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Capítulo 6 - El inicio de algo… que no encajaba

Viktor tomó la mano de Mila y la ayudó a subir a la camilla con una seguridad que, lejos de tranquilizarla, solo le recordaba el lugar que ahora ocupaba a su lado. La luz blanca del consultorio se reflejaba en el anillo que él le había entregado la noche anterior dentro de aquella misteriosa caja, arrancando un destello frío que hacía que la joya, imponente y excesiva, pareciera más digna de una reina que de una novia de reemplazo que aún no terminaba de comprender cómo había llegado hasta ahí.

—Bueno… —dijo el Dr. Robert Hayes, sin apartar la vista del monitor mientras analizaba la imagen—, no hay duda, el retraso se debe a que Mila está embarazada.

El silencio no fue inmediato, pero cuando llegó lo hizo pesado, cargado de una tensión que Mila sintió en cada latido. Sus dedos se tensaron sobre la sábana mientras evitaba mirar a cualquiera de los dos, consciente de que bastaría un gesto mal interpretado para convertir algo insignificante en un problema real frente a Viktor, un hombre que no creía en explicaciones simples.

Lo suyo con Robert habían sido apenas unas citas en el instituto, encuentros breves que nunca llegaron a nada y que, con el tiempo, se volvieron tan irrelevantes que Mila no dudó en acudir a él años después, cuando ya era un ginecólogo reconocido, limitándose a verlo como lo que era, un médico.

Pero Viktor no era un hombre que ignorara el pasado ni mucho menos uno que reaccionara con calma. Y Mila lo sabía demasiado bien. Por eso no se atrevió a mencionarlo cuando por la mañana le dijo que llamara a su ginecóloga para que la revisara. Quería confirmar aquel mismo día si estaba embarazada o no.

—La señora Morózov, doctor… no Mila —corrigió Viktor con frialdad, y el peso de esa sola frase interrumpió sus pensamientos haciéndola volver de golpe al presente, tensando aún más el aire en el consultorio—. ¿De cuánto tiempo? — pregunto Viktor.

Robert volvió a fijar la vista en la pantalla, evitando cualquier contacto visual con Mila, como si cada movimiento estuviera medido con cuidado.

—Apenas comienza. Cinco semanas, quizá un poco menos.

Mila dirigió la mirada al monitor, y por un instante la emoción desplazó todo lo demás. No entendía del todo lo que estaba viendo, pero no había nada que deseara más que eso, la posibilidad de tener algo propio, una familia que cuidar junto al hombre que amaba en secreto.

—Entonces… —murmuró, todavía asimilándolo—, esto es real… estoy embarazada.

—Así es —respondió Robert con una breve sonrisa que no logró ocultar del todo—. Felicidades.

Pero aquella cercanía, por mínima que fuera, pareció rozar el límite de lo que Viktor estaba dispuesto a tolerar. Robert lo percibió al instante y se apresuró a anotar algunas recomendaciones antes de retirarse, dejándolos solos en un consultorio donde el silencio volvió a sentirse demasiado presente.

Ya en el coche, Mila habló por fin.

—Todavía no puedo creer que voy a tener un bebé. Me siento tan feliz.

—Nuestro bebé — dijo Viktor sin ocultar su satisfacción mientras subía el vidrio oscuro que los separaba del chofer y la atraía hacia él.

Con un movimiento firme pero cuidadoso, la sentó sobre sus piernas. Sus manos levantaron el vestido de Mila hasta la cintura antes de inclinarse hacia ella. Viktor apoyó la cabeza contra su vientre, permaneciendo así unos segundos en silencio.

—Nuestro bebé —repitió con una voz que no admitía contradicciones.

—Todavía no hay nada que sentir o escuchar ahí adentro —murmuró ella.

—No importa —respondió Viktor.

Sus manos se deslizaron por la cintura de Mila mientras volvía a atraerla hacia él. El movimiento fue natural, casi inevitable, como si la noticia que acababan de recibir los uniera aún más. Mila contuvo el aliento cuando lo sintió acercarla más, demasiado para lo que era prudente dentro de un coche.

—Cualquier momento es bueno para hacerle el amor a la madre de mi hijo.

La frase la dejó sin palabras. Viktor no era un hombre que hablara de amor, mucho menos de aquella forma. Sin embargo, la manera en que la sostuvo y la forma en que la atrajo contra su cuerpo hicieron imposible que Mila pensara en otra cosa.

El coche siguió avanzando mientras Viktor la mantenía sobre sus piernas. Sus manos se movieron con decisión por la cintura de Mila y ella entendió lo que iba a hacer incluso antes de que él lo dijera.

—Viktor… —susurró, aunque no lo detuvo.

Mila se elevó ligeramente para darle espacio. Él bajó el cierre de sus pantalones con un movimiento rápido y seguro, sin apartar la mirada de su rostro.

Cuando volvió a atraerla hacia sí, Mila sintió el instante preciso en que él la llenó. Un suspiro escapó de sus labios mientras sus manos se aferraban a sus hombros casi por instinto. Viktor la sostuvo con firmeza por las caderas, guiando el movimiento con una mezcla de control y cuidado que hizo que Mila olvidara por completo dónde estaban.

