Mundo ficciónIniciar sesiónCristal nació con muy mala estrella, entre hambre y sufrimiento, con un único sueño: ser feliz algún día. Al cumplir la mayoría de edad, su padre la vendió para saldar sus deudas, y el hombre que la compró no solo la ve como una sirvienta, sino como un objeto. Franco D’Ávila lo tiene todo: dinero, poder, una mansión imponente y un corazón de hielo. Para él, Cristal no es más que una chica de la favela que llegó a su vida para pagar una deuda. Ella, por su parte, comienza a experimentar sentimientos que la confunden y la asustan, consciente de que, para un hombre como él, que pertenece a otra, ella es invisible. Todo cambia una madrugada, cuando aparece un bebé abandonado en su puerta. Con la sangre de un hombre que jura no quererlo, la sirvienta que nadie miraba se convierte en la única capaz de calmar el llanto del pequeño. En medio de humillaciones constantes, celos posesivos y un amor que lastima, Cristal se encuentra atrapada, deberá elegir entre el hombre que se encargó de destruirla y aquel que, desde las sombras, siempre la protegió en silencio.
Leer másEsa noche llovía muy fuerte en la favela Beira-Río, el agua entraba por las rendijas del techo de la gastada lámina, Iracema estaba acostada en un catre viejo, gritando de dolor, la partera, doña Mércia, le apretaba la barriga con las dos manos.
—Doña Mércia, no puedo más —dijo Iracema.
—Sí puedes, mija, ande, aprieta los dientes —dijo doña Mércia.
Josafá, el marido, estaba afuera, con una cerveza en la mano, no entraba, solo miraba la lluvia.
—¡Josafá! —gritó Iracema— ¡Ven acá!
Josafá se acercó despacio, se paró en la puerta del cuarto, miró a su mujer, miró el piso de tierra, luego a la partera.
—Ya voy, ya voy —murmuró.
Pero no fue, se quedó en la puerta, tomando cerveza.
Iracema gritaba, el dolor era demasiado, la sangre mojaba las sábanas, y la partera veía que las cosas no iban bien. La niña estaba de lado, había que sacarla rápido, pero no había posibilidad de llevarla a un hospital, sólo estaba la partera, y un hombre borracho en la puerta.
—Es una niña —dijo doña Mércia— es una niña, Iracema.
Iracema sonrió, trató de levantar la cabeza, no pudo, la partera le puso la niña en el pecho, Iracema la miró, le pareció preciosa.
—Se va a llamar Cristal —susurró Iracema.
Después cerró los ojos, doña Mércia la llamó por su nombre, le tomó el pulso, pero ya no había pulso. Iracema se había ido, en la misma noche en que su hija llegaba al mundo.
—¡Iracema! —gritó doña Mércia— ¡Iracema, no te vayas!
La partera miró a la niña, le limpió la boca con un trapo, luego la envolvió en una sábana, y dijo:
—Pobrecita, esta niña nació con las lágrimas de su madre.
Josafá escuchó eso desde la puerta, no dijo nada, se quedó quieto con la cerveza en la mano, después dio la vuelta y se fue a dormir al sillón del vecino.
La niña lloraba, doña Mércia la mecía como podía.
—Ya, ya, mija —le decía— ya, ya.
Esa madrugada, los vecinos se enteraron de lo que pasó, vinieron uno por uno a la puerta, miraban a la niña por la ventana. Algunos lloraban, otros se persignaban.
—Tan chiquita y ya huérfana —dijo una vecina.
—Pobre criatura —dijo otra.
Desde esa noche, la niña dejó de llamarse Cristal, empezó a llamarse Lágrimas.
Los niños del callejón se burlaban de ella.
—Eh, Lágrimas, ¿Por quién lloras hoy?
Ella apretaba la boca y seguía caminando, con el balde de agua en la cabeza.
Pasaron los años, la niña creció, en la casa de su padre no había comida todos los días ni ropa nueva, dormía en una hamaca en el mismo cuarto donde dormía su padre, Josafá empezó a beber más y se volvió violento.
A los siete años, Josafá perdió su trabajo en el puerto, lo echaron porque llegaba tarde, y porque tomaba en el trabajo. Volvió a la casa esa tarde, con las manos vacías, borracho.
—Ya no tengo trabajo —dijo— ya no tengo nada.
La niña lo miraba desde la esquina.
—Papá, ¿vamos a comer?
—Después —dijo Josafá.
El después nunca llegaba, a los ocho años, Lágrimas empezó a trabajar, iba a la playa de Ramos los fines de semana y vendía acarajé para una señora del morro.
