Mundo ficciónIniciar sesiónUna noche de lluvia y una decisión desesperada cambiaron la vida de Alessia para siempre. Al salvar a un extraño moribundo en un callejón, no sabía que estaba rescatando al hombre más peligroso del país: Killian Cavallaro. Pero la gratitud de la "Bestia" fue oscura; bajo el efecto de un potente afrodisíaco, él la tomó y luego desapareció, dejando tras de sí un rastro de dolor y un secreto de ojos dorados. Cinco años después, el destino los vuelve a cruzar en un club nocturno. Alessia, huyendo de una deuda familiar, se refugia en los brazos del hombre que juró olvidar. Killian no la reconoce, pero su instinto reclama lo que una vez fue suyo. Cuando la verdad sale a la luz y Killian descubre la existencia de la pequeña Daniela, el juego cambia. Ya no se trata solo de deseo, sino de herencia
Leer másEl frío del suelo de cemento fue lo primero que se filtró en sus huesos, una caricia gélida que la sacó de la negrura inducida por la droga. Le dolía la cabeza; cada latido era un martillazo tras sus ojos avellana.
Al intentar incorporarse, el mareo la obligó a apoyar las palmas en la superficie áspera.
¿Dónde estaba? Lo último que recordaba era a su hermano, aquel que compartía su apellido pero no su sangre, ofreciéndole una copa con una sonrisa que ahora, en retrospectiva, le pareció una mueca de hiena. “Me vendió”, pensó con un nudo de bilis en la garganta.
Sus padres adoptivos apenas llevaban seis meses bajo tierra y sus hermanos ya habían desmantelado su vida, expulsándola de la familia como si fuera un error que finalmente podían borrar. Pero esto era otro nivel de crueldad.
—Despierta, mercancía —una voz ronca la sobresaltó. Un hombre robusto la observaba desde la puerta de aquel camerino lúgubre.
Le explicó, con una indiferencia que le heló la sangre, que estaba en "El Abismo" y que su subasta comenzaría pronto.
La obligó a ponerse un vestido de encaje que apenas cubría su piel de porcelana, un uniforme diseñado para ser arrancado. El miedo se transformó en una adrenalina eléctrica.
No iba a quedarse allí esperando a ser propiedad de un monstruo. En un descuido del guardia, aprovechando el ruido de la música que retumbaba en las paredes, salió corriendo.
El lugar era un laberinto de pasillos oscuros y risas macabras. Sus pies descalzos golpeaban el suelo mientras escuchaba los gritos de sus perseguidores detrás de ella.
Dobló en una esquina y vio una puerta pesada, distinta a las demás. Entró sin pensar, buscando refugio, y el mundo pareció detenerse. En un sillón de cuero, rodeado de sombras y escoltado por hombres armados, estaba él. No sabía su nombre, pero su presencia llenaba la habitación con un aura de poder y pecado.
Tenía el cabello rubio ceniza y unos ojos de un dorado ámbar que parecían quemar lo que miraban. Fumaba con una parsimonia aterradora, observándola como si ella fuera una anomalía interesante en su reino.
Los perseguidores irrumpieron en la sala VIP, pero se frenaron en seco al ver quién ocupaba el lugar. Ella, atrapada entre los hombres que querían subastarla y el depredador frente a ella, tomó la decisión más arriesgada de su vida. Se abalanzó sobre el hombre del sillón y lo besó.
“Las muestras de afecto incomodan, nadie mira a una pareja besándose por mucho tiempo”, se dijo mentalmente mientras buscaba refugio en los labios de aquel extraño. Él no se movió. No la apartó. Simplemente la rodeó con una mirada gélida mientras sus manos permanecían inmóviles, dejando que ella marcara un inicio explosivo que cambiaría el destino de ambos para siempre. El desconocido no se tensó; su cuerpo era una pieza de granito bajo el delicado encaje de ella.
El sabor a tabaco caro y un peligro latente inundaron los sentidos de la joven mientras lo besaba con desesperación, ocultando su rostro de los hombres que acababan de irrumpir.
—¡Buscamos a una chica! Se escapó de... —la voz de uno de los guardias se extinguió en un susurro cargado de pavor al reconocer la habitación donde habían entrado.
Los guardaespaldas del hombre del sillón dieron un paso al frente, sus manos sobre las fundas de sus armas. El silencio en la sala VIP era tan denso que ella podía escuchar su propio corazón golpeando contra sus costillas.
Ella no se apartó, mantuvo sus labios sobre los de él, rezando para que la oscuridad y la posición la protegieran. Lentamente, el hombre rubio con una calma que erizaba la piel, levantó una mano y, sin dejar de mirar a la chica que lo asaltaba, hizo un gesto casi imperceptible hacia la puerta.
—Fuera —ordenó una voz profunda, gélida, que no admitía réplica. Los perseguidores, aterrados por haber interrumpido la paz de semejante figura, retrocedieron tropezando entre ellos. No se atrevieron a mirar dos veces.
