Mundo ficciónIniciar sesión"Ella era su prisionera por una deuda de sangre. Él era el monstruo que solo podía ver a través de sus manos." Dante Moretti, el despiadado heredero del imperio más poderoso de Sicilia, lo tenía todo hasta que una explosión le arrebató lo más valioso para un depredador: su vista. Traicionado por su propia sangre y sumido en una oscuridad absoluta, Dante reclama una "deuda de vida" al hombre que cree responsable del atentado. Pero no quiere su dinero; quiere a su hija. Elena Valenti es una cirujana brillante con un futuro prometedor, hasta que se convierte en la "propiedad" del Capo. Encerrada en una mansión que es tanto una fortaleza como una tumba, Elena tiene una sola misión: devolverle la luz a los ojos grises de Dante o enfrentar la muerte de su padre. Sin embargo, en el mundo de los Moretti, nada es lo que parece. Mientras Elena lucha por no caer ante la seducción del hombre que la mantiene cautiva, descubre que la ceguera de Dante no fue un error médico, sino una conspiración tejida por hilos maternales y ambiciones letales. Entre sábanas de seda, secretos químicos y balas perdidas, Elena y Dante aprenderán que, a veces, hay que perder la vista para aprender a ver la verdad. Porque cuando el velo de los Moretti caiga, no quedará rastro de la piedad... solo el fuego de una pasión que reclama su trono.
Leer másEl trayecto hacia la costa se sentía como un funeral.
Elena Valenti miraba por la ventanilla del sedán negro, observando cómo la lluvia golpeaba el cristal con una violencia rítmica, casi acusadora. A su lado, su maletín médico —el mismo que había cargado con orgullo durante su residencia en el hospital general— parecía ahora una condena. No iba a salvar vidas en una sala de urgencias; iba a entregar la suya a cambio de la de su padre.
—¿Falta mucho? —preguntó Elena. Su voz sonó más pequeña de lo que pretendía.
Bruno, el hombre sentado al volante, no se molestó en mirarla por el retrovisor. Sus manos, curtidas y con cicatrices en los nudillos, apenas se movían sobre el cuero del volante.
—Falta lo suficiente para que te arrepientas si estás pensando en saltar del coche, doctora —respondió él con una voz monótona—. Aunque no te lo aconsejo. Los hombres del señor Moretti son excelentes rastreadores.
Elena apretó los dientes y volvió la vista al paisaje. Su mente retrocedió, como lo había hecho mil veces en las últimas cuarenta y ocho horas, al momento del accidente. Recordó a su padre, Alberto, entrando en casa con el rostro desencajado y la ropa manchada de hollín. “Fue una válvula, Elena. Un error en el sistema de presión. Yo no sabía que el señor Moretti estaba en la sala de calderas…”.
Pero en el mundo de la mafia, la ignorancia no era una excusa. La explosión no solo había destruido una parte de la mansión; había destrozado los nervios ópticos de Dante Moretti, el heredero de un imperio construido sobre el miedo y la sangre.
Cuando el coche finalmente cruzó las imponentes puertas de hierro de la finca, Elena sintió un escalofrío. La propiedad era una fortaleza de piedra gris y jardines que, bajo la lluvia, parecían laberintos diseñados para ocultar secretos. No había flores de colores, solo arbustos perfectamente podados y estatuas de ángeles que parecían llorar bajo el agua.
El coche se detuvo frente a la escalinata principal. Bruno bajó y le abrió la puerta con una cortesía que se sentía falsa, casi burlona.
—Bienvenida a su nueva casa, doctora. Trate de no romper nada más. El señor Moretti tiene un inventario muy estricto de sus posesiones.
Elena ignoró el comentario y subió los escalones con la cabeza alta. Si iba a ser una prisionera, sería una que mantuviera su dignidad.
El interior de la mansión era un despliegue de opulencia fría. Mármol negro, techos altos con molduras de oro y un silencio tan pesado que se podía sentir en los oídos. Una mujer mayor, vestida de negro riguroso, la recibió en el vestíbulo.
—Soy la señora Rosa, la ama de llaves —dijo sin ofrecerle la mano—. El señor la espera en su ala privada. No le gusta esperar y, desde el accidente, su paciencia es inexistente. Sígame.
Subieron por una escalera de caracol que parecía no tener fin. Elena notó que todas las bombillas del pasillo superior habían sido cambiadas por luces tenues, casi imperceptibles. La oscuridad empezaba mucho antes de llegar a la habitación del capo.
Rosa se detuvo ante una puerta de roble doble y pesado. Miró a Elena con una mezcla de lástima y advertencia.
—Un consejo, doctora: él no quiere compasión. Quiere resultados. Si siente que lo tratas como a un inválido, te echará a los perros antes de que puedas decir tu nombre.
