Mundo ficciónIniciar sesiónLuciana, una joven vibrante y libre, carga en silencio el peso de un amor perdido que aún le quema el alma. Convencida de que entregarse de nuevo al amor significa renunciar a su esencia indomable, ha construido un refugio en su independencia, donde los sentimientos no dictan su rumbo. Pero el destino, siempre impredecible, la cruza con Gabriel, un hombre cuya intensidad y ternura despiertan en ella ecos de lo que juró no volver a sentir. Entre noches de conversaciones infinitas y roces que desafían su resistencia, Luciana se debate entre el deseo de dejarse llevar y el miedo a perderse en un compromiso que podría atarla. Gabriel, con su mezcla de paciencia y audacia, no le facilita las cosas: cada encuentro desarma un poco más sus muros, haciéndola cuestionar si la libertad que tanto protege es en realidad un exilio autoimpuesto. En esta novela contemporánea, apasionante y evocadora, Donde el corazón duda explora el delicado equilibrio entre el amor y la autonomía, tejiendo una historia profunda sobre las cicatrices que nos moldean, las conexiones que nos transforman y el coraje de amar sin garantías. ¿Podrá Luciana reconciliar su anhelo de libertad con la llamada ineludible del corazón, o huirá una vez más de lo que podría salvarla?
Leer másNo pude dejarlo ir. Cuando Gabriel salió de mi habitación, el vacío que dejó fue como un puñal en el pecho. Corrí tras él, mi corazón gritando que no podía perderlo. Al llegar a su lado, me envolvió en sus brazos, y lo besé, derritiéndome en su calor. Gabriel es mi mundo, el amor de mi vida, y la sola idea de su ausencia me arrancaba un pedazo del alma. Nunca imaginé que perseguiría a un hombre, pero él tiene algo que me desarma, algo que me hace perder la razón. Ahora, entre sus brazos, siento que estoy exactamente donde debo estar. Solo Dios sabe cuánto significa esto.—¿Tienes hambre? —pregunta, acariciando mi espalda con una ternura que me estremece.—Tal vez un poco —respondo, mi voz suave, casi perdida en su pecho.—Volveré pronto, voy a traerle algo de comer a mi princesa —dice, y aunque odio perder su contacto, su sonrisa me tranquiliza.Pasamos tres horas en mi cuarto, devorando pizza, viendo películas y riendo como si el mundo fuera nuestro. Su presencia es un refugio, un lu
La furia me quema las entrañas, un fuego que Luciana encendió y dejó ardiendo. Hice lo correcto al dejarla ir, pero ahora estoy atrapado en un torbellino de deseo y frustración, demasiado irracional para quedarme en la habitación dando vueltas como idiota. Necesito un trago, algo que apague este calor que me consume. Regreso al bar, el aire denso de música norteña y risas golpeándome los sentidos. A lo lejos, Beatriz coquetea con un tipo que parece sacado de un rodeo: sombrero vaquero, pantalones rasgados y una camisa dorada con gallos peleando en la espalda. Ella se acomoda el cabello junto a la rocola, riendo con cada palabra del vaquero. Cuando él hace un ademán para sacarla a bailar, actúo sin pensar. Cruzo el bar como un rayo, tomo su muñeca y la arrastro hacia la calle.—¿A dónde vamos? —pregunta Beatriz, su risita ebria traicionando las copas de más.—A coger —respondo, insolente, mi voz cargada de un desafío que no siento del todo.—Ya era hora de que te decidieras —murmura, s
Tras tres horas de carretera, Cuatrociénegas se alza ante nosotras como un espejismo polvoriento. Nos instalamos en el Hotel Plaza, frente a la plazoleta del pueblo, un edificio modesto pero limpio, con un letrero neón que parpadea como un latido cansado. Después de una cena rápida, Constanza y Karla caen rendidas, sus respiraciones suaves llenando la habitación. Yo, como siempre, estoy atrapada en la vigilia, dando vueltas en la cama, golpeando la almohada en un intento inútil de apagar mi mente. Los recuerdos del día anterior —el hotel mugriento, la anciana y su profecía— se cuelan como sombras, alejándome del sueño. El reloj marca la una de la madrugada cuando mis ojos, cansados de buscar la nada, captan un destello plateado. La luna, brillante y descarada, atraviesa las cortinas, bañando la habitación en un resplandor frío.Entonces, algo se mueve. Una sombra se desliza lentamente, interrumpiendo la luz lunar. Parpadeo, enfocando la vista. Es una figura femenina, con pechos promin
El día ha sido un desastre, y el cielo gris, cargado de nubes que amenazan con romperse, parece burlarse de mi estado de ánimo. Prometí a mis amigos una aventura épica en Cuatrociénegas, pero aquí estoy, atrapado en un bar polvoriento, aburrido hasta los huesos, mientras Adolfo y los demás se pierden en risas y tragos con un grupo de extranjeras que vinieron a emborracharse y buscar sexo. Mi orgullo está herido, pero lo que realmente me quema es la ausencia de Luciana. Ni una llamada, ni un maldito mensaje explicando por qué se esfumó. Mi corazón da tumbos, como si estuviera al borde de un precipicio, y lo odio. Si fuera una mujer en pleno periodo, seguro estaría llorando con alguna balada de Luis Miguel, dejando que el ritmo lento me ablande el alma. Pero soy Gabriel Garza y Garza, y aquí estoy, solo, con un nudo en el pecho y una cerveza tibia en la mano.La noche es fría, interminable, y el silencio del pueblo me asfixia. Espero, contra toda lógica, que Luciana aparezca al amanecer
Último capítulo