Cap 3: La anatomía del miedo

La mañana llegó sin sol. Tras los pesados cortinajes de la mansión, el mundo exterior era una mancha gris, pero para Elena, el día comenzaba con el tintineo metálico de sus instrumentos. Se había pasado la noche repasando sus libros de patología ocular. El caso de Dante no era sencillo; no era solo una quemadura superficial, era un trauma complejo que requería una precisión quirúrgica en el seguimiento.

Antes de entrar en la suite, se detuvo frente al espejo. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos estaban encendidos con una determinación fría. Se ajustó el estetoscopio alrededor del cuello —un amuleto de autoridad— y empujó la puerta.

El aire en la habitación de Dante estaba viciado, impregnado del aroma a café amargo y el rastro metálico de la noche anterior. Dante estaba sentado en una silla de respaldo alto cerca del ventanal cerrado. Llevaba una bata de seda negra que ocultaba su físico, pero no su presencia. Al oírla entrar, su mandíbula se tensó.

—Llegas tarde —dijo él. Su voz era un latigazo.

—Son las ocho en punto, señor Moretti —respondió Elena, dejando su maletín sobre una mesa auxiliar con un golpe seco—. Y le sugiero que guarde su mal humor para alguien que le tenga miedo. Hoy vamos a realizar el primer examen completo. Necesito que se quite la venda.

Dante se quedó inmóvil. La venda era su último refugio, el muro que separaba su vulnerabilidad del juicio del mundo.

—Hazlo tú —ordenó, inclinando la cabeza ligeramente hacia atrás.

Elena se acercó. Al estar a menos de medio metro, la escala de Dante se hizo evidente. Era un hombre grande, cuya energía parecía ocupar todo el espacio disponible. Ella extendió las manos, pero antes de tocar la tela, él le atrapó las muñecas. Sus dedos eran como grilletes de hierro.

—Si tus manos tiemblan, doctora, prefiero que me mates ahora mismo —susurró él, su aliento rozando los labios de ella.

—Mis manos no tiemblan por usted —replicó Elena, sosteniéndole la "mirada" invisible—. Tiemblan por la injusticia de que mi padre esté encerrado mientras yo trato de salvarle la vista a un hombre que no sabe decir "por favor". Suélteme.

Dante apretó un poco más antes de liberar sus muñecas con un gesto brusco. Elena exhaló con lentitud y procedió a desatar el nudo detrás de su cabeza. La tela cayó lentamente, revelando el rostro de Dante bajo la luz tenue. Sus párpados estaban cerrados, las pestañas oscuras proyectaban sombras sobre sus pómulos afilados. Había una ligera inflamación, una señal de que el trauma aún estaba fresco.

—Voy a abrir sus párpados ahora —anunció ella—. No luche contra mí.

Elena usó sus dedos pulgares para separar suavemente la piel. El contacto fue íntimo, casi doloroso. Estaba tan cerca que podía contar las pequeñas cicatrices que Dante tenía cerca de la sien. Al exponer los ojos de él, Elena sintió una punzada de alivio médico mezclada con temor. Las córneas estaban opacas, irritadas por los vapores químicos de la explosión.

Encendió una pequeña linterna médica.

—¡Maldición! —Dante se apartó de golpe, cubriéndose la cara con la mano sana—. Te dije que la luz me quema.

—Es una reacción pupilar —explicó ella, manteniendo la calma aunque su corazón latía con fuerza—. Es una buena señal, Dante. Significa que el nervio óptico sigue enviando señales al cerebro. Si no sintiera dolor, estaríamos ante una necrosis total. El dolor es esperanza.

—Fácil de decir para quien no tiene agujas de fuego clavadas en el cráneo —gruñó él, volviendo a sentarse, aunque sus manos seguían temblando ligeramente.

Elena procedió a la irrigación. Utilizó una solución salina tibia para limpiar los residuos de la superficie ocular. Tuvo que sentarse en el borde de su silla, inclinándose sobre él. En esa posición, el pecho de Elena rozaba ocasionalmente el hombro de Dante. Él permanecía rígido, con la respiración entrecortada.

—¿Por qué no me dejas morir, Elena? —preguntó de repente. Su tono ya no era agresivo, sino extrañamente reflexivo—. Un capo ciego no es más que un cadáver que todavía respira. Mis enemigos vendrán por mí. Mi propia gente empezará a dudar.

—Porque soy médico, no juez —respondió ella mientras aplicaba unas gotas antibióticas—. Y porque mi padre cree en la redención. Él dice que el accidente fue un fallo técnico, no un atentado. Si yo te curo, demuestro que su trabajo no fue en vano.

Dante soltó una risa amarga. —Tu padre es un ingenuo. En mi mundo, no hay fallos técnicos. Hay traiciones disfrazadas de accidentes.

Él estiró la mano y, guiado por el sonido de su voz, encontró el rostro de Elena. Sus dedos recorrieron su mejilla, subiendo hasta el borde de su mandíbula. Fue un toque lento, casi reverente, que contrastaba con la violencia de sus palabras.

—Eres hermosa —afirmó él. No era una pregunta.

—No puede verme —dijo ella, con la voz fallándole por primera vez.

—No necesito verte para saberlo. Tu piel es fría, pero tu sangre corre rápido bajo ella. Hueles a antiséptico y a una terquedad que solo poseen las mujeres que saben que son deseadas —sus dedos se detuvieron cerca de sus labios—. Me pregunto cuánto tiempo tardará esta casa en romperte.

Elena se apartó bruscamente, rompiendo el contacto. El aire entre ellos se sentía cargado de una electricidad peligrosa.

—He terminado por hoy —dijo ella, recogiendo sus cosas con manos que, esta vez sí, temblaban ligeramente—. Vendré por la tarde para la siguiente dosis. No se quite la protección. Y Dante... —se detuvo en la puerta—. La casa no me romperá. Mi voluntad es más fuerte que sus muros.

Dante se quedó solo en la penumbra. Escuchó el sonido de los pasos de Elena alejándose y el cierre de la puerta. Se llevó la mano a los ojos, donde todavía sentía el eco de la luz de la linterna y la suavidad de los dedos de la doctora.

—Ya veremos, doctora Valenti —susurró para sí mismo—. Ya veremos.

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