Mundo de ficçãoIniciar sessãoElena Vance es una mujer de lógica y estructuras, pero su mundo se desmorona cuando la galería de arte que representa queda al borde de la quiebra. En un intento desesperado por salvar el legado familiar, viaja a una recóndita isla privada en Grecia para tasar una colección de antigüedades. Lo que no espera es encontrarse con una atracción que no entiende de límites ni de territorios. Bajo la luna plateada del mar Jónico, Elena conoce a Dimitrios Korpis, un heredero de ojos claros y presencia letal que parece encarnar cada una de sus prohibiciones. Entre ellos nace una química que lo quema todo, llevándolos a compartir una noche de pasión absoluta donde las fronteras se borran y las palabras sobran. Convencida de que lo ocurrido en la isla debe quedarse en el pasado, Elena huye al amanecer sin dejar rastro. Sin embargo, el destino tiene otros planes. Al regresar a la ciudad, Elena descubre que el hombre que la sostuvo entre sus brazos es el mismo magnate que ha comprado su deuda y ahora posee su futuro profesional. Dimitrios no ha cruzado el océano solo por negocios; ha venido a reclamar a la mujer que se atrevió a desaparecer de su cama. Ahora, atrapada en un vínculo secreto entre mundos distintos, Elena deberá decidir si sigue huyendo o se rinde ante el hombre que ha jurado perseguirla hasta que ella admita que su pasión no tiene traducción.
Ler maisEl brillo de la pantalla del celular es lo único que ilumina el rostro de Elena en la penumbra de la terraza. Lee el mensaje una, dos, diez veces. Las palabras no cambian, pero el dolor sí se intensifica.
«Elena, me enteré de lo de la galería. No puedo seguir en este barco si se va a hundir. No me busques. Suerte con tus deudas. — Robert».
Elena lanza el teléfono sobre la mesa de madera con un golpe seco. Siente que el aire de Grecia, ese que debería oler a libertad y vacaciones, ahora solo sabe a cenizas. No solo se queda sin el negocio que su padre construyó con tanto esfuerzo; ahora también se queda sin el hombre que juraba amarla en las buenas y en las malas.
—Dime que ese idiota no te mandó lo que creo que te mandó —dice Sofía, su mejor amiga, apareciendo con dos copas de ouzo.
—Me dejó por mensaje, Sofi. Porque no quiere "hundirse" conmigo —responde Elena con una risa amarga que suena más a un quiebre—. Y todo gracias al imbécil de Dimitrios Korpis. El gran magnate ni siquiera tuvo la decencia de verme a la cara. Me canceló por correo. "No estoy interesado en nuevas inversiones". Maldito arrogante.
Elena aprieta los puños. Odia a Korpis con cada fibra de su ser. Por su culpa, ha pasado una semana en Grecia rogando por una audiencia que nunca llegó, y ahora regresará a Nueva York solo para firmar los papeles de la quiebra.
—Escúchame bien —Sofía se inclina hacia ella, ignorando el drama—. Mañana vuelves a la realidad. Mañana vuelves a liquidar cuadros y a pelear con abogados. Pero hoy, esta es tu última noche en el paraíso. Y no la vas a pasar llorando por un cobarde como Robert ni odiando a un fantasma como Korpis.
Elena niega con la cabeza, pero Sofía le toma las manos.
—Necesitas un monumento griego, Elena. Alguien que te haga olvidar hasta tu nombre. Alguien para que, cuando Robert vea tus redes mañana, entienda que el que se perdió de todo fue él. Arréglate. Vamos a salir.
A pocos kilómetros de ahí, en una mansión que domina los acantilados, el ambiente es igual de tenso, pero por razones distintas. Dimitrios Korpis observa el horizonte negro desde su balcón, sosteniendo un vaso de cristal con whisky puro.
—¿Vas a quedarte aquí a convertirte en piedra o vas a salir de este mausoleo? —pregunta Theo, su mejor amigo, entrando sin llamar.
