Mundo ficciónIniciar sesiónCuando se escuchó el primer disparo en la iglesia, Mila no tuvo más remedio que permitir que Elena la ayudara a vestirse. Por suerte, los hombres de Viktor aún no habían matado a nadie y el invitado que había sido herido sobreviviría.
Cuando estuvo lista y la música comenzó a sonar, Mila avanzó hacia el altar como si caminara directo hacia la vida que no eligió recordando que después de la ceremonia debía volver por su bolsa y el resto de sus cosas. El vestido de Daria le quedaba perfecto, demasiado perfecto. Por un instante quiso permitirse la idea de imaginar que aquel vestido parecía hecho para ella y no para su prima. Negó ligeramente con la cabeza ante aquella idea ridícula. Nada le pertenecía. Ella era solo una novia de reemplazo. —Ve más despacio —murmuró Elena— o te vas a tropezar. Mila no respondió. Cuando llegó frente a Viktor y el sacerdote comenzó la ceremonia, Mila no podía dejar de sentir todas las miradas fijas sobre ella. Sabía que aquello no le agradaba a nadie. Pero en el mundo al que ambos pertenecían, para un hombre como Viktor Morózov probablemente era preferible tomarla a ella por esposa antes que permitir que todos lo vieran incumplir una deuda de sangre, incluso si la responsable de aquella situación era Daria y no él. —¿Mila Orlov Aceptas a Viktor Morózov como tu esposo? —preguntó el sacerdote de pronto, con la voz ligeramente temblorosa. Mila sintió todas las miradas sobre su espalda. —Sí —respondió, sin saber de dónde salió aquella palabra. —¿Y tú, Viktor Morózov aceptas a Mila Orlov como tú esposa? Hubo un segundo de silencio que se volvió eterno. —Sí. Viktor no dijo nada más. Cuando el sacerdote anunció que el novio podía besar a la novia, Mila alzó apenas la vista. Viktor no se movió al inicio, solo asintió levemente al padre, como si el gesto fuera suficiente para cumplir con la formalidad. Sin embargo, un segundo después, y sin que ella pudiera anticiparlo, la tomó y la besó con una intensidad abrupta, casi violenta que, aunque parecía un reflejo de su furia por el reemplazo de la novia, estaba lejos de serlo. Aun así, el murmullo regresó ante aquella reacción y, al llegar a la recepción, el ambiente se volvió aún más extraño. Las copas sonaban entre sí y las conversaciones fluían con una naturalidad casi inquietante, como si los hombres de Viktor dieran por hecho que aquella boda había ocurrido exactamente como estaba planeada y bajo los intereses de su jefe. Mila permanecía a un lado de Viktor, consciente de cada mirada curiosa que se detenía sobre ellos. Pero él parecía ajeno. Hablaba con su tío Artem y con otros hombres sin incluirla, aunque sin soltarla. Cuando finalmente Mila logró zafarse un poco, se apartó con la excusa de ir al baño, agradecida por esa breve sensación de invisibilidad. Mientras los Morózov discutían asuntos ajenos a cualquier celebración, ella se quedó observando su reflejo en el espejo, recordando la primera vez que cruzó la puerta de la casa de su tío Roman, con apenas nueve años. —Agradece que te recibimos —le había dicho su tía aquella misma noche—. No es muy grato que hayas llegado, pero vamos a hacerlo por caridad. La caridad había significado dormir en la habitación más pequeña, usar la ropa vieja de Daria y escuchar, durante años, que debía comportarse porque ya estaban haciendo demasiado por ella. —No toques eso, no es tuyo. No hables en la mesa. No olvides quién te mantiene. Y cuando preguntaba por su padre, el hermano menor de Roman, siempre obtenía la misma respuesta. —No hagas más preguntas sobre tu padre. Bien sabes que está muerto. El recuerdo le calaba en el pecho pero se obligo a regresar a la recepción y justo antes de llegar de vuelta con Viktor un hombre choco levemente contra ella, las manos de viktor la sujetaron para que no cayera y Mila sintió como este dejos sus dedos apenas un segundo más de lo necesario para marcar territorio, lo que aceleró el corazón de Mila. —No te atrevas a avergonzarme —dijo él. Mila no entendió por qué tuvo la sensación de que aquella advertencia no estaba dirigida realmente a ella. Sabía que el comentario iba para su persona; después de todo, no podía haber sido para el hombre con el que había chocado momentos antes… ¿o sí? —Lo siento. — dijo Mila apartándose de Viktor. Él la soltó, interpretando su disculpa como una señal de que su contacto le incomodaba. Pero la tensión no desapareció, quedó suspendida entre ambos, intensificándose aún más cuando Roman apareció segundos después. —Nos despedimos —anunció aún nervioso, era obvio que le interesaba interceptar a Daria antes de que los hombres de Viktor lo hicieran—. La recepción está por terminar y supongo que irán a consumar el acto. Viktor asintió y, cuando todo terminó, se llevó a Mila a una de las habitaciones del hotel donde se celebró la boda. La recámara de la suite estaba en silencio cuando cerraron la puerta. Mila permaneció de pie, sin saber dónde colocar las manos. Viktor dejó la chaqueta de su traje sobre una silla. —No te vayas a atrever a