El coche continuaba avanzando por la ciudad mientras el silencio del interior se llenaba de respiraciones entrecortadas y del ritmo que ambos terminaron compartiendo.

Mila cerró los ojos cuando la sensación comenzó a crecer dentro de ella, aferrándose más a Viktor mientras él la mantenía cerca, como si no fuera a permitir que nada los separara en ese momento.

Cuando finalmente llegaron juntos al límite, Mila dejó escapar un suspiro tembloroso contra su cuello, mientras Viktor la sujetaba con fuerza contra él.

El coche se detuvo apenas unos segundos después.

—No vamos a volver con ese doctor —murmuró Viktor.

Mila dudó un instante. ¿Sospechaba algo? Negó para sí misma. Si Viktor supiera que durante el instituto había salido algunas veces con Robert, habría sacado su arma en el consultorio y lo habría matado ahí mismo.

—Pensé que era una doctora, no un doctor. No quiero a ningún otro hombre viéndote entre las piernas… ni siquiera si es un médico —continuó Viktor.

Mila no respondió de inmediato. Robert era el mejor ginecólogo de la ciudad, pero los hombres de la mafia detestaban a otros hombres cerca de sus mujeres, incluso cuando se trataba de médicos. Y si a eso le sumaba que ella había salido con él durante el instituto, podía terminar en una tragedia para Robert si Viktor llegaba a enterarse.

—Está bien —dijo al final, sin más.

Viktor le ayudó a acomodarse la ropa con calma cuando llegaron a su destino, mientras el chofer abría la puerta del coche desde afuera.

Solo entonces él esbozó una leve sonrisa, como si el hecho de que ella hubiera aceptado con tanta facilidad realmente lo complaciera.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Mila, frunciendo ligeramente el ceño mientras descendía del vehículo.

Habría jurado que esa tarde irían a la casa del tío de Viktor, pero había estado tan distraída en el coche, perdida en él, que no notó en qué momento el chofer los llevó hasta esa zona de la ciudad. La sorpresa la recorrió al ver el viejo edificio frente a ella, custodiado por hombres que, estaba segura, estaban armados.

—Vamos, acompáñame —le dijo Viktor, sin darle espacio a cuestionarlo.

Desde fuera, el viejo edificio ya imponía, pero al cruzar la puerta la sensación se volvió mucho más clara, casi inevitable.

El interior era sobrio, casi austero, con pasillos largos iluminados por una luz blanca que no dejaba espacio para las sombras, puertas cerradas a ambos lados sin ninguna señal que indicara qué había detrás, todo demasiado ordenado, demasiado controlado, incluso el silencio resultaba extraño, como si el propio lugar se encargara de mantenerlo intacto, de absorber cualquier sonido antes de que pudiera existir.

No era un sitio hecho para quedarse, sino para no salir sin permiso.

—Viktor, yo… no entiendo qué hacemos aquí —logro decir Mila, sintiendo cómo una incomodidad creciente comenzaba a instalarse en su pecho.

Él no respondió.

Se limitó a seguir avanzando, guiándola con esa seguridad que no dejaba lugar a dudas, como si cada paso ya hubiera sido decidido mucho antes de que ella siquiera supiera que vendrían.

Finalmente, se detuvieron frente a una puerta.

Cuando Viktor la abrió y Mila cruzó el umbral, todo dentro de ella se detuvo.

En el centro de la habitación, sometida y amordazada, estaba su prima.

—¡Daria! —la voz de Mila se quebró al verla, soltándose de Viktor sin pensarlo y corriendo hacia ella, cayendo de rodillas a su lado mientras sus manos temblaban al intentar liberarla. — Tranquila, estoy aquí, todo estará bien.

La mente de Mila no lograba seguir el ritmo de lo que estaba ocurriendo, porque la única explicación que encontraba era tan improbable.

¿Viktor la había llevado hasta su prima porque pensaba liberarla?

No tenía sentido que esto se diera tan fácil, no después de su negativa de perdonarla por dejarlo en el altar. Aun así, Mila se aferró a esa posibilidad mientras desataba las manos de su prima con torpeza.

—Tranquila todo va a estar bien —murmuró, inclinándose hacia ella para retirar la mordaza con cuidado.

Daria respiró con dificultad, apoyándose en Mila mientras intentaba incorporarse, y fue en ese movimiento, en ese instante tan breve, que Mila lo vio.

No fue inmediato, pero tampoco dejó espacio a la duda.

Su mirada descendió lentamente, deteniéndose en el vientre de su prima, más pronunciado de lo que debería, imposible de ignorar incluso bajo la tela de su ropa.

El aire pareció quedarse suspendido en sus pulmones.

Su mente intentó entenderlo, buscar una explicación que encajara con aquello, pero, nada era suficiente.

Y entonces, inevitable Mila se preguntó.

¿Era aquello el inicio de algo… que no encajaba? o la respuesta era tan simple como que ¿Estaba Daria embarazada de Viktor?

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