Jhon Hunter, profesor de literatura en la escuela privada Winston inicia una relación prohibida con una de sus alumnas, Emmy Hudson. Ambos enfrentarán sus miedos, conocerán el cielo y vivirán su historia de amor en silencio, porque la clave para vencer será perseverar.
Leer másEsa tarde corrí por los pasillos del Instituto como si no hubiera un mañana, era comienzo de trimestre y no quería empezar mal, mucho menos ahora que habían rumores de cambios en el comité de profesores.
─Señorita Hudson, llegando tarde como siempre ─fue lo primero que comentó el profesor Harry cuando abrí la puerta del aula, sin embargo por ser la mejor de su clase me dedicó un sonrisa y prosiguió.
Los primeros minutos me concentré en estabilizar mi respiración, posteriormente miré a mi profesor que se despedía de nosotros.
─Muchachos, sé que tengo mas para darles pero me jubilarán, aparte el Instituto requiere de un docente en óptimas condiciones, sin achaques ni enredos. Estoy viejo y mi alzheimer lo dice. Me voy feliz sabiendo que les enseñé lo mejor de la materia.
Algunas chicas no aguantaron y fueron por un abrazo, otros comentaron por lo bajo su descontento con el reemplazo, y el resto aplaudió con animosidad para despedir al mejor profesor del plantel.
Cuando hubo terminado aquel melodrama las clases fueron fluyendo con normalidad.
Estaba en clase de biología con la profesora Reynolds cuando desde atrás me lanzaron una bolita de papel que decía:
Hoy luces hermosa
Att: Noah, tu fiel admirador.─ ¡Hey! ─me giré y saludé al chico de tatuajes agitando mi mano, era precioso, incluso dulce y caballeroso pero tenía un defecto: era mujeriego.
Me sonrió y luego me hizo seña de que le escribiera una nota y se la lanzara como él había hecho pero me negué entre risitas y luego me volví para seguir atendiendo la clase.
─Emmy, Noah te espera en la cafetería ─me susurró uno de sus compinches mientras guardaba todo en mi mochila puesto que las clases habían concluido.
Asentí amable.
─Hey, Emmy, ¿vas al karaoke con nosotras? ─inquirió una de mis compañeras.
─Lo siento muchachas, mi mamá invitó a su novio a cenar con nosotras.
─Lastima. Bueno ya será otro día ─se largaron insatisfechas.
Hasta entonces no tenía enemigas en el Instituto, todos me querían y no podía discernir si por ser popular o por trasmitir ternura.
Al llegar a la cafetería un grupito de chicas me atrapó para hacerme preguntas sobre el nuevo corte de cabello que me había hecho en verano, luego por el bolso que una de mis vanidosas tías me había traído de la capital y por último me invitaron a una pijamada la semana entrante.
Después de un rato conseguí llegar a la mesa de Noah, siempre estaba atestada de muchachos, unos amables y otros no tanto.
─Hey, linda, siéntate junto a mí ─me instó Noah.
─Oye, Noah, lo siento mucho pero hoy no puedo quedarme ─le expliqué por lo cual se levantó y me llevó a una zona apartada ─. Tengo una cena familiar, ¿te parece si hablamos mañana despues de clases?
─ ¿Qué tal si vamos juntos a la fiesta de Ryan?
Lo miré directamente a los ojos y sonreí sin ninguna clase de razón, veía tantas cosas bonitas en él pero todavía no llenaba mis expectativas, me sentía tan a medias con sus halagos que quedaba buscando más.
─ ¿Aceptas? ─acarició mi labio inferior y se detuvo cuando retrocedí incómoda ─. Emmy, no tenemos que ir rápido si no quieres, tengo todo el tiempo para esperarte.
No quería que me esperara. ¿Por qué alguien como Noah querría hacerlo teniendo medio instituto a sus pies?, era popular, simpático, vivía en uno de los mejores sectores de la ciudad, iba por el mundo presumiendo su auto rojo último modelo. ¿Por qué yo?
Me mordí el labio y me eché a caminar hacia la salida sin responder, sujeté fuerte mi mochila y apreté el paso cuando lo sentí venir tras mí.