—Toma, mija —le decía la señora del morro, dándole unos reales— toma, que te lo ganaste.
Ella lo guardaba en un bolsillo y se iba corriendo para la casa, su padre la esperaba en la puerta, con la mano extendida.
—¿Cuánto trajiste? —le preguntaba.
—Doce reales, papá.
—Dame.
Ella se los daba, su padre los contaba, se los guardaba, y se iba a la esquina a comprar cerveza. Ella se quedaba en la puerta, mirando cómo se iba, después entraba a la casa, prendía el fuego, y se hacía un poco de arroz si es que sobraba.
A los diez años, aún dormía en la hamaca a la que algunos hilos se le habían podrido, su padre, borracho, no la veía, ella aprendió a no hacer ruido. Aprendió a ser invisible.
Pero la niña creció bonita, tenía los ojos verdes, grandes, que no eran de la favela, el pelo claro, largo, la piel blanca, y una boca seria que casi nunca sonreía, los vecinos murmuraban.
—Esta niña no es de aquí —decía una señora.
—Es muy bonita para este lugar —decía otra.
—Va a traer problemas —decía una tercera.
Josafá escuchaba esos comentarios, una noche le dijo, borracho, en la puerta:
—Las mujeres bonitas dan problemas, no sirven más que para eso.
La niña no contestó, se quedó quieta, mirándolo, después se dio vuelta y entró.
Cuando tenía quince años, un hombre empezó a venir a la casa los viernes, era grande, gordo, con el pelo largo y grasoso, le decían Cabeludo, era un prestamista que le prestaba dinero a Josafá para la cerveza, para el juego y para las apuestas, Josafá le debía cada vez más.
—La cuenta es grande, Josafá —le dijo Cabeludo— muy grande.
—Ya te voy a pagar —dijo Josafá— dame una semana más.
—Una semana más, pero después, sí o sí me pagas.
Cabeludo miraba a la muchachita con unos ojos asquerosos, ella, cuando lo veía, se metía al cuarto y cerraba la puerta con llave, pero a veces él la esperaba, una noche, se acercó y le tocó el pelo. Ella le mordió la mano, Cabeludo la agarró del brazo, la levantó, y le dio un golpe, le dejó el ojo morado por una semana.
—Aprende a respetar —dijo Cabeludo— aprende a respetar a los mayores.
Josafá estaba en la otra pieza, borracho, no se enteró, o si se enteró no le importó, ella se quedó en el piso, llorando en silencio. Después se levantó y se fue a su hamaca.
—Mamá —susurró en la oscuridad— mamá, ¿por qué me dejaste sola?
No recibió respuesta.
Al día siguiente, en la calle, una señora le preguntó qué le había pasado en el ojo.
—Nada, señora —dijo Lágrimas.
—Mientes —dijo la mujer— eso es un golpe. ¿Quién te pegó?
—Nadie, señora.
La mujer la miró, le puso hielo en el ojo y no dijo más.
A los dieciséis años, Lágrimas encontró trabajo en una panadería, el dueño se llamaba Agenor, era un hombre gordo, con bigote, que siempre tenía las manos sudadas.
—Llegas a las cinco y te vas a las diez —le dijo— barres, lavas y ordenas el pan. ¿Entendido?
—Sí, señor.
El primer día, Agenor la recorrió con la mirada, notó que era muy bonita y la llamó a la oficina.
—Ven acá —le dijo.
—¿Sí, señor? Ven, que te voy a explicar algo.
Agenor le puso la mano en la cintura, Lágrimas le agarró la mano y se la quitó.
—No me toque —dijo, con la voz muy baja.
—Ya aprenderás —dijo Agenor riendo— todas aprenden.
Lágrimas salió de prisa, se fue al baño y vomitó, le daba asco que ese hombre la hubiera tocado, se limpió la boca, se lavó la cara y volvió a su puesto, esa noche, en la hamaca, volvió a susurrar:
—Mamá, ¿por qué no me llevaste contigo?
A los diecisiete años, un fotógrafo la vio en la playa de Ramos, era un domingo, ella estaba vendiendo acarajé.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Lágrimas.
—¿Y tu nombre de verdad?
—Cristal, pero nadie me dice así.
—Cristal, te queda mejor. ¿Quieres trabajar conmigo? Te pago bien, saldrás en revistas.
—No puedo, señor, mi padre no me deja.
—¿Y si yo hablo con él?
—No va a querer, dice que las mujeres bonitas dan problemas.
El fotógrafo le dio una tarjeta.
—Cuando quieras, me llamas —dijo.
