El callejón trasero de El Purgatorio apestaba a humedad, a ladrillo viejo y a la inmundicia típica de los rincones olvidados de Manhattan. La ráfaga de viento helado que los golpeó al salir por la puerta de emergencia fue un contraste violento con el calor sofocante y teñido de rojo del reservado VIP. Dimitrios Korpis exhaló profundamente, dejando que el aire gélido de la madrugada le enfriara la piel ardiente del cuello y le despejara la neblina de feromonas y mezcal que le había satura