─Emmy, ¿qué dije mal?, ¿qué te ocurre?
Las personas en los pasillos nos miraban pero a él parecía no importarle llamar la atención, a todas estas era un chico de autoestima alta y bastante influyente dentro de la comunidad, era lo mas cercano a un representante estudiantil.
─ Noah, te he dicho que voy deprisa ─me detuve en seco y él frenó.
─Pero te has ido como alma que lleva el diablo sin responder ─rebatió firmemente.
─Bueno, así soy y la verdad no creo que puedas con eso ─me encogí de hombros.
─Puedo.
─Si tú lo dices.
─ ¿Entonces mañana a las siete?
Sus brillantes ojos grises me acorralaron.
─Hecho ─le sonreí vencida ─. Procura ir presentable porque mi madre odia lo sencillo.
Él se burló y me guiñó un ojo, su sonrisa era blanquísima y para completar se le hacía un hoyuelo en la mejilla derecha.
El autobús me dejó en la parada de siempre, caminé relajada durante unos minutos hasta que la curiosidad pudo más y me detuve a observar la mudanza del nuevo inquilino.
─Emmy, ¿ya lo viste? ─me abordó la señora Theresa con su gata peluda.
─ ¿Ver a quién? ─seguí caminando hacia mi casa que quedaba justo detrás de donde hacían la mudanza, por decirlo así estaba a punto de compartir patio con el nuevo inquilino.
─Al nuevo vecino, es joven y guapísimo, creo que es canadiense.
─Oh, me alegro mucho por usted que ya fue a darle la bienvenida ─zanjé sarcástica.
Mi madre me enseñó que con la señora Theresa hablar de otros vecinos era meterse en chismes así que durante el camino procuré no decir nada más.
─Raquel ─saludé a mi madre quien ya se encontraba sorprendentemente arreglada.
─ ¿Cómo estuvieron las clases?
─Prometedoras ─me serví agua y luego me senté en la isla de la cocina.
─Oye, Bruno está apunto de llegar y no quiero que te vea vestida así, busca algo un poco más elegante.
─Lo haré ─me obligué a seguirle el juego.
Luego de un baño y varios retoques con maquillaje bajé a la mesa donde ya estaba Bruno vestido elegante hablando con mi madre.
─Emmy, te ves preciosa ─me dijo.
─Tu no luces nada mal ─fui amable.
Durante la cena ambos me refirieron como se conocieron, ya me sabía la historia de memoria pero no quería aguarles la velada así que volví a actuar entretenida.
Al momento de servir el postre no pude tragarme la duda y por fin pregunté sobre el nuevo inquilino de la mansión Roger.
─Mañana le prepararé una tarta de bienvenida, la señora Theresa vino muy temprano a echarme el chisme pero sabes que muy poco comento en su presencia ─dijo mamá.
─Claro ─seguí probando del postre ─, me ha dicho que es canadiense.
─Ya debió ir a darle la bienvenida, con lo metiche que es seguro hasta le sabe la cuenta bancaria ─sonreí con el comentario de Raquel.
Anteriormente en aquella casa vivía una familia pequeña, los Roger, constituida por un matrimonio, un joven como de mi edad y un perro. En verano se fueron y no dijeron razones. Solo vi un letrero de "se vende" en el jardín delantero, no puedo negar que me dolió porque Simón, como se llamaba el hijo de la pareja, había sido mi único amigo durante años hasta que me besó poco antes de vacaciones y su madre nos vio, desde entonces no supe más de él.
Para no pasarme de imprudente dejé de lado el tema y seguí disfrutando de la cena.
A la mañana siguiente volví a llegar tarde a la clase del profesor Harry y todo porque ya llevaba un año padeciendo de insomnio, para mi desgracia había alguien mas en su lugar dando la clase del martes, seguro el supuesto reemplazo del que tanto habló.
─Disculpe señorita, llega cinco minutos tarde a mi clase y no puedo dejarla entrar ─no sé qué me dió cuando el hombre alto de cabello oscuro azabache me plantó frente a todos en la puerta.
─Por favor, profesor, será la última vez que lo haga ─le supliqué pero el sujeto se negó.