Esa noche, Lágrimas le enseñó la tarjeta a su padre. Josafá la rompió en cuatro pedazos.
—Solo das problemas, te vas a quedar aquí. ¿Entendido?
—Entendido, papá.
Lágrimas se fue a su hamaca, con los pedazos de la tarjeta en la mano, llorando en silencio.
—Vamos, te dije —dijo Marlene, animando a la chica.Entraron y se sentaron en una mesa al fondo, cerca de la ventana. Marlene pidió un plato con arroz, con feijão, con carne, con farofa, y un suco de laranja, las dos comieron disfrutando de la deliciosa comida que les habían llevado.Cristal comía con las manos, así era como siempre había comido en la favela, su padre nunca le había enseñado modales, no la había enviado a la escuela, porque estudiar no servía para nada.Cristal agarraba el arroz con los dedos, lo apretaba, y se lo metía a la boca acercando su cara al plato, con el jugo cayéndole por la barbilla, sin cubiertos, limpiándose con el dorso de la mano, sin servilleta.La chica no sabía que la gente alrededor la estaba mirando, en otra mesa, una mujer le había tomado una foto y grabado con el celular, un hombre la miraba con la cara más asqueada del mundo, y una pareja joven se reía, y comentaba sobre ella en voz baja, tapándose la boca con la mano.Marlene la dejó comer, no
El miércoles, el niño no paró de llorar, aunque Cristal hacía lo posible por hacerlo callar, ella se ponía nerviosa, tenía miedo que el patrón lo echara a la calle.Era un llanto desesperado, lloró desde las cinco de la mañana, Cristal lo levantó, lo cambió, le dio el biberón, se calmó, pero lloró de nuevo a las siete, a las ocho, a las nueve, a las diez. Lloró mientras Cristal lo meció en la mecedora, lloró mientras le cantaba canciones, le acarició con suavidad la cabeza, rogándole que se callara, que la dejara descansar aunque sea un minuto.Lorena bajó a las diez de la mañana, como siempre despampanante con su acostumbrado vestido corto, y su largo cabello cayéndole por la espalda, tenía cara de no haber dormido. Se paró en la puerta de la cocina, con los brazos cruzados, y le dijo con voz fría, a Marlene:—O se calla ese niño, o se lo llevan, no puedo ni desayunar con ese escándalo, parece un perro, chillé y chillé, no un ser humano, háganlo callar.—Señora Lorena —dijo Marlene,
En el rostro de Franco se notaba que estaba furioso.—Señor—dijo Marlene, con los ojos llenos de lágrimas— el bebé es suyo, mirelo, tiene sus ojos, tiene la misma cara que tenía usted de chiquito —Marlene había sido para Franco como una especie de nana.—No me jodas, Marlene, tráeme a Lorena —ordenó.Lorena estaba en la habitación, bajó cinco minutos después, vestía un vestido muy corto, llevaba el pelo suelto, y un gesto de fastidio por no saber qué carajos pasaba. Cuando vio al bebé, se le congeló la cara, su mirada se endureció y apretó los labios.—¿Y esto? —dijo Lorena, con la voz fría, sin acercarse, cruzando los brazos.—Dicen que es hijo mío —dijo Franco— quiero que lo cuides, eres mi mujer, así que tienes que cuidarlo.Lorena se quedó en silencio por unos segundos, después soltó una carcajada.—Ja, ja, ja, ¿Yo? Franki, mírame, yo no cuido chamacos, yo soy una mujer, no una mucama, ni una nana, si quieres que alguien cuide a ese niño, que lo cuide ella —dijo, señalando a Crist
El martes, Franco amaneció de un humor de los mil demonios, era un mal humor que parecía salirle por los poros, les hablaba a todos más golpeado que de costumbre, y parecía mirar a Cristal con furia.Kauê bajó a la cocina a las ocho de la mañana a darle instrucciones a Marlene, Marlene las pasó a Cristal, una tras otra, era como si Franco quisiera tenerla ocupada las veinticuatro horas del día, ordenó que planchara las camisas de él, que ordenara la oficina, que limpiara los baños de la planta baja, que fregara el piso del jardín, que le tuviera el café siempre caliente, siempre listo, sin tener que pedírselo dos veces y que no se le ocurriera mirarlo a los ojos.Cristal se movió por la casa como una sombra, sin hablar, sin parar, no entendía qué había hecho mal, según ella, no había hecho nada, sentía que no había cruzado ninguna línea. Solo había bajado a la cocina, había cumplido con su trabajo, y había cruzado la mirada con él en el pasillo esa mañana cuando él salía de su pieza y










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