Mundo ficciónIniciar sesiónDimitrios Korpis golpea rítmicamente la superficie de su escritorio de cristal con un bolígrafo de oro. El sonido es seco, constante, casi como una cuenta regresiva. Frente a él, Theo deja caer una carpeta de cuero negro con un golpe sordo. El silencio en la oficina es denso, solo roto por el suave zumbido del aire acondicionado.
—Aquí tienes lo que pediste —dice Theo, cruzándose de brazos—. Tu misteriosa ladrona de camisas tiene nombre y apellido.
Dimitrios abre la carpeta con una lentitud deliberada. Sus ojos recorren la fotografía grapada en la esquina superior. Es ella. Elena Vance. Pero no es la mujer del vestido azul y la mirada salvaje que lo desafió en el club. En la foto del pasaporte, lleva el cabello recogido y una expresión de seriedad profesional que le resulta casi cómica después de lo que compartieron.
Sus ojos bajan a los datos biográficos y, de repente, se detiene. Una risa corta y carente de humor escapa de su garganta.
—¿Qué es tan gracioso? —pregunta Theo, arqueando una ceja.
—Esta mujer... Elena Vance —Dimitrios lanza la carpeta sobre el escritorio—. Es la misma que me envió tres correos desesperados el mes pasado. La curadora de la Galería Vance en Nueva York.
Theo parpadea, procesando la información. —No me digas que es la inversión que rechazaste sin siquiera mirar los balances.
—La misma. —Dimitrios se reclina en su silla, entrelazando los dedos—. Vino a Grecia a rogarme por dinero, la rechacé por puro desinterés corporativo, y esa misma noche termina en mi cama, huye al amanecer con mi camisa y me deja sus pantaletas como propina. Es una ironía deliciosa.
Dimitrios se levanta y camina hacia el ventanal. La ironía se transforma rápidamente en algo más oscuro: una sed de control que nunca ha podido dominar. Elena no solo lo dejó tirado; lo buscó para salvar su pellejo y luego lo usó para un desahogo de una noche. Su ego, herido por traiciones pasadas, no puede permitir que ella se salga con la suya.
—Theo, quiero que te pongas en contacto con nuestros abogados en Nueva York de inmediato —ordena Dimitrios, su voz ahora es puro acero—. No quiero que ella sepa que soy yo. Usa la empresa pantalla que creamos para las adquisiciones en Manhattan. Quiero que compres cada centavo de su deuda. Compra los préstamos bancarios, las hipotecas de su familia, absolutamente todo. Y hazlo hoy mismo.
Theo asiente, aunque hay una sombra de duda en su rostro. —¿Quieres salvar su galería?
—No, Theo. Quiero poseerla —Dimitrios se gira, y sus ojos claros brillan con una frialdad implacable—. Quiero que, cuando se dé cuenta de quién es su salvador, entienda que ahora me pertenece. A ella y a todo lo que ama. Nadie me deja botado como si fuera un juguete.
Mientras tanto, en Nueva York, el aire frío y húmedo golpea el rostro de Elena en cuanto sale del aeropuerto JFK. El contraste con el calor de Skorpis es brutal, un recordatorio físico de que las vacaciones han terminado. Sofía se despide de ella con un abrazo rápido, prometiendo llamarla más tarde, pero Elena apenas puede concentrarse. Su teléfono no ha dejado de vibrar con notificaciones de su banco y llamadas perdidas de su padre.
Toma un taxi directo a la casa de sus padres en Queens. Debería ir a su ático cerca del distrito artístico, pero sabe que las noticias importantes —las malas noticias— se dan en familia.
Al entrar, el ambiente es fúnebre. Su madre está en la cocina, con los ojos rojos, y su padre, un hombre que siempre fue el pilar de su fuerza, parece haber envejecido diez años en una semana.
—Elena, hija... qué bueno que volviste —dice él, abrazándola con una debilidad que la asusta.
—Papá, ¿qué pasa? ¿Tan mal están las cosas con el banco?
—Es peor de lo que pensábamos. El aviso de ejecución llegó ayer. Quieren la galería, pero también esta casa. Todo lo que construimos, Elena. Todo se va.
Elena se sienta en el sofá, sintiendo que el peso del mundo la aplasta. Piensa en el hombre del bar, y por un segundo desearía volver a estar en esa villa, donde su único problema era cómo escaparse antes de que él despertara. Pero aquí, la realidad no tiene piedad.
