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Capítulo 4: La Trampa de Mármol y Seda

El eco de sus propios tacones sobre el pavimento de Manhattan suena como una sentencia de muerte. Elena Vance camina hacia la Galería Vance, su refugio, el lugar donde las historias de los lienzos siempre habían sido más amables que la realidad. Pero hoy, el aire de Nueva York se siente pesado, cargado de una humedad que se pega a su piel y una ansiedad que le oprime el pecho. Apenas ha dormido; las ojeras, que ha intentado ocultar con capas de corrector, son el mapa de una noche de dudas y la sombra de un hombre que no sale de su cabeza.

Está nerviosa. Sus manos tiemblan ligeramente mientras sostiene el maletín con los planes de reestructuración. Sabe que esta es la última oportunidad. Si el inversor anónimo se retira, no habrá más prórrogas. La casa de sus padres y el trabajo de toda una vida se desvanecerán. Al llegar a la puerta de cristal, se detiene un segundo para recuperar el aliento. Ajusta su traje sastre color crema y se obliga a proyectar una seguridad que no siente.

Cuando empuja la puerta, el olor a barniz y a polvo antiguo la recibe, pero hay algo más. Un perfume que reconoce de inmediato. Un aroma a sándalo, mar y poder absoluto. El corazón le da un vuelco tan violento que siente un mareo momentáneo.

En el centro de la sala principal, bajo la luz de los focos que iluminan una de las obras favoritas de su padre, hay un grupo de personas. Sus padres, que lucen radiantes y aliviados, están conversando con dos hombres. Uno de ellos es joven, rubio y sonriente, vestido con un traje moderno. Pero es el otro el que detiene el tiempo.

Es él. El monumento griego del bar. El hombre que la sostuvo en sus brazos en Skorpis. El hombre cuya camisa todavía guarda en su ático como un trofeo de guerra y una prueba de su propia debilidad.

Dimitrios Korpis está de espaldas, observando un óleo del siglo XIX, pero en cuanto Elena entra, se gira con una lentitud calculada. Su presencia es devastadora. En lugar del lino relajado de la playa, lleva un traje a medida de color azul medianoche que grita opulencia y control. Sus ojos claros, ahora gélidos y afilados como cuchillas, se clavan en los de ella.

—¡Elena! Hija, por fin llegas —exclama su padre, rompiendo el silencio gélido que solo ella parece percibir—. Ven, queremos presentarte a las personas que han obrado el milagro.

Elena camina como un autómata. El suelo parece moverse bajo sus pies. Su mente es un caos de indignación y miedo. La rabia empieza a hervir en su sangre cuando une las piezas del rompecabezas. Este hombre no es solo el extraño con el que compartió una noche de pasión; es el mismo Dimitrios Korpis que rechazó sus correos, el que ni siquiera tuvo la decencia de recibirla en su oficina de Atenas, el que la humilló con un "no estoy interesado".

—Señorita Vance, un placer —dice el hombre rubio, adelantándose con una sonrisa amable—. Soy Theo, representante legal y socio de Korpis International. Y él —señala con un gesto elegante— es el señor Dimitrios Korpis.

Dimitrios da un paso al frente, invadiendo el espacio personal de Elena. La mira con una perversidad contenida, una chispa de triunfo bailando en sus pupilas claras. Con un descaro que la deja sin palabras, extiende su mano derecha hacia ella.

—Mucho gusto, señorita Vance —dice Dimitrios. Su voz es profunda, suave y cargada de un cinismo que solo ella puede detectar—. Había oído hablar mucho de su... talento para las antigüedades. Es un honor conocerla finalmente.

Elena siente que la sangre se le sube al rostro. Él está fingiendo. Está actuando como si jamás la hubiera visto, como si esa noche entre sábanas de seda y promesas mudas nunca hubiera ocurrido. La audacia del hombre la enfurece, pero sabe que no puede estallar frente a sus padres, quienes la miran con una esperanza casi infantil.

—El gusto es mío, señor Korpis —responde Elena, devolviendo el apretón de manos con una fuerza que intenta comunicar todo el odio que siente en ese momento—. Aunque debo admitir que me sorprende su repentino cambio de opinión. Entendí que mi galería no cumplía con sus estándares de inversión.

—La gente cambia de opinión, Elena —interviene su padre, ajeno a la electricidad estática entre ellos—. El señor Korpis ha sido extremadamente generoso. No solo compró la deuda total, sino que ha inyectado capital para renovar todo el ala este.

Dimitrios no aparta la vista de ella. Su sonrisa es una línea fina y peligrosa.

—A veces, uno necesita ver las cosas de cerca para apreciar su verdadero valor —comenta Dimitrios, y el doble sentido de sus palabras golpea a Elena como una bofetada—. Mi socio y yo estamos aquí para asegurar que nuestra nueva adquisición sea tratada con el cuidado que merece.

La reunión se traslada a la oficina privada de la galería. Elena intenta concentrarse en los documentos que Theo despliega sobre la mesa, pero la presencia de Dimitrios es una distracción insoportable. Él no mira los gráficos de rentabilidad. No le interesan los catálogos de los próximos remates. Se dedica a observar la oficina, a tocar los marcos de los cuadros con sus dedos largos y a mirar a Elena como un depredador observa a su presa acorralada.

