Cap 4: El laberinto de las mentiras

El desayuno fue un asunto silencioso y amargo. Elena comió en la pequeña cocina de servicio, bajo la mirada curiosa pero distante de Rosa. No podía quitarse de la cabeza la sensación de los dedos de Dante sobre su piel. La vulnerabilidad que él mostraba a ratos era una trampa, una red de seda diseñada para hacerla olvidar quién era él y, lo más importante, por qué estaba ella allí.

—Rosa —dijo Elena, dejando la taza de café—. Quiero ver a mi padre. Dante me dijo que estaba en el ala oeste.

Rosa se detuvo, con un trapo en la mano, y desvió la mirada hacia el jardín. Hubo un segundo de vacilación que hizo que a Elena se le helara la sangre.

—El señor Moretti dio órdenes de que no se la molestara durante sus horas de descanso, doctora —respondió la mujer con voz monótona.

—No estoy pidiendo permiso, Rosa. Soy una mujer libre, o al menos eso es lo que me dijeron cuando acepté este... trato. Quiero ver a Alberto Valenti. Ahora.

Sin esperar respuesta, Elena salió de la cocina. Conocía la dirección general. El ala oeste era la zona de invitados, una parte de la casa que debería ser cómoda, con ventanales al jardín y aire fresco. Mientras caminaba por los pasillos, notó que la seguridad era mucho más densa de lo que había imaginado. Hombres con trajes oscuros y auriculares se apostaban en cada esquina, estatuas vivientes que seguían sus movimientos con ojos gélidos.

Llegó a la puerta de la habitación 204, donde supuestamente descansaba su padre. Golpeó suavemente.

—¿Papá? Soy Elena.

Silencio.

Probó el pomo. Estaba cerrado. Elena sintió que el pánico empezaba a subirle por la garganta. Caminó hacia el siguiente guardia, un hombre joven de mandíbula cuadrada que la miró sin parpadear.

—Abra esta puerta —ordenó ella.

—No tengo las llaves, señorita. Esa habitación está vacía.

—¿Vacía? Mi padre debería estar aquí. Dante Moretti me dio su palabra.

—El señor Moretti tiene sus propios conceptos sobre la ubicación de las personas —dijo el guardia, y por un momento, Elena vio un destello de lástima en sus ojos—. Busque en el nivel inferior, bajo el ala este. Cerca de las bodegas.

Elena no esperó. Corrió por los pasillos, bajando las escaleras de servicio que se volvían más estrechas y frías a medida que descendía. El mármol pulido dio paso a la piedra desnuda; la luz dorada de las lámparas de araña fue reemplazada por tubos fluorescentes que zumbaban con un sonido irritante. El olor a humedad y a hierro viejo inundó sus sentidos.

Esto no era una zona de invitados. Era una prisión.

Al final de un pasillo oscuro, custodiado por una puerta de acero reforzado, encontró a Bruno. Él estaba leyendo un periódico, apoyado contra la pared. Al verla, se enderezó, bloqueando el camino.

—Doctora, no debería estar aquí abajo. El aire es malo para sus manos de cirujana.

—Quítate de en medio, Bruno. Sé que mi padre está ahí dentro.

—Está descansando, doctora. Bajo vigilancia por su propia seguridad. El señor Moretti no quiere que ningún "accidente" vuelva a ocurrir.

Elena lo empujó con una fuerza que ni ella misma sabía que poseía. Bruno, sorprendido, se hizo a un lado lo suficiente para que ella pudiera mirar a través de la pequeña mirilla de cristal reforzado de la puerta.

Lo que vio la hizo caer de rodillas.

Su padre, Alberto, no estaba en una cama de seda. Estaba sentado en una silla de madera frente a una mesa de metal, en una habitación pequeña de paredes de hormigón. Tenía una lámpara potente enfocada directamente sobre él, y estaba rodeado de planos y piezas de maquinaria. Sus manos, las manos que Elena recordaba siempre firmes, temblaban de forma violenta mientras intentaba ensamblar algo. Se veía demacrado, con ojeras profundas que hablaban de noches sin sueño.

—¡Papá! —gritó ella, golpeando el metal de la puerta.

