Cap 5: El santuario de hielo

Elena comprendió esa mañana que las lágrimas no compraban libertades en la mansión Moretti. Tras el colapso en el baño, se miró al espejo y no reconoció a la mujer que le devolvía la mirada. Sus ojos, antes llenos de una chispa de rebeldía y esperanza, ahora eran dos esquirlas de cristal opaco.

Si Dante quería un instrumento, eso le daría. Un bisturí no siente, no juzga y, sobre todo, no sufre.

Se puso su uniforme blanco, lo alisó con una precisión obsesiva y se recogió el cabello en un moño tan tirante que le tensaba las sienes. Cuando entró en la habitación de Dante para el tratamiento matutino, no hubo portazos ni gritos. Entró como una sombra, en un silencio absoluto que pareció inquietar más al hombre sentado en la penumbra que cualquier insulto.

—Buenos días, señor Moretti —dijo ella. Su voz era plana, despojada de toda inflexión emocional. Era la voz de una grabación, no la de una mujer.

Dante, que estaba esperando el ataque, el reproche o el llanto tras lo ocurrido ayer en el sótano, ladeó la cabeza. Sus cejas se juntaron en un gesto de confusión.

—Llegas a tiempo, Elena —comentó él, intentando buscar una reacción—. ¿No vas a decir nada sobre el "paseo" de ayer? Pensé que tendrías un discurso preparado sobre los derechos humanos.

—Su presión arterial parece estable, aunque detecto un ligero aumento en su frecuencia cardíaca —respondió ella, ignorando su provocación mientras le colocaba el tensiómetro en el brazo—. Por favor, mantenga el brazo relajado.

Dante sintió el toque de los dedos de Elena. Estaban fríos. Ya no tenían ese calor vibrante que nacía de la rabia. Era el contacto de un profesional con un trozo de carne. El silencio en la habitación se volvió denso, casi asfixiante.

—¿Dónde está tu fuego, doctora? —preguntó él con un tono peligrosamente bajo—. ¿Se te apagó en el sótano?

—Mi fuego no es relevante para la regeneración de sus tejidos oculares, señor Moretti. Por favor, abra los ojos. Voy a aplicar la solución de dexametasona.

Elena realizó el procedimiento con una eficiencia robótica. No hubo roces accidentales, no hubo pausas para respirar el aroma del otro. Ella era una máquina de curar, y Dante empezó a sentirse irritado. La sumisión de Elena no era la que él esperaba; no era la de una víctima quebrada, sino la de alguien que se había retirado a una fortaleza interna donde él no podía alcanzarla.

—Esta noche cenarás conmigo en el gran comedor —ordenó Dante cuando ella terminó de vendarlo—. Y quítate ese uniforme. Rosa te llevará un vestido. Quiero una cena adecuada, no una consulta médica.

—Como desee, señor Moretti. ¿A qué hora debo estar presente?

—A las ocho. Y asegúrate de usar tu voz. El silencio me aburre, y cuando me aburro, tiendo a tomar decisiones impulsivas sobre el personal... y sobre los prisioneros.

Elena no se inmutó ante la amenaza. —Estaré allí a las ocho. Que tenga una tarde productiva.

Salió de la habitación sin mirar atrás. Dante se quedó solo, apretando los puños sobre los reposabrazos de su silla. Odiaba esto. Prefería su odio, prefería sus insultos, incluso prefería que intentara abofetearlo. El hielo de Elena estaba empezando a quemarlo de una forma que no sabía cómo combatir.

A las ocho en punto, Elena bajó las escaleras. El vestido que Rosa le había entregado era de un satén azul noche, con un escote discreto y una caída elegante que marcaba su figura sin ser vulgar. Se había maquillado lo justo para ocultar las ojeras, pero su expresión seguía siendo la de una máscara de porcelana.

El comedor principal era una estancia cavernosa, iluminada por docenas de velas que proyectaban sombras danzantes sobre los tapices de las paredes. Dante ya estaba allí, sentado a la cabecera de la larga mesa de roble. Llevaba un traje oscuro que lo hacía parecer una extensión de las sombras de la habitación. Sus gafas oscuras ocultaban sus ojos, pero su rostro se giró hacia ella en cuanto el sonido de sus tacones golpeó el mármol.

—Te ves diferente —dijo él. Sus sentidos, agudizados por la falta de vista, captaron el sutil roce del satén—. El azul te sienta bien. Es un color frío. Muy apropiado para tu nuevo estado de ánimo.

—Es solo ropa, señor Moretti —respondió ella, sentándose en el lugar que un sirviente le indicaba—. ¿De qué desea hablar? Si es sobre el tratamiento, los niveles de inflamación están bajando conforme a lo previsto.

Dante golpeó la mesa con el dedo índice, un gesto de impaciencia. —No quiero hablar de medicina. Quiero hablar de ti. Háblame de tus ambiciones. ¿Qué harás cuando esto termine? ¿Cuando tu padre sea libre y yo pueda ver de nuevo?

—Regresaré a mi consulta. Olvidaré que este lugar existe. Y me aseguraré de que mi padre nunca vuelva a trabajar en una propiedad privada —respondió ella mientras empezaba a comer su ensalada con movimientos mecánicos.

—¿Tan fácil será para ti? ¿Borrarme de tu memoria? —Dante se inclinó hacia adelante—. He matado hombres que tenían más presencia que tú en este momento, Elena. Pero tú... tú estás intentando desaparecer frente a mis propios ojos, aunque no pueda verlos.

Él hizo una seña a