Sin esperar respuesta, Rosa abrió la puerta.
La habitación estaba sumida en una penumbra casi total. El único sonido era el crepitar de una chimenea que apenas daba luz. El aire olía a madera quemada, whisky caro y algo más... algo metálico y peligroso.
Sentado en un sillón de cuero, de espaldas a la puerta, estaba él.
Incluso en la penumbra, la figura de Dante Moretti era imponente. Sus hombros anchos llenaban el respaldo del asiento, y su postura era de una rigidez absoluta. No llevaba la venda puesta; sus ojos estaban cerrados, y su cabeza estaba ligeramente inclinada hacia un lado, como si estuviera diseccionando el sonido de la respiración de Elena.
—Tres minutos tarde, doctora Valenti —dijo Dante. Su voz era un barítono profundo, cargado de un veneno tranquilo—. Espero que su precisión con el bisturí sea mejor que su sentido del tiempo.
Elena dio un paso al frente, haciendo que sus tacones resonaran contra la madera del suelo.
—El retraso se debió al estado de sus carreteras, señor Moretti. Y si me permite un consejo médico antes de empezar: la puntualidad es lo último que debería preocuparle cuando sus córneas están en un estado crítico.
Dante se tensó. Lentamente, giró la silla para quedar de frente a ella. Elena contuvo el aliento. Era, sin duda, el hombre más apuesto que había visto nunca, pero su belleza era cruel, afilada como una cuchilla de afeitar. Su mandíbula estaba perfectamente definida, y su cabello oscuro caía sobre una frente que ahora estaba surcada por una expresión de desprecio.
Sus ojos permanecían cerrados, pero sus párpados estaban ligeramente enrojecidos.
—Acércate —ordenó él.
Elena no se movió. —Tengo nombre, señor Moretti. Y tengo un protocolo. Primero, necesito ver sus informes médicos previos y preparar una zona de examen higienizada.
Dante soltó una risa seca, un sonido que no tenía nada de alegría. Se puso de pie con una agilidad sorprendente, extendiendo una mano para tantear el borde de una mesa antes de caminar hacia ella. Cada paso era una amenaza. Se detuvo a escasos centímetros de ella. Elena podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo y el aroma de su perfume, una mezcla de sándalo y peligro.
—Tú no tienes protocolos aquí —susurró él, inclinándose tanto que ella pudo sentir su aliento en la mejilla—. Tienes una deuda. Tu padre me robó la vista por su incompetencia. Ahora, tú me vas a devolver cada rayo de luz que él me quitó. Y mientras lo haces, me pertenecerás.
—Yo no pertenezco a nadie —replicó Elena, clavando sus pies en el suelo, negándose a retroceder a pesar de que el corazón le latía contra las costillas como un pájaro enjaulado—. Estoy aquí para hacer mi trabajo. Si quiere un esclavo, contrate a alguien más. Si quiere volver a ver, quédese quieto y déjeme examinarlo.
Dante alargó una mano con rapidez felina y le atrapó la barbilla. Sus dedos eran fuertes, y su agarre, aunque no llegaba a ser violento, era una clara demostración de poder. Él movió el rostro, "buscándola" con sus otros sentidos.
—Tienes una lengua muy afilada, doctora. Me pregunto si tus manos serán tan valientes como tus palabras cuando sientas el peso de lo que sucede en esta casa si fallas.
Él la soltó con un gesto despectivo, como si se hubiera cansado de un juguete nuevo tras solo unos segundos.
—Instálese en el cuarto contiguo —dijo él, volviendo a sentarse en las sombras—. Estará a mi disposición las veinticuatro horas. Si necesito algo a las tres de la mañana, estará aquí. Si quiero que me lea informes mientras me ducho, estará aquí. Mi ceguera es su nueva religión, Elena. Empiece a rezar para que sea una de corta duración.
Elena lo miró por última vez antes de salir. Dante se había hundido de nuevo en su sillón, fundiéndose con la oscuridad de la habitación. Ella apretó el asa de su maletín. La batalla acababa de empezar, y sabía que, en esa casa, la medicina no sería su única herramienta para sobrevivir. Tendría que aprender a luchar en la oscuridad de un hombre que, incluso sin ojos, era capaz de ver todos sus miedos.
