Capítulo 5: El Peso de las Apariencias

La mañana en el ático amanece con un cielo plomizo que amenaza con descargar una tormenta sobre el distrito artístico de Manhattan. Elena Vance observa el panorama desde el ventanal mientras sostiene una taza de café que ya se ha enfriado, sintiendo el cansancio acumulado de una noche en la que el sueño fue un lujo inalcanzable. No puede quitarse de la cabeza la farsa de la tarde anterior, ni la humillación de saber que su salvador financiero es el mismo hombre que la sedujo en Skorpis y que, antes de eso, la había rechazado con un frío correo electrónico corporativo. Al mismo tiempo, a unas cuantas calles de allí, en la suite presidencial de un hotel de lujo, Dimitrios Korpis se abrocha los botones de su camisa de seda oscura con una calma gélida. Theo entra en la estancia revisando unos documentos en su tableta, pero Dimitrios apenas le presta atención; su mente está fija en el juego de poder que ha iniciado en la galería. El magnate griego no ha dormido pensando en la huida de Elena, y el recuerdo de la seda negra que guarda en el bolsillo de su saco es el motor que lo impulsa a empezar el día con una exigencia implacable.

Para Elena, el trayecto hacia la galería se convierte en una cuenta regresiva. Intenta convencerse de que puede manejar la situación, de que todo se reducirá a un trato estrictamente profesional entre un inversor y una curadora. Sin embargo, cuando cruza la puerta principal del edificio, se encuentra con un ambiente que dista mucho de la calma habitual. Los restauradores, los asistentes y los artistas locales que colaboran con la galería ya están alineados en la sala principal, moviéndose con un nerviosismo evidente bajo la mirada escrutadora de Dimitrios, quien ha llegado antes que nadie acompañado por Theo. La calidez que Elena solía imprimir en el lugar ha sido desterrada, reemplazada por la atmósfera cortante y gélida que el consorcio Korpis arrastra consigo.

Dimitrios no pierde el tiempo en saludos de cortesía ni en introducciones amables. Se sitúa en el centro del espacio, con un traje gris impecable que acentúa la rigidez de su postura, y observa al personal como si evaluara los activos de una empresa en quiebra. Su voz, profunda y desprovista de cualquier rastro de la suavidad que Elena escuchó bajo la luna de Skorpis, corta el aire de la sala con una autoridad que no admite réplicas.

—A partir de hoy, las operaciones de este lugar cambian por completo —anuncia Dimitrios, paseando la mirada sobre los rostros tensos de los empleados—. Korpis International no financia pasatiempos ni proyectos basados en el sentimentalismo. Quiero una auditoría total de lo que pisamos. Señorita Vance, asumo que tiene el registro físico listo. Quiero el inventario completo, pieza por pieza, en mi escritorio antes de que termine el día.

Elena da un paso al frente, apretando los puños dentro de los bolsillos de su chaqueta para ocultar el temblor de sus dedos. La frialdad de Dimitrios es una provocación directa, un recordatorio de que en este búnker de mármol y óleo ella ya no dicta las reglas.

—El inventario está digitalizado y actualizado, señor Korpis —responde ella, manteniendo la voz lo más firme y profesional posible—. No es necesario hacer una revisión física exhaustiva cuando los sistemas ya cuentan con las fichas técnicas y los avales correspondientes.

Dimitrios esboza una sonrisa perversa, una línea fina y peligrosa que no llega a sus ojos claros. Se acerca a ella, deteniéndose a la distancia justa para que el resto del personal no note la hostilidad íntima que los divide, pero lo suficientemente cerca para que ella perciba el calor de su presencia.

—Los sistemas digitales se pueden alterar, señorita Vance, y yo prefiero confiar en lo que puedo tocar y verificar con mis propios ojos —murmura él, con un descaro que le revuelve el estómago a Elena—. Además, quiero asegurarme de que la curadora de este establecimiento conoce el valor real de lo que custodia, o si también tiene la costumbre de abandonar sus responsabilidades a mitad de la noche.