fingir que esto es lo que querías —dijo él, sin mirarla. —No lo haré —respondió ella. Él soltó una risa amarga. —Tu prima cometió un error del que todos en tu familia van a arrepentirse. Mila sintió el peso de esa frase y aunque tenía miedo que Viktor la matara en plena noche de bodas se armó de valor y le dijo. —No fui yo quien huyó. Viktor se acercó entonces, y el aire pareció volverse más denso. —No —admitió—. Pero eres quien está aquí para pagar el precio. La miró de nuevo con intensidad. No había ternura en sus ojos, sino orgullo herido y un deseo que parecía mezclarse con rabia. La tomó por la cintura y la llevó hacia la cama con una decisión que no dejaba espacio para dudas. Mila sintió miedo… y algo más que no supo nombrar. —No me mires así —murmuró él, con la voz más baja que antes. —¿Así cómo? —Como si fuera el villano de tu historia —respondió, sosteniéndole la mirada apenas un instante antes de apartarla—. Vamos a hacer esto porque tenemos que hacerlo. Así que relájate. Cuando el vestido cayó al suelo, Mila entendió con más claridad que estando en el altar lo que iba a suceder. Nunca imaginó que terminaría allí, desnudándose para el hombre que, meses atrás, la había dejado sin aliento. Recordaba esa tarde, la primera vez que Viktor había ido a casa de sus tíos y ella lo observó desde la escalera. Le impresionó su presencia, la seguridad con la que dominaba la habitación, la manera en que todos bajaban la voz al escucharlo. Fue una atracción silenciosa e imposible. Él rápidamente se convirtió en el prometido de Daria, mientras que ella era solo la sobrina que vivía de la caridad de sus tíos. Jamás pensó que ocuparía el lugar de su prima. Ahora, frente a él, notó algo distinto. Sus ojos reflejaban un deseo oscuro que recorría su cuerpo desnudo sin prisa, con una lujuria que no intentaba ocultar más. No dijo nada, pero Mila comprendió que lo que Viktor veía en su desnudez le gustaba. Lo supo por el leve cambio en su expresión, por la respiración que se volvió más profunda. Ese reconocimiento la hizo estremecerse. Viktor se acercó entonces sin decir una palabra. Mientras se quitaba la ropa, no dejó de observarla con aquella intensidad que parecía atravesarla. La tenue luz de la habitación rozó su torso y dejó al descubierto las líneas oscuras de varios tatuajes que recorrían su piel, tinta que hablaba de poder y de un hombre acostumbrado a mandar sin pedir permiso. Mila sintió que el aliento se le escapaba por un instante y se obligó a mantener el rostro sereno, procurando que él no notara cuánto la impresionaba. Era, sencillamente, demasiado apuesto. Luego, Viktor se colocó sobre ella con seguridad, marcando el ritmo desde el principio. No fue brusco, pero tampoco delicado; en cada movimiento había deseo, mezclado con el eco de un orgullo herido que aún no terminaba de sanar. —Espera… —dijo Mila de pronto. No sabía cómo explicarlo, pero la forma en que la longitud de él presionaba contra ella le causaba dolor. Viktor se detuvo apenas un instante y le pregunto. —¿Eres virgen? Mila no logró responder. El silencio entre ambos se volvió denso, cargado de algo más que incertidumbre. Aun así, él no dudó, percibió la tensión en su cuerpo, esa resistencia inicial que no era rechazo, sino la evidencia de su inexperiencia y comprendió que incluso en el mundo corrupto y podrido en el que le había tocado reinar estaba reclamando para sí algo tan puro que nadie más había tocado en la mujer que ahora era su esposa.Así que la mantuvo quieta, evitando buscar su rostro, como si sostenerle la mirada pudiera restarle control a él. Sin embargo, la manera en que comenzó a moverse dentro de ella dejó de ser impaciente. Ya no era solo la necesidad de reclamar su cuerpo para consumar el acto, porque descubrir que Mila se había guardado hasta el matrimonio alteró algo en su interior. La forma dominante de sujetarla no desapareció, pero sus manos se volvieron más conscientes, más cuidadosas, sosteniéndola con una delicadeza que contrastaba con la intensidad inicial.
Y aunque Mila sabía que sus sentimientos no eran correspondidos y que ocupaba el lugar que le pertenecía a su prima, no pudo negar la verdad que comenzaba a arder bajo la piel de ambos. Lo que al inicio había sido pura tensión se transformó en placer, uno que incluso a ella la tomó por sorpresa y la hizo cuestionarse cómo algo nacido de una imposición podía sentirse tan real. Cuando todo terminó, después del tercer encuentro, Viktor se dejó caer exhausto sobre la cama. No dijo nada, pero cuando su respiración se volvió poco a poco regular, se quedó dormido. Mila permaneció despierta un rato, mirando el techo. No sabía si sentirse usada o elegida. Tal vez ambas cosas podían existir al mismo tiempo. El cansancio terminó por vencerla, pero en sus sueños Roman apareció frente a ella —Eres solo el reemplazo de Daria —dijo con una sonrisa extraña—. Pero no te acostumbres demasiado, porque voy a hacer que vuelva. Mila lo miró confundida. —¿A qué te refieres tío? —preguntó—. ¿Dónde está Daria?