Elena comprendió esa mañana que las lágrimas no compraban libertades en la mansión Moretti. Tras el colapso en el baño, se miró al espejo y no reconoció a la mujer que le devolvía la mirada. Sus ojos, antes llenos de una chispa de rebeldía y esperanza, ahora eran dos esquirlas de cristal opaco.Si Dante quería un instrumento, eso le daría. Un bisturí no siente, no juzga y, sobre todo, no sufre.Se puso su uniforme blanco, lo alisó con una precisión obsesiva y se recogió el cabello en un moño tan tirante que le tensaba las sienes. Cuando entró en la habitación de Dante para el tratamiento matutino, no hubo portazos ni gritos. Entró como una sombra, en un silencio absoluto que pareció inquietar más al hombre sentado en la penumbra que cualquier insulto.—Buenos días, señor Moretti —dijo ella. Su voz era plana, despojada de toda inflexión emocional. Era la voz de una grabación, no la de una mujer.Dante, que estaba esperando el ataque, el reproche o el llanto tras lo ocurrido ayer en el
El desayuno fue un asunto silencioso y amargo. Elena comió en la pequeña cocina de servicio, bajo la mirada curiosa pero distante de Rosa. No podía quitarse de la cabeza la sensación de los dedos de Dante sobre su piel. La vulnerabilidad que él mostraba a ratos era una trampa, una red de seda diseñada para hacerla olvidar quién era él y, lo más importante, por qué estaba ella allí.—Rosa —dijo Elena, dejando la taza de café—. Quiero ver a mi padre. Dante me dijo que estaba en el ala oeste.Rosa se detuvo, con un trapo en la mano, y desvió la mirada hacia el jardín. Hubo un segundo de vacilación que hizo que a Elena se le helara la sangre.—El señor Moretti dio órdenes de que no se la molestara durante sus horas de descanso, doctora —respondió la mujer con voz monótona.—No estoy pidiendo permiso, Rosa. Soy una mujer libre, o al menos eso es lo que me dijeron cuando acepté este... trato. Quiero ver a Alberto Valenti. Ahora.Sin esperar respuesta, Elena salió de la cocina. Conocía la di
La mañana llegó sin sol. Tras los pesados cortinajes de la mansión, el mundo exterior era una mancha gris, pero para Elena, el día comenzaba con el tintineo metálico de sus instrumentos. Se había pasado la noche repasando sus libros de patología ocular. El caso de Dante no era sencillo; no era solo una quemadura superficial, era un trauma complejo que requería una precisión quirúrgica en el seguimiento.Antes de entrar en la suite, se detuvo frente al espejo. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos estaban encendidos con una determinación fría. Se ajustó el estetoscopio alrededor del cuello —un amuleto de autoridad— y empujó la puerta.El aire en la habitación de Dante estaba viciado, impregnado del aroma a café amargo y el rastro metálico de la noche anterior. Dante estaba sentado en una silla de respaldo alto cerca del ventanal cerrado. Llevaba una bata de seda negra que ocultaba su físico, pero no su presencia. Al oírla entrar, su mandíbula se tensó.—Llegas tarde —dijo él. Su voz e
La habitación asignada a Elena era un monumento a la ironía. Las sábanas eran de seda egipcia con un conteo de hilos que probablemente costaba más que su coche, y los muebles eran antigüedades de caoba talladas a mano. Sin embargo, no importaba cuántos lujos amontonaran en esos metros cuadrados: para ella, el aire se sentía viciado, como el de una celda de castigo.Se sentó en el borde de la cama, todavía con el uniforme puesto, escuchando el golpeteo incesante de la lluvia contra los ventanales reforzados. No había cerradura por dentro. Ese detalle le escocía más que las amenazas de Dante. En esa casa, su privacidad era un concepto que dependía enteramente de la voluntad de un hombre que no creía en las fronteras de los demás.Elena abrió su maletín sobre la colcha y comenzó a organizar sus instrumentos por pura inercia, intentando calmar el temblor de sus manos. Estetoscopio, oftalmoscopio, gotas anestésicas, gasas estériles... El orden era lo único que la mantenía cuerda.De repent
El trayecto hacia la costa se sentía como un funeral.Elena Valenti miraba por la ventanilla del sedán negro, observando cómo la lluvia golpeaba el cristal con una violencia rítmica, casi acusadora. A su lado, su maletín médico —el mismo que había cargado con orgullo durante su residencia en el hospital general— parecía ahora una condena. No iba a salvar vidas en una sala de urgencias; iba a entregar la suya a cambio de la de su padre.—¿Falta mucho? —preguntó Elena. Su voz sonó más pequeña de lo que pretendía.Bruno, el hombre sentado al volante, no se molestó en mirarla por el retrovisor. Sus manos, curtidas y con cicatrices en los nudillos, apenas se movían sobre el cuero del volante.—Falta lo suficiente para que te arrepientas si estás pensando en saltar del coche, doctora —respondió él con una voz monótona—. Aunque no te lo aconsejo. Los hombres del señor Moretti son excelentes rastreadores.Elena apretó los dientes y volvió la vista al paisaje. Su mente retrocedió, como lo habí
Último capítulo