Capítulo 2: El Sabor de la Fuga

La luz del sol de la mañana se filtra por los grandes ventanales de la villa, bañando la habitación en tonos dorados. Elena abre los ojos lentamente, sintiendo el peso de un cansancio delicioso en sus músculos. Gira la cabeza y, por un segundo, se queda sin aliento. A su lado, el "monumento griego" sigue sumergido en un sueño profundo. Su pecho bronceado sube y baja con ritmo pausado y un mechón de cabello oscuro le cae sobre la frente, suavizando esa expresión de arrogancia que lo acompañaba en el bar.

Elena sonríe. No puede evitarlo. La noche ha sido más que intensa; ha sido un terremoto que ha borrado, aunque sea por unas horas, el dolor del mensaje de Robert y el fracaso de la galería. Se queda observándolo un momento más, grabando en su memoria la imagen de ese hombre que la hizo sentir viva cuando pensaba que ya no le quedaba nada. Pero la realidad no espera. El vuelo a Nueva York sale en pocas horas y ella tiene un destino que enfrentar: una liquidación, un exnovio cobarde y una vida que reconstruir desde las cenizas.

Se levanta de la cama con movimientos felinos, tratando de no hacer ruido. Ve su vestido azul tirado en el suelo, pero sus ojos se desvían hacia la camisa de lino blanco de Dimitrios, que cuelga de una silla. Un impulso repentino la domina. Se pone su vestido, pero en lugar de buscar su propia ropa interior, toma la camisa de él. Huele a mar, a sándalo y a un lujo que ella ya no puede permitirse. Con una chispa de picardía, deja sus pantaletas de encaje negro sobre la almohada de Dimitrios, justo donde él pueda verlas al despertar. Un pequeño recordatorio, un "gracias por todo" silencioso y caótico.

Sale de la villa sin mirar atrás, sintiendo que el sol de Grecia le da la despedida.

—¡Elena Vance! ¡Si no me das detalles ahora mismo, voy a gritar en medio del avión! —Sofía se ajusta el cinturón de seguridad y mira a su amiga con una mezcla de envidia y adoración.

Elena se acomoda en el asiento de clase turista, sintiéndose extrañamente en paz a pesar de que viaja hacia el desastre financiero. El motor del avión empieza a rugir.

—Fue... perfecto, Sofi —dice Elena, mirando por la ventanilla cómo la costa griega se vuelve pequeña—. Fue justo lo que necesitaba. Sin nombres, sin pasado, sin promesas. Solo dos extraños quemando la noche.

—Pero, ¿era tan bueno como parecía? Porque desde lejos se veía como un dios del Olimpo —insiste Sofía, bajando la voz.

—Mejor. Robert era un niño jugando a ser hombre al lado de él —Elena suspira, recordando la presión de las manos de Dimitrios sobre su cintura—. Pero ya está. Fue un desahogo. Un adiós a mi vida en Nueva York tal como la conocía. Cuando aterricemos, tengo que enfrentar que Robert me dejó por un mensaje de texto debido a la quiebra de la galería. Tengo que enfrentar que el imbécil de Dimitrios Korpis me hundió con un simple correo. Ese griego del bar fue mi último acto de rebeldía antes de empezar de cero.

Sofía la mira con respeto. —Bueno, al menos te vas con una sonrisa de oreja a oreja. Ese hombre nunca sabrá que salvó la cordura de la mejor curadora de Nueva York.

En la villa, el silencio se rompe cuando Dimitrios estira el brazo, buscando instintivamente el calor de un cuerpo que ya no está. Su mano solo encuentra sábanas frías. Abre los ojos de golpe, frunciendo el ceño. No es normal. Él no suele compartir su cama toda la noche; normalmente es él quien se levanta primero o pide que se retiren, pero esta vez, se quedó dormido con ella en sus brazos.

Se sienta en la cama, sintiendo una punzada de molestia que se convierte rápidamente en furia. Está solo. La habitación está vacía.

—¿Elena? —llama, pero solo el eco de las olas le responde.

Se levanta, caminando hacia el baño, pensando que tal vez se está duchando. Nada. Regresa a la cama y sus ojos se clavan en la almohada. Ahí, burlonas y negras, están las pantaletas de encaje que le quitó con tanta urgencia apenas unas horas antes. Su mandíbula se tensa. La mujer no solo se ha ido sin decir nada, sino que lo ha dejado ahí como si él fuera un entretenimiento pasajero.

Busca su camisa para vestirse, pero no la encuentra. Mira por toda la habitación hasta que la verdad lo golpea: se ha llevado su ropa y le ha dejado su ropa interior como un pago o un trofeo. El orgullo de Dimitrios Korpis, el hombre que ha sido traicionado por una ex que lo engañó con su propio medio hermano, estalla en mil pedazos.

Toma su teléfono y marca un número con furia.

—Theo, despierta —gruñe Dimitrios en cuanto su amigo contesta—. Te necesito en mi oficina en una hora.

—¿Qué pasó? ¿La noche no fue tan buena como esperabas? —la voz de Theo suena divertida, aún adormilada.

—Esa mujer se fue, Theo. Me dejó tirado en la cama como si fuera una puta barata que se levanta en cualquier bar —la voz de Dimitrios es puro veneno—. Y no solo eso, me robó. Se llevó mi camisa y me dejó sus malditas pantaletas en la almohada.

Theo suelta una carcajada al otro lado de la línea. —¿Te dejaron, Dimitrios? ¿A ti? Eso es nuevo.

—No te rías, imbécil. Quiero que investigues todo. Usa las cámaras del club, habla con los empleados, quiero su nombre, su pasaporte, su dirección. Absolutamente todo. Nadie se burla de mí de esta manera. Ella cree que esto fue una noche de una sola vez, pero me va a conocer de verdad. Nadie me deja tirado así.

Dimitrios cuelga el teléfono y aprieta el encaje negro entre sus dedos. La noche fue placentera, sí. Fue la primera vez en meses que olvidó la traición que lo amargaba. Esperaba despertar con ella, repetir la dosis y tal vez, solo tal vez, permitirle quedarse un poco más. Pero ella lo ha tratado como un objeto.

Mientras Elena vuela hacia una vida de deudas y liquidaciones, Dimitrios Korpis empieza una cacería. Lo que ella no sabe es que el hombre del bar y el inversor que odia son la misma persona, y él no tiene ninguna intención de dejar que su "exótica tentación" se escape tan fácilmente.

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