Cuando me cerró la puerta en la cara el alma se me vino al piso y casi que me pongo a llorar de rabia, sin embargo no me despegué de ahí y desde afuera pude seguir la clase.
Pasado cinco minutos el sujeto miró a la puerta y al verme insistente caminó hacia mí con gesto duro.
─La dejaré pasar únicamente porque es mi primer día de clase. Espero no se repita.
Sonreí agradecida y de inmediato me ubiqué en mi asiento de siempre.
─Como les decía ─dijo en un timbre de voz ronco, aún más profundo que la de cualquier otro docente ─, estudiaremos la conformación de la lengua castellana, su origen y evolución a lo largo de la historia. A estas alturas del partido deben tener idea del tema, Harry me dijo que estaban expertos en literatura, yo vengo solo a retroalimentar los cursos pasados.
Todo lo que decía tenía coherencia y su léxico era perfecto, manejaba un tono moderado y miraba indeterminadamente al aula. Lo raro era su acento, era un acento que no podía adivinar.
Varias de las chicas que compartían salidas conmigo comentaban de la apariencia joven del nuevo profesor, solo hasta ese momento pude verlo como ellas lo veían, como un hombre apuesto, elegante, imponente y dentro de lo que cabe, amable. Desde luego mayor que nosotros pero no tanto como para igualarse al resto de maestros.
Centré mi atención en aquellos comentarios bajitos que hacían y me eché a reír con los descabellados pensamientos de mis compañeras sobre el profesor. Luego lo volví a detallar y me fijé en más cosas.
Tenía una estatura poco común entre los hombres que trataba, era bastante alto, vestía de camisa blanca remangada hasta los codos y pantalón azul oscuro, zapatos negros lustrados y usaba lentes para leer reseñas de alguno de sus libros.
Su cabello era lacio perfectamente engominado hacia atrás con una que otra hebra rebelde golgando en su frente, tenía los ojos de un color oscuro no precisamente marrón. Sus labios tenían un tono carnoso y su nariz era recta y puntiaguda.El hombre perfecto -pensé suspirando.
Una bola de papel aterrizó en mi pupitre sacándome de ensueño. Miré a mi lado y un chico llamado Louis me señaló a sus espaldas donde estaba Noah sonriente.
─Lee la nota ─me susurró.
Hunter es un imbécil, por favor a la próxima trata de no llegar tarde, así evitas su humor de m****a.
Hoy también luces hermosaAtt: tu admirador fiel.Sonreí y me volví para darle las gracias por el cumplido pero escuché la voz del profesor.
─Con usted, señorita ─me arrebató el papel de las manos y se detuvo a leerlo.
Palidecí, me volví rígida y sentí el corazón el los tímpanos.
Oh, madre mía.
─ ¿Por qué tu admirador fiel dice que soy un imbécil?
Mi labio inferior temblaba.
─ ¿Y por qué cree que tengo mal humor? ─levanté los ojos a su altura y compenetramos miradas ─, ¿me dirás quién es el puberto que te escribe cositas lindas?
Tragué saliva y no contesté.
Caminó de regreso con la nota hasta su pupitre, y frente a todos me exhibió.
─Todos son testigos de que la señorita impuntual se envía recados con su novio durante mi clase ─me miró ─, ¿acaso no conocen las redes sociales... ¿whatsapp, Messenger, I*******m?
─Profesor, déjeme explicar... ─intenté defenderme.
─No señorita, solo quiero que salga de mi clase y vuelva a la siguiente con mejor actitud.
─Perdone ─me salió como una suplica para que no me sacara pero no valió, luego miré a Noah y él hizo como si no fuera culpable de nada, entonces entendí mi idiotez y salí furiosa y triste.
Lo único bueno de los martes era que tenía clases de arte y teatro, y durante el tiempo que estuve fuera de clases aproveché para dibujar marañas en mi agenda. Mientras lo hacía el rostro del nuevo profesor apareció por mis pensamientos.
─Y pensar que lo seguiré viendo hasta fin de clases ─reñí para mí, tiré el boli sobre el dibujo y hastiada reposé mi espalda en el tronco de un roble que yacía en el jardín trasero del Instituto.