La chica que buscaban no podía ser la que estaba sobre el regazo del hombre más peligroso de la ciudad. Salieron a toda prisa, cerrando la puerta tras de ellos.
Ella soltó un suspiro tembloroso y comenzó a separarse, pero una mano enguantada o firme se cerró sobre su nuca, impidiéndole alejarse. Los ojos dorados, como ámbar fundido, la clavaron en el sitio. —Me has usado como escudo
—murmuró él, y por primera vez, una chispa de curiosidad oscura cruzó su mirada—. Nadie me toca sin mi permiso. Y ahora, pequeña intrusa, me perteneces.
S.P Rivers
"Al final, la Bestia no necesitaba ser domada, solo necesitaba a alguien que no temiera quemarse en su infierno."
El silencio que siguió a las palabras de Alessia fue tan denso que parecía poder cortarse con un cuchillo. En el umbral de la habitación, oculto por las sombras del pasillo, Killian contenía la respiración. Sus manos, expertas en manejar armas y decidir el destino de hombres poderosos, estaban extrañamente rígidas. Esperaba un grito, una risa o quizás que la pequeña corriera hacia él. Pero el mundo de la mafia no lo había preparado para la honestidad brutal de un niño.Daniela dejó caer el juguete que sostenía. Sus ojos dorados, tan idénticos a los del hombre que la observaba en secreto, se fijaron en Alessia con una confusión que rápidamente se transformó en una barrera invisible.—¿Mi papá? —repitió la niña con voz pequeña—. Pero mami... nosotros no tenemos un papá. Solo somos tú y yo. Siempre hemos sido tú y yo.Alessia sintió una punzada de dolor en el pecho. Apretó las manos de su hija, tratando de transmitirle una seguridad que ella misma no poseía.—Lo sé, mi amor. Pero él estu
El ambiente en la mansión era tenso. Un médico privado, de absoluta confianza de la familia Cavallaro, ya esperaba en una de las salas privadas para realizar la extracción de sangre. Alessia caminaba de un lado a otro, con los nervios a flor de piel. Le dolía el alma tener que someter a su pequeña a esto, pero sabía que no tenía escapatoria.Cuando llegó el momento, Alessia sentó a Daniela en su regazo, abrazándola con fuerza.—Cariño, el doctor solo va a darte un pequeño pinchacito, como la picadura de un mosquito. Tienes que ser muy valiente, ¿sí?Killian observaba desde la esquina de la habitación, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Sus ojos no se apartaban de la niña. Cuando la aguja penetró la suave piel de Daniela, Alessia cerró los ojos, esperando un llanto desgarrador. Sin embargo, el silencio llenó la sala. Daniela ni siquiera parpadeó; se mantuvo quieta, observando el proceso con una serenidad que helaba la sangre.Killian sintió un vuelco en el pecho. “Es igua
El sol de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de seda, pero no traía calidez a la suite principal de la mansión Cavallaro. Alessia no había pegado ojo; se había quedado sentada en el borde de la cama, vigilando el sueño de Daniela como si el simple acto de parpadear pudiera hacer que la niña desapareciera.Un golpe seco en la puerta la sobresaltó. No esperaron a que ella respondiera. Killian entró, ya vestido con un traje negro a medida que acentuaba su figura imponente. Sus ojos dorados recorrieron la habitación hasta posarse en Alessia. Se veía cansada, despeinada, pero con una mirada de acero que lo fascinaba y lo irritaba a partes iguales.—Daniela sigue durmiendo —dijo él, su voz era un murmullo bajo que vibró en el aire—. Ven conmigo. Ahora.—No voy a dejarla sola —replicó ella, poniéndose de pie con actitud defensiva.Killian se acercó con pasos lentos, como un depredador acorralando a su presa. La tomó del mentón, obligándola a sostenerle la mirada. Sus dedos estaba
El trayecto hacia la mansión Cavallaro transcurrió en un silencio asfixiante, interrumpido solo por la respiración acompasada de Daniela, que se había vuelto a dormir en el regazo de su madre. Alessia miraba por la ventana, viendo cómo las luces de la ciudad se desvanecían para dar paso a los altos muros de piedra y los jardines perfectamente podados que custodiaban la propiedad de Killian. Sentía que cada kilómetro que avanzaban era un clavo más en el ataúd de su libertad.Al detenerse frente a la imponente entrada, Killian bajó del auto y, sin esperar, abrió la puerta del lado de Alessia.—Baja —ordenó él, extendiendo una mano que ella ignoró por completo.Alessia salió del vehículo estrechando a su hija contra su pecho, sintiendo el frío mármol bajo sus pies al entrar al vestíbulo. El lugar era frío, majestuoso y aterrador, tal como el hombre que lo poseía. Killian hizo una señal a una de las empleadas.—Prepara la habitación contigua a la mía para la niña. Y que la señorita Alessi
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