Capítulo 5 - La mentira

Mila tenía tan solo nueve años cuando pasó. Llevaba más de una hora esperando frente a su pastel de cumpleaños, mirando la puerta con ilusión porque su padre le había prometido que volvería a tiempo para cantarle feliz cumpleaños.

Fue entonces cuando una de las empleadas apareció en el comedor con la voz temblorosa.

—Señorita Mila, su papá… hubo un accidente en la carretera.

Al principio Mila no entendió del todo. Pero cuando lo hizo, rompió a llorar con una tristeza tan profunda que nadie supo cómo consolarla.

Durante años había recordado aquella tarde como una tragedia. Un accidente, una mala suerte.

Nada más.

De vuelta al presente, Mila caminó unos pasos por la habitación, como si necesitara moverse para ordenar los pensamientos que comenzaban a golpear su cabeza con demasiada fuerza.

—Estás mintiendo —dijo al fin, girándose hacia Viktor—. Lo de mi padre fue un accidente.

Viktor apoyó un hombro contra la pared y la observó con una paciencia que a Mila le resultaba casi irritante.

—Te dije que eso es solo lo que te hicieron creer.

—Eso es lo que pasó —replicó Mila, cruzándose de brazos.

Pero incluso mientras lo decía, algo incómodo se movía dentro de ella. Una duda que siempre habia estado ahí y nunca se había permitido mirar demasiado de cerca.

Viktor inclinó apenas la cabeza.

—Eso es lo que Roman necesitaba que creyeras para mantenerte tranquila, hasta encontrar la forma de deshacerse de ti —dijo, haciendo una breve pausa antes de continuar—. Son dos cosas muy distintas.

El nombre de su tío hizo que algo en su pecho se tensara.

Mila negó con la cabeza con más fuerza de la necesaria.

—Aun así, Daria no tiene la culpa. Así que te pido, por favor, que no le hagas daño —dijo con firmeza.

—Tu prima es culpable de traicionarme y de fugarse con otro —respondió Viktor.

Mila guardó silencio un momento y aunque sentimientos encontrados se apoderaban de ella finalmente dijo.

—Sé que te quería.

Viktor entrecerró los ojos.

—¿Estás segura?

—Sí —respondió Mila sin vacilar.

Él dejó escapar una pequeña risa.

—Tu confianza en la familia Orlov es admirable.

Las palabras le provocaron a Mila un nudo en el estómago.

—Mi confianza no es el problema —respondió Mila con calma—. El problema es que tú quieres sangre.

—Quiero justicia —dijo Viktor.

—No —replicó ella, sacudiendo la cabeza—. Lo que buscas es sangre y venganza.

Viktor hizo una pausa antes de responder.

—Es casi lo mismo.

—No para mí —dijo Mila con suavidad.

Viktor la observó durante unos segundos, como si intentara descifrar algo en ella.

—Dime algo, Mila.

—¿Qué cosa? —preguntó ella.

—¿De verdad no sabías nada?

Mila frunció el ceño.

—¿Nada de qué?

—De tu prima —respondió Viktor.

—Primero lo de mi tío y ahora Daria. ¿Qué pasa con Daria?

—Su amante —dijo Viktor con naturalidad—. Aseguras que me quería, pero ¿cómo explicas entonces que tenga a otro?

Mila guardó silencio unos segundos.

Todo aquello que había creído durante años comenzaba a sentirse menos sólido.

—No puedo creer que tuviera uno —dijo al fin.

—¿De verdad? —preguntó Viktor.

—Sí.

Viktor la miró con una leve sonrisa que no alcanzó a sus ojos.

—Qué conveniente. Quizá entre las dos planearon todo esto, que ella se fugara y que tú tomaras su lugar.

Mila dejó escapar una risa incrédula.

—¿Estás diciendo que planeé todo esto? ¿Nuestro matrimonio?

—Estoy diciendo que aceptaste su lugar con demasiada facilidad —respondió Viktor.

—Tu gente ya le había disparado a un invitado en la iglesia, obviamente tenía que hacerlo —replicó Mila.

—Podrías haber dicho que no.

Mila lo miró fijamente.

—¿Y provocar la muerte de la mitad de los presentes?

Viktor no apartó la mirada.

—No soy estúpido. No llegué hasta donde estoy siendo ingenuo, estoy seguro que esa no fue la razón por la que aceptaste.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Así que quiero oírlo de ti. ¿Sabes si tu prima tiene un amante? Dímelo.

Mila sostuvo su mirada.

—No.

Viktor no respondió, pero supo que Mila decía la verdad.

El silencio que siguió se volvió espeso.

—¿Por qué aceptaste casarte conmigo? —preguntó finalmente.

Mila se cruzó de brazos.

—No voy a decírtelo —dijo—. Nunca me creerías. Así que deja eso y simplemente libera a mi prima.

—No —confirmó Viktor.

La observó un momento más y añadió.

—No eres lo que esperaba.

—Nunca lo soy para nadie —respondió Mila.

Viktor se acercó un paso.

Esta demasiado cerca de ella, así que antes de que Mila pudiera reaccionar, la besó.

Mila se quedó inmóvil un segundo.