La indirecta la golpea como un latigazo. Elena clava sus ojos castaños en la mirada gélida del griego, sosteniendo el desafío en medio del silencio sepulcral que ha caído sobre la galería. Sabe lo que él está haciendo: Dimitrios disfruta viéndola sufrir, disfruta sometiéndola a una carga de trabajo extenuante para quebrar su orgullo y demostrarle quién es el dueño del juego. Es una auténtica friega laboral, una exigencia desmedida que la obliga a pasar las siguientes horas arrastrando pesados catálogos, verificando los números de serie de las esculturas del sótano y revisando los marcos de los óleos bajo la supervisión directa del magnate.

Dimitrios la sigue como un halcón. No interviene físicamente, pero se sienta en el escritorio principal de la oficina, observando cada uno de sus movimientos mientras ella se des loma catalogando las piezas del ala este. Es implacable y meticuloso; rechaza tres veces los informes de tasación argumentando que las descripciones son demasiado vagas o que los márgenes de depreciación no están bien calculados. Elena, exhausta y con los músculos tensos por el esfuerzo, se niega a pedir un descanso. Su orgullo es lo único que le queda, y no piensa darle el placer de verla rogar.

—Ese relieve de bronce no va a cambiar de peso por más que lo mires con furia, Elena —dice él desde su posición, usando su nombre de pila por primera vez en el día, con un tono ronco que la hace ponerse en guardia.

—Estoy haciendo el trabajo que solicitó, señor Korpis —replica ella sin volverse, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Si sus estándares son tan elevados, debería haber traído a su propio equipo de Atenas en lugar de perder el tiempo evaluando mis capacidades.

Dimitrios se levanta de la silla y camina hacia la bóveda de seguridad donde ella está clasificando las piezas de arte precolombino. El espacio es estrecho, iluminado apenas por un par de focos halógenos que aumentan la temperatura del lugar. Elena siente que el aire desaparece cuando la imponente figura del griego bloquea la única salida de la habitación.

—Mi equipo de Atenas sabe cómo seguir órdenes sin cuestionar mis métodos —dice él, acorralándola sutilmente contra la estantería de metal—. Pero contigo es diferente. Me interesa ver cuánto estás dispuesta a sacrificar para sostener el legado de tu padre. Me interesa ver si esa firmeza que muestras ahora es real, o si solo es otra máscara profesional que se cae en cuanto la presión aumenta.

Elena respira hondo, obligándose a sostenerle la mirada a pesar de que el corazón le martillea con fuerza contra las costillas. La cercanía del hombre, el aroma a sándalo que inunda el espacio cerrado y el recuerdo de la intensidad con la que la reclamó en Skorpis amenazan con destruir su fachada de hielo.

—No tengo nada que demostrarle, señor Korpis. Cumpliré con el contrato porque es mi deber salvar esta galería —sentencia ella, clavando la barbilla en alto—. Pero no confunda mi necesidad de salvar el negocio de mi familia con una sumisión hacia usted. Lo que pasó en Grecia fue un paréntesis. Aquí, solo somos un inversor y una empleada.

Dimitrios suelta una carcajada amarga, una vibración baja que reverbera en el espacio estrecho de la bóveda. Se inclina un poco más, reduciendo la distancia entre sus rostros a unos escasos centímetros, permitiendo que sus ojos claros escaneen cada facción del rostro cansado de la curadora.

—Una empleada que se viste con mi ropa y me deja recuerdos de encaje en la almohada no es una empleada común, Elena —le susurra al oído, provocándole un escalofrío que la obliga a apretar los dientes—. Puedes llamarlo paréntesis, puedes llamarlo error, pero ambos sabemos que cada vez que me miras en esta oficina, estás recordando cómo temblabas entre mis brazos. Esta auditoría no terminará hasta que yo decida que la deuda está saldada. Y créeme, apenas estamos empezando a revisar las cuentas pendientes.

Antes de que Elena pueda responder al ataque, el sonido de unos pasos aproximándose por el pasillo exterior los obliga a recuperar la distancia. Theo asoma la cabeza por la puerta de la bóveda, sosteniendo unos papeles de aduana que requieren la firma urgente del socio mayoritario. Dimitrios se ajusta la chaqueta del traje con una compostura perfecta, recuperando la máscara de frialdad corporativa en un parpadeo, y sale de la habitación sin mirar atrás, dejando a Elena sola en la penumbra. Ella apoya la espalda contra la estantería fría, exhalando el aire que había estado conteniendo, consciente de que la rutina diaria en la galería se ha convertido en un campo de minas donde su cordura y su orgullo están en constante peligro de estallar.

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