Eso no es una sentencia de muerte. —Para mí sí. —Viktor… —No entiendo por qué la defiendes cuando tu propio tío es responsable de que perdieras a tu padre. Mila parpadeó. —¿De qué hablas? Él frunció el ceño. —Roman estuvo involucrado en la muerte de tu padre, por eso te acogió en su casa. El mundo se detuvo. Mila sintió que el aire desaparecía de sus pulmones. —Eso no es cierto. —¿Nunca te lo dijeron? Ella negó lentamente, aunque el recuerdo de aquella noche, de los murmullos entre adultos y las miradas que siempre evitaban la suya, comenzó a abrirse paso en su mente. —Mi padre murió en un accidente. —Tú sabes cómo es este mundo. Eso fue lo que Roman hizo parecer. Te recibió en su casa porque eras una niña y, al llevar su sangre, no tuvo otra opción si quería que tu abuelo le heredara la posición. El silencio que siguió fue más devastador que el disparo horas atrás. Mila sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. —¿Qué estás diciendo? Viktor la observó como si acabara de cometer un error conveniente. —Roman era el hijo mayor, pero era a tu padre a quien tu abuelo iba a cederle su lugar, así que pagó el precio. Las palabras no encajaban. —No… —susurró Mila—. Eso no puede ser. —Pregúntale a cualquiera —dijo él con frialdad. Mila se quedó inmóvil, el corazón golpeando con fuerza, intentando sostenerse de algo que todavía tuviera sentido. Pero todo lo que había creído saber sobre la familia Orlov comenzaba a derrumbarse. ¿Qué fue lo que realmente ocurrió el día en que su padre murió y cómo era posible que su propio tío estuviera detrás de todo?






