El aire dentro de la bóveda de seguridad se volvió repentinamente irrespirable, cargado con una tensión que parecía tener peso propio. Dimitrios Korpis, un hombre cuya existencia se regía por el orden, el cálculo y el control absoluto, sintió cómo todos sus mecanismos de defensa se desmoronaban ante la desafiante mirada de Elena Vance. Ella no le temía, o si lo hacía, su orgullo era una armadura tan impenetrable que ocultaba cada rastro de terror tras una máscara de rabia pura. Esa rebeldía, lejos de apagar el fuego en su interior, lo alimentaba, convirtiendo cada segundo en un duelo de voluntades donde el magnate griego estaba dispuesto a llegar a las últimas consecuencias. Cuando Dimitrios la estampó contra la estantería de metal, el sonido del choque fue el preludio de una tormenta que no tendría piedad.—¿Te aburriste, Elena? —gruñó Dimitrios, su voz convertida en un susurro grave, rudo y carente de cualquier atisbo de formalidad corporativa—. Vamos a ver si el aburrimiento persis
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