Elena se esfuerza por mantener la máscara profesional. Habla de proyecciones, de contactos con coleccionistas en Europa y de la importancia de mantener la curaduría independiente. Sin embargo, cada vez que ella menciona la palabra "independencia", Dimitrios suelta una risa seca que la hace temblar de ira.

—Me temo que la independencia es un lujo que la Galería Vance ya no puede permitirse, señorita —interrumpe Dimitrios, sentándose en la silla principal de la oficina, la que pertenecía a su padre—. Ahora que soy el socio mayoritario, las decisiones estratégicas pasarán por mis manos. Todo. Desde los cuadros que se exponen hasta el personal que los cuida.

—Eso no fue lo que discutimos en los borradores iniciales —replica Elena, apretando los dientes—. Esta galería tiene un nombre y una historia.

—Y ahora tiene un dueño —sentencia él, inclinándose hacia delante—. Alguien que sabe exactamente lo que sucede cuando las cosas se dejan sin supervisión.

Theo carraspea, intentando suavizar la tensión que amenaza con incendiar la habitación.

—Lo que Dimitrios quiere decir es que queremos involucrarnos personalmente en el relanzamiento. Él estará en Nueva York por unos meses y supervisará las operaciones diariamente.

¿Diariamente? Elena siente que el aire se le escapa. Tenerlo ahí, recordándole cada segundo su mayor error, era una tortura diseñada con precisión quirúrgica. Ella se da cuenta de que a Dimitrios no le importa el arte. No le importa si la galería gana o pierde dinero. Está allí por una sola razón: hacerla pagar. Pagará por haber huido, por haberle robado su camisa, por haberlo dejado como una "puta barata" —como él mismo pensó— en aquella cama de Skorpis.

Al terminar la reunión, los padres de Elena se despiden de los inversores con agradecimientos efusivos. Su madre incluso llega a sugerir una cena de celebración, algo que Elena corta de inmediato con una excusa sobre el inventario pendiente.

Cuando Theo y sus padres salen de la oficina, Elena finalmente se queda a solas con Dimitrios. El silencio que cae entre ellos es pesado, asfixiante. Ella se cruza de brazos, tratando de recuperar algo de su dignidad.

—¿Qué es lo que quieres, Dimitrios? —pregunta ella, dejando de lado las formalidades—. Ya tienes la galería. Ya tienes mis deudas. ¿Por qué este teatro frente a mi familia?

Dimitrios se levanta con una elegancia perezosa y camina hacia ella. Se detiene a pocos centímetros, obligándola a inclinar la cabeza para mirarlo.

—Teatro es lo que tú hiciste en la isla, Elena —susurra él, y su voz le provoca un escalofrío que no puede controlar—. Huir como una ladrona en la noche... eso fue una actuación digna de un Oscar. Pero aquí, en el mundo real, las cuentas se pagan.

—Fue solo una noche —dice ella con la voz temblorosa, intentando mantener la firmeza—. Un error de vacaciones. Supéralo.

Dimitrios esboza una sonrisa carente de toda gracia. Lleva lentamente una mano al bolsillo interior de su saco azul y, sin apartar la mirada de la de ella, saca un trozo de tela negra y sutil. Son las pantaletas de encaje que Elena había dejado en la almohada.

—Creo que olvidaste esto en mi habitación —murmura Dimitrios, acercando la seda negra al rostro de ella.

Elena siente que el corazón se le detiene. El color sube violentamente a sus mejillas al ver la prenda, una prueba innegable de la rendición absoluta que vivió en sus brazos. Abre la boca para replicar, para insultarlo, pero antes de que pueda pronunciar una sílaba, la puerta de la oficina comienza a abrirse.

—Elena, cariño, olvidé mi bolso en... —la voz de su padre entra en la habitación antes que él.

En un movimiento relámpago, la mano de Dimitrios desaparece en el interior de su chaqueta, guardando la prenda con una fluidez asombrosa. Cuando el padre de Elena entra, el magnate griego se está ajustando el nudo de la corbata con absoluta compostura.

—Todo en orden, señor Vance —dice Dimitrios con tono afable—. Solo estaba discutiendo los horarios de trabajo con su hija.

—Excelente, excelente —responde el hombre, tomando el bolso del sillón y dándole una palmada amistosa en el hombro al griego antes de girarse hacia Elena—. No te demores mucho, hija. Recuerda que el señor Korpis es nuestro salvador. Sin él, estaríamos en la calle.

Elena asiente mecánicamente. El señor Vance sale, cerrando la puerta tras de sí.

Dimitrios le dedica una última mirada, una en la que la promesa de tormento se mezcla con un deseo oscuro y retorcido.

—Nos vemos mañana a primera hora, señorita Vance —dice, caminando hacia la salida—. Tenemos mucho "trabajo" pendiente. Y no tolero que mi personal llegue tarde.

Cuando la puerta se cierra, Elena se desploma en su silla. Siente que ha caído en una red de seda de la que no hay escapatoria. Su salvador es, en realidad, su verdugo, y la cacería apenas ha comenzado en el corazón de Manhattan.

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