─ ¡Emmy! ─escuché la voz de Noah, venía a paso presto en mi dirección, con tal de no cruzar palabra con él agarré mis cosas y caminé lo mas rápido posible a la torre tres donde estaba la biblioteca. Entré y me camuflé entre los pasillos, pero Noah era un grano en el culo y a esas alturas me respiraba en la nuca. Lo traía tan pegado a mis talones que en un acto de desesperación corrí por uno de los pasillos y me escondí debajo de una mesa para lecturas.
Escuché que le preguntaba a unos chicos por mí.
─Es menuda, cabello rizado y rubio, se llama Emmy ─decía.
─Ah, Emmy ─uno me reconoció ─, la he visto ir por el pasillo siete.
Cuando escuché tal mentira me cubrí la boca para no reír a carcajadas.
─Puedes salir ─la nítida cara del profesor Hunter apareció debajo de la mesa, me sonrió con calidez y luego lo vi reafirmar su postura.
¡Lo que me faltaba!
Al salir de la mesa los chicos que estaban en la mesa me sonrieron divertidos y uno me avisó que Noah había salido de la biblioteca.
Respiré agitada.
─ ¿Es su novio? ─preguntó el profesor mientras detallaba la columna de libros, lo miré avergonzada y proferí con torpesa...
─No, no aún.
─Entonces hay esperanza para ese muchacho en un futuro.
─Oh, no ─aclaré medio enredada ─, he querido decir que no somos nada ni seremos, es un simple amigo.
─Bueno, los amigos como Noah no son de fiar.
Se me salió una risita.
─ ¿Por qué lo dice? ─seguí sus pisadas muy de cerca para conseguir dos cosas, descifrar su acento y oler su delicioso perfume.
Esa mañana me abrigó aquella sensación asfixiante de ansiedad. Miré por enésima ambos extremos de la calle, y pensé que tal vez el taxi en el que se transportaba mi padre pudo averiarse. Era medio día, se suponía que pasaría al campus por mí justo a esa hora.─ ¿Entonces vuelves a tu ciudad? ─preguntó Henry.─Será por un par de días ─respondí sin hacer mucho honor a la conversación. Observé reloj de pulso. Era casi la una.Para. Seguro el tráfico es un asco.─ ¿Irás por aquel sujeto?─Se llama John, y sí, iré por él ─repuse en un tono bastante chocante.─Claro, siempre por él ─repitió en voz alta.─Qué pesado eres, me recuerdas a un viejo amigo ─puse los ojos en blanco.─No soy pesado, intento crear charla con la chica más inteligente de la Facultad. Que por cierto, es mi única amiga desde que llegué pero no me acepta una salida a cine ─justificó.Escuché un claxon a media calle, y mi corazón revoloteó.─Ya es hora. Debo irme ─levanté mi pequeña mochila cargada de la ropa necesaria pa
Me sentí orgullosa de estar sentada en la quinta hilera de asientos frente al podio, con mi toga y birrete azul rey, luciendo realmente emocionada.Busqué con la mirada a mi padre, hasta encontrarlo al otro extremo de las gradas, portando una hermosa sonrisa. Nada me hizo sentir más segura que verlo, y verlo como todo hijo pretende ver a su padre, sonriendo orgulloso porque finalmente olía el triunfo de mis pisadas. Y sí, nada era tan perfecto en ese momento, me faltaba mi madre, a pesar de sus horribles palabras, yo seguía esperanzada en reestablecer mi relación con ella, aunque pareciera imposible.Por otro lado estaba John...─Emmy, ¿estás bien? ─pregunto una compañera a mi costado.─ ¿No se nota? ─sonreí y me limpié las mejillas.Escuché mi nombre. Ese fue mi momento más crucial, caminé segura hacia la tarima, pensando que debía guardar la calma y controlar los nervios. Hasta que sentí mi celular repicar, quise ignorarlo pero con la insistencia que se cargaban las notificaciones
