Aquella tarde, después de cederle su cita con la estilista a Daria, Mila se quedó dormida y al despertar, no sintió descanso, sino una tristeza densa que se le instaló en el pecho sin explicación, una sensación incómoda que decidió ignorar, convenciéndose de que algo tan simple como un pan dulce bastaría para distraerla, pero, justo cuando estaba por entrar a la cocina, la voz de su tío la obligó a detenerse.
—Sí… todo salió como se planeó —decía Roman, en voz baja, sin intentar ocultar la sati