—No tengo humor para tus juegos, Theo —responde Dimitrios sin girarse. Su voz es gélida, el tono de un hombre que ha aprendido a cerrar el corazón con llave.
—Llevas meses en este celibato absurdo. Ya pasó, Dimitrios. Ella te engañó, te traicionó de la peor forma posible y ya no está en tu vida. No dejes que su sombra te dicte qué hacer.
Dimitrios aprieta el vaso con tanta fuerza que sus nudillos se vuelven blancos. La traición de su ex aún quema en sus venas, una herida abierta que lo ha vuelto más implacable y desconfiado que nunca. No quiere saber nada de mujeres, ni de promesas, ni de "química". Para él, todo es una transacción.
—Solo una copa —insiste Theo, cruzándose de brazos—. Hay un club nuevo en la costa. Dicen que está lleno de extranjeras que no saben quién eres. Sin contratos, sin fotos, sin complicaciones. Solo tú, el alcohol y alguien que no te pida el anillo de compromiso en la segunda frase.
Dimitrios suspira. La idea de quedarse solo con sus pensamientos le resulta más agotadora que aguantar a Theo en un bar.
—Solo una copa —cede Dimitrios, dejando el vaso vacío sobre la barandilla—. Pero si alguien se me acerca con un plan de negocios o una propuesta de matrimonio, le disparo.
El club nocturno está a reventar. El olor a perfume caro, mar y sudor crea una atmósfera cargada de electricidad. Elena, vestida con un vestido de seda azul que se ajusta a sus curvas como una segunda piel, se siente fuera de lugar hasta que el tercer trago empieza a hacer efecto.
—Mira allá —susurra Sofía al oído de Elena, señalando hacia la zona VIP—. El tipo de la camisa blanca. El que parece que podría comprar el edificio si quisiera.
Elena sigue la mirada de su amiga. Entre la multitud, un hombre destaca. Es alto, de hombros anchos y tiene una expresión de aburrimiento absoluto que resulta extrañamente atractiva. Sus ojos son claros, gélidos, y parecen analizar todo con un desprecio soberano.
—Es perfecto —dice Elena, sintiendo una mezcla de rabia y deseo—. Tiene la misma cara de idiota arrogante que imagino que tiene Korpis.
—Entonces ve y quítale esa cara —la empuja Sofía con una sonrisa cómplice—. Hazlo por Robert. Hazlo por la galería. Hazlo por ti.
Elena endereza la espalda. No sabe quién es ese hombre, pero sabe que representa todo lo que ella odia y, al mismo tiempo, todo lo que necesita para quemar su pasado. Camina hacia él, abriéndose paso entre la gente, sintiendo cómo la adrenalina reemplaza al miedo.
Dimitrios la ve venir desde lejos. Está acostumbrado a que las mujeres se le acerquen, pero hay algo en la forma en que esta mujer camina —con una mezcla de desesperación y desafío— que lo obliga a no apartar la vista. Ella no se acerca con timidez; se detiene frente a él, invadiendo su espacio, y lo mira directamente a los ojos.
—Parece que odias estar aquí tanto como yo —dice Elena, su voz apenas un susurro por encima de la música.
Dimitrios arquea una ceja. Su mirada baja por el escote de su vestido y vuelve a subir a sus ojos castaños, que brillan con una furia contenida que le resulta fascinante.
—Odio muchas cosas —responde él, y su acento hace que Elena sienta un escalofrío—. Pero ahora mismo, tú no eres una de ellas.
Elena sonríe, una sonrisa que no llega a sus ojos, pero que es suficiente para sellar su destino.
—Entonces sácame de aquí —le ordena ella—. Antes de que me arrepienta de ser impulsiva.
Dimitrios no lo piensa. Deja su copa sobre la mesa, toma a Elena de la mano y la guía hacia la salida. En ese momento, ninguno de los dos sabe que esa "exótica tentación" es el inicio de una guerra que no han visto venir. Ella quiere olvidar al novio que la dejó en la quiebra; él quiere olvidar a la mujer que le rompió el alma.