Nunca me sentí tan fuera de lugar, como en ese momento en el que tuve que presenciar la escena de mi madre dándole indicaciones a su hijastra de cómo tenía que ubicar a las mujeres para la tirada del ramo.Me empiné la sexta copa de champaña con demasiado dolor agolpando mi pecho. Suavicé los gestos al notar de reojo que mi padre me observaba.─Ve con ellas, atrapa ese ramo ─me animó él, e impidió que fuera por una séptima copa ─. Anda con el resto. La champaña no se va a acabar para cuando regreses.─No tengo intención de ir ─giré sobre mis talones para no tener que seguir observando a mi madre siendo completamente indiferente conmigo, y amable con aquella chica. Metí una fresa recubierta de chocolate en mi boca, luego alcancé otra copa de champaña y la bebí sin respirar.Tras escapar de mi padre, fui al que era mi dormitorio. Giré el pomo y me encontré con una habitación casi que vacía y nueva, en las paredes no había espacio para un afiche más de los BTS; la que había sido mi cama,
Miré el reloj de mesa, con el pecho oprimido y la respiración entrecortada me senté sobre el edredón que recubría la cama de hotel. ─Apenas es media tarde.─pensé, cayendo en cuenta que acababa de sufrir una pesadilla. Tratando de estabilizarme, estiré los brazos y caminé hacia el balcón estrecho de la habitación. Honestamente, con los líos que traía no pude disfrutar mucho de la vista y el atardecer, solo tenía cabeza para rememorar la reunión de por la mañana y la conversación profunda con mi padre durante el almuerzo.Sonó el teléfono. Me mortificó no tener a papá cerca para que contestara en mi lugar.─ ¿Señorita Hudson? ─era la recepcionista.─Con ella, ¿qué se le ofrece? ─respondí.─Un hombre llamado John Hunter pregunta por usted, ¿qué le digo?Una familiar electricidad estremeció mi cuerpo.─Hágalo pasar ─colgué.Después de un par de minutos oí los golpes sobre la puerta.─Hola ─lo saludé, estuve mirándolo fijamente hasta que alguien más se apareció detrás suyo con una simpática
De un manotazo cerré mi casillero cuando el celular vibró insistente, entonces descolgué al ver el nombre de John en pantalla.─Estoy a punto de entrar a clase, tienes dos minutos ─susurré y miré a todas partes para percatarme de que nadie nos oyera.─Olvídate de la clase ahora mismo, Richard irá por ti a la escuela; en el camino te explicará todo ─informó.─ ¿Qué sucede? ─quise saber, mis manos sudorosas empezaron a humedecer el móvil y los libros que sostenía ─, ¿y me puede decir quién es Richard?─Richard, el único amigo que te he presentado. Cielo, no hay tiempo para responder preguntas, debes ir con él.─ ¿Estás bien?, ¿por qué no hay tiempo?─Perdóname, cielo. Perdón ─dijo y luego colgó. Me quedé aturdida a la mitad del pasillo, respiré profundo y volví a abrir mi casillero para devolver los libros a su sitio.Avancé a paso presto por los pasillos, con la incertidumbre clavándose en mi pecho, realmente asustada y con los pensamientos desbordados. Hasta que oí la voz del director
mi móvil vibró repetidas veces durante el recorrido hacia casa de Raquel, lo ignoré, tenía mayores cosas por las que preocuparme ahora, como por ejemplo, pensar en decirle a mi madre lo arrepentida que estaba de mi decisión, y explicarle por qué conducía sin licencia.─ ¿Qué haces aquí? ─despotricó Raquel al verme.─Perdón ─susurré con un nudo en la garganta. Fue cuestión de segundos para que me tirara la puerta en la cara, dejándome completamente petrificada y dolida ─. ¡Mamá, perdóname, por favor!Lloré muy fuerte. Adentro parecía desencadenarse un pleito entre Bruno y Raquel, oí sus gritos y alegatos, casi todos en mi contra, puestos sobre la mesa por mi propia madre.Me deslicé sobre la pared y me senté en posición fetal sobre el piso de madera, hecha un mar de lágrimas, devastada, creyendo en que ese sería mi final. Después de unos minutos escuchando los mismos gritos como música de fondo, escuché venir pasos en manada hacia la puerta.─ ¡Es todo lo que queda de ti en esta casa!,
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