Para colmo, al encender la televisión en el canal de noticias locales, el rostro de Robert aparece en una sección de sociedad. "Robert Sterling, el joven magnate de las finanzas, anuncia su compromiso formal con Isabella Ricci, heredera de la cadena Ricci Jewels".
Elena aprieta los dientes hasta que le duele la mandíbula. Robert no perdió el tiempo. No solo la dejó por un mensaje de texto cuando supo que su galería se hundía; se ha asegurado de aliarse con una mujer que tiene el capital que a ella le falta. Es una traición doble que le quema en el estómago.
—Ese cobarde... —susurra Elena, apagando la pantalla.
La cena transcurre en un silencio tenso, solo interrumpido por el sonido de los cubiertos contra la porcelana. Elena intenta pensar en soluciones, en nuevos inversores, pero sabe que ha agotado todas sus opciones en Europa. El rechazo de Korpis fue el clavo final en el ataúd.
Sin embargo, a mitad de la noche, el teléfono de su padre suena. Él se levanta para contestar en el estudio y, cuando regresa diez minutos después, su rostro ha cambiado por completo. Hay un brillo de esperanza, o quizás de asombro, en sus ojos.
—Elena... no vas a creerlo —dice su padre, con la voz temblorosa—. Me acaban de llamar del bufete de abogados que representa a los acreedores. Alguien compró nuestra deuda.
—¿Qué? ¿Quién? —Elena se levanta de un salto.
—No lo sé. Se mantienen bajo el anonimato a través de una firma de inversiones de Nueva York. Pero han detenido la ejecución. La casa está a salvo. La galería... está a salvo.
Elena siente que puede respirar por primera vez en días. Es un milagro. Alguien ha visto el valor de su colección, de su trabajo.
—¿Y ahora qué? —pregunta ella, con el corazón latiéndole con fuerza.
—El representante del inversor dijo que mañana a primera hora debemos reunirnos con él en la galería. Quieren hablar de los pasos a seguir para ponerla a flote de nuevo. Dicen que el inversor principal está viajando personalmente para supervisar su "nueva adquisición".
Esa noche, Elena vuelve a su ático, pero el sueño se le escapa. Se queda mirando el techo, dando vueltas en la cama de seda. Está nerviosa, una ansiedad eléctrica recorre sus venas. Sabe que tiene que dar una buena impresión. Esta es su única oportunidad de recuperar su vida, de demostrarle a Robert que no necesita su dinero y de salvar el honor de su padre.
Se levanta a las tres de la mañana para revisar su armario. Elige un traje sastre de color crema, elegante y profesional, pero con un corte que acentúa su figura. Quiere verse impecable, poderosa. Mientras prepara su carpeta con los catálogos y los planes de expansión, su mente vuela inevitablemente hacia el hombre de Grecia.
"Si tan solo el inversor fuera la mitad de apasionado que él", piensa con una sonrisa amarga. Pero rápidamente sacude la cabeza. Lo que pasó en Grecia fue un error necesario para sobrevivir emocionalmente, pero ahora debe ser la mujer de negocios que su familia necesita.
Lo que Elena no sabe es que, a esa misma hora, un jet privado cruza el Atlántico. En el interior, Dimitrios Korpis observa las luces de Nueva York desde las nubes mientras Theo revisa los documentos finales de la compra.
—Todo listo, Dimitrios —dice Theo—. Eres el dueño legal de la Galería Vance y de todas las propiedades ligadas a ella.
Dimitrios esboza una sonrisa depredadora. Bebe un sorbo de su whisky y mira su reloj. Faltan pocas horas para el encuentro.
—Mañana será un gran día —dice Dimitrios en voz baja—. Elena Vance cree que ha encontrado un salvador. No tiene idea de que acaba de entrar en la jaula de un hombre que no sabe perdonar.
Dimitrios cierra los ojos por un momento, imaginando la expresión de Elena cuando lo vea entrar por las puertas de su galería. La perseguirá, sí, pero no con flores. La perseguirá con el peso de su poder hasta que ella admita que no puede huir de él, ni en el bar de un club, ni en las calles de Manhattan. La guerra apenas comienza.