Alberto levantó la vista, desorientado, pero antes de que pudiera responder, Bruno la tomó por los hombros y la arrastró hacia atrás.

—¡Ya basta! —rugió Bruno—. El señor Moretti no quiere escenas. Él está trabajando para pagar su deuda. Si usted quiere que él salga de ahí, más le vale subir y terminar su trabajo con los ojos del patrón.

Elena sintió una furia negra, una llamarada que consumió cualquier rastro de compasión que hubiera sentido por Dante esa mañana. Se zafó del agarre de Bruno y subió las escaleras a zancadas, con la respiración ardiéndole en los pulmones. Cruzó la mansión como una tormenta y pateó la puerta de la suite de Dante sin previo aviso.

Dante estaba de pie frente al ventanal, de espaldas, disfrutando del sonido de la lluvia.

—¿Te han enseñado alguna vez a llamar, Elena? —preguntó él, sin girarse, con esa calma irritante que lo caracterizaba.

—¡Eres un monstruo! —le espetó ella, con la voz quebrada por la rabia—. Me mentiste. Me dijiste que él estaba bien, que estaba en una habitación de invitados. Lo tienes en un sótano, bajo una luz de interrogatorio, obligándolo a trabajar en su estado. ¡Está temblando, Dante! No ha dormido en días.

Dante se giró lentamente. A pesar de su ceguera, su presencia parecía llenar cada rincón de la habitación, sofocándola.

—Tu padre cometió un error que me costó la vista, Elena. En mi mundo, los errores se pagan con sangre. Yo he sido generoso: solo le estoy pidiendo que reconstruya lo que su negligencia destruyó. Está en el sótano porque es el lugar más seguro de esta casa para alguien que sabe demasiado sobre mis sistemas de seguridad.

—¡Es un anciano! Si sigue así, su corazón no aguantará.

Dante caminó hacia ella, guiado por el sonido de sus pasos agitados. Se detuvo justo frente a ella, obligándola a levantar la vista.

—Entonces, doctora, sugiero que trabaje más rápido —susurró él, acercando su rostro al de ella hasta que sus narices casi se rozaron—. Cada hora que pasas aquí quejándote, es una hora más que él pasa bajo esa lámpara. Mi paciencia se agota al mismo ritmo que mi vista. Si quieres que tu padre suba a la superficie, devuélveme la luz.

Elena levantó la mano para abofetearlo, impulsada por un odio visceral. Pero Dante, con una rapidez aterradora, atrapó su muñeca en el aire. Apretó con tanta fuerza que ella soltó un gemido de dolor.

—No vuelvas a intentarlo —advirtió él, con una voz que era un susurro de muerte—. He sido suave contigo porque me gusta el sonido de tu voz y el tacto de tus manos. Pero no olvides quién soy. Soy Dante Moretti, y tú no eres más que el instrumento de mi curación. Si me fallas, o si me desafías de nuevo, te aseguro que lo que viste en el sótano te parecerá un hotel de cinco estrellas comparado con lo que le haré a Alberto.

La soltó con desprecio. Elena retrocedió, sujetando su muñeca dolorida, mirando al hombre que hace unas horas le había parecido vulnerable. La venda de la compasión se le había caído de los ojos.

—Te odio —susurró ella, con las lágrimas finalmente asomando.

Dante esbozó una sonrisa cruel, una que no llegaba a sus ojos vacíos. —Lo sé. El odio es una emoción mucho más honesta que la gratitud. Úsala. Deja que ese odio guíe tu bisturí. Porque ahora mismo, Elena, es lo único que mantiene a tu padre con vida.

Elena salió de la habitación, pero esta vez no fue a su cuarto. Se encerró en el baño, abrió el grifo para que nadie la oyera y lloró. Lloró por su padre, por su libertad perdida y por el hecho aterrador de que, a pesar del odio, el contacto de la mano de Dante en su muñeca todavía hacía que su cuerpo traicionara su mente.

La guerra ya no era solo por la vista de Dante. Era una lucha por su alma, y Elena se dio cuenta de que estaba atrapada en un laberinto donde la salida estaba protegida por un hombre que no tenía intención de dejarla ir.

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