¿Aquella discusión lo había excitado? ¿En serio?

Se apartó rápidamente, tomó su bolso y retrocedió.

Sabía lo poderoso que era Viktor, pero algo dentro de ella le dijo que, si no salía de allí cuanto antes, ambos terminarían otra vez en la cama. 

—No voy a quedarme aquí esperando a que decidas el destino de mi prima.

—No tienes mucho que decir sobre eso —respondió Viktor.

—Tal vez no —dijo Mila, encogiéndose ligeramente de hombros—. Pero voy a intentar cambiarlo.

Viktor entrecerró los ojos.

—¿Intentar cómo?

—Convenciéndote.

—Buena suerte —dijo él con ironía.

—No la necesito.

Mila salió de la residencia poco después.

El aire fresco de la tarde le ayudó a despejar la cabeza, aunque no logró acallar del todo el eco de las palabras de Viktor.

“Roman necesitaba que creyeras”

Sacudió la cabeza. No iba a pensar en eso ahora.

No podía.

No había caminado mucho cuando escuchó una voz detrás de ella.

—Sabía que cuando te vi salir del edificio te encontraría aquí.

Mila se giró.

—Tía Elena —dijo, sorprendida.

Elena la observó con evidente preocupación.

—¿Es verdad?

—¿Qué cosa? —preguntó Mila.

—Que Viktor tiene a Daria.

Mila dudó un segundo antes de responder.

—Sí.

Elena cerró los ojos por un momento.

—¿Está viva?

—Sí.

Elena dejó escapar un suspiro.

—Entonces aún hay esperanza. ¿Puedes hacer algo para rescatarla?

Mila la miró.

—Eso intento.

Por un instante, Mila tuvo la incómoda sensación de que alguien las observaba desde algún lugar cercano. Miró brevemente alrededor, pero no vio a nadie.

Tal vez solo era su imaginación o tal vez no.

Elena dudó un instante antes de hablar.

—Tienes que hacer que se enamore de ti.

Mila parpadeó.

—¿Qué?

—Viktor —dijo Elena—. Si se enamora de ti, tal vez perdone a Daria.

Mila soltó una pequeña risa sin humor.

—No pienso manipular a mi esposo.

—Entonces mi hija morirá —respondió Elena.

Aquella mujer que siempre había intentado hacerla menos ahora parecía completamente destruida.

Durante un instante, Mila pensó en su padre.

En la forma en que había muerto.

En el nombre de su tío Roman resonando en su cabeza como un eco incómodo.

La familia Orlov nunca había sido sencilla de descifrar.

Pero Daria…

Daria no era Roman.

—No sabes eso —dijo Mila.

—Lo sé —respondió Elena—. Y tú también.

Después suspiró.

—Ven conmigo.

Mila dudó.

En realidad, no le parecía buena idea estar sola con Elena. No después de lo que Viktor le había revelado sobre su tío.

Pero si había alguien que podía confirmar lo que realmente había pasado con su padre, era Elena

—¿A dónde vamos? —preguntó finalmente.

—De compras. Necesitas algo que te ayude a seducir a Viktor.

Mila frunció el ceño.

—¿Hablas en serio?

—Muy en serio.

Caminaron juntas unos metros.

Mila sentía otra vez esa incómoda sensación de vigilancia, como si alguien siguiera cada uno de sus movimientos desde la distancia.

No dijo nada.

Si Viktor realmente las estaba observando, tal vez aquello también formaba parte de su juego.

—Tía… —dijo Mila al cabo de un momento.

—¿Sí?

Mila dudó antes de preguntar:

—¿Es verdad que el tío Roman tuvo algo que ver con la muerte de mi padre?

Elena no respondió de inmediato.

En lugar de eso, la miró con atención.

—¿Saber la verdad cambiaría tu decisión de ayudar a Daria? —preguntó.

Mila apretó los labios.

—No.

Elena asintió lentamente.

—Entonces quizá la respuesta no importa tanto como crees.

Mila no dijo nada.

Pero en el fondo entendió algo.

Si Roman fuera inocente, Elena lo habría defendido.

Su silencio era respuesta suficiente.

Una oleada de rabia le recorrió el pecho al pensar en su tío.

Pero también comprendía algo que siempre había sabido.

En el mundo de mafia, la culpa rara vez pertenecía a una sola persona.

—Voy a intentar salvarla —dijo finalmente—. Pero no pienso manipular a Viktor.

Esta vez lo dijo con más firmeza.

—No voy a mentirle ni jugar con mi esposo para conseguirlo.

Elena la observó unos segundos antes de asentir con suavidad.

Horas después, Mila regresó al pent-house.

Caminó por el pasillo en silencio. Cuando abrió la puerta de la habitación, Viktor estaba allí, sentado como si hubiera estado esperándola desde hacía tiempo.

No le preguntó dónde había estado. La forma en que la miró hizo que Mila sintiera que, de alguna manera, ya lo sabía… o que simplemente había decidido que no importaba.

—Ábrela —dijo Viktor, extendiéndole una pequeña caja.

Mila la miró con desconcierto antes de tomarla.

—¿Qué es?

—Ábrela —repitió él —. No te lo voy a pedir otra vez.

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