El aire dentro de la bóveda de seguridad se volvió repentinamente irrespirable, cargado con una tensión que parecía tener peso propio. Dimitrios Korpis, un hombre cuya existencia se regía por el orden, el cálculo y el control absoluto, sintió cómo todos sus mecanismos de defensa se desmoronaban ante la desafiante mirada de Elena Vance. Ella no le temía, o si lo hacía, su orgullo era una armadura tan impenetrable que ocultaba cada rastro de terror tras una máscara de rabia pura. Esa rebeldía, lejos de apagar el fuego en su interior, lo alimentaba, convirtiendo cada segundo en un duelo de voluntades donde el magnate griego estaba dispuesto a llegar a las últimas consecuencias. Cuando Dimitrios la estampó contra la estantería de metal, el sonido del choque fue el preludio de una tormenta que no tendría piedad.—¿Te aburriste, Elena? —gruñó Dimitrios, su voz convertida en un susurro grave, rudo y carente de cualquier atisbo de formalidad corporativa—. Vamos a ver si el aburrimiento persis
El eco de sus respiraciones agitadas rebotaba contra las paredes de acero de la bóveda, mezclándose con el zumbido eléctrico de los focos halógenos. La tensión en el reducido espacio ya no era solo una cuestión de negocios, deudas o venganza; se había transmutado en una bestia viva, oscura y asfixiante que amenazaba con devorarlos a ambos. Dimitrios Korpis seguía acorralándola, con las manos apoyadas a cada lado de su cabeza contra la estantería, encerrándola en una jaula formada por su imponente anatomía y el inconfundible aroma a sándalo y puro poder masculino.Elena Vance tenía el pecho subiendo y bajando de forma errática bajo la fina tela color crema de su blusa. Estaba exhausta, cubierta por una fina capa de polvo y sudor tras horas de trabajo extenuante, pero la furia que le ardía en la sangre la mantenía extrañamente lúcida. Se negaba a ser la víctima en ese juego retorcido. Se negaba a bajar la mirada ante esos
El aire en la bóveda de seguridad huele a polvo acumulado, barniz viejo y a un encierro asfixiante. Elena Vance siente que los brazos le pesan como plomo después de haber arrastrado la cuarta caja de esculturas de bronce hacia la mesa de catalogación. El sudor le perla la frente y su traje sastre, antes impecable, ahora tiene marcas de suciedad en las mangas. Ha estado trabajando sin descanso bajo la luz amarillenta de los focos halógenos, documentando cada pieza de arte con una meticulosidad ridícula, exigida por el hombre que ahora bloquea la única salida de la habitación.Dimitrios Korpis no se ha movido del umbral en los últimos veinte minutos. Apoyado contra el marco de acero con una elegancia perezosa y la chaqueta del traje desabrochada, observa cada uno de sus movimientos con la precisión de un halcón evaluando a su presa. Disfruta viéndola t
La acusación golpea a Dimitrios con la violencia física de un latigazo. El magnate da un paso al frente, invadiendo el espacio personal de su amigo con una presencia tan imponente y oscura que el oxígeno de la pequeña oficina parece evaporarse de golpe. La furia que ha estado reprimiendo desde aquella mañana vacía en Skorpis estalla finalmente en su pecho, despojándolo por completo de su impenetrable máscara de hielo corporativo. —Cuida tus palabras conmigo —advierte Dimitrios, con un tono bajo, gutural, que destila una amenaza pura y sin refinar—. No confundas mi paciencia de hoy con debilidad. Lo que esa mujer hizo en la isla no fue un simple rechazo de una noche de copas. Nadie en este maldito mundo me usa como un juguete desechable para aliviar sus propias frustraciones. Nadie me deja tirado en la oscuridad de una habitación como si mi presencia no valiera más que una puta prenda de encaje arrojada sobre la almohada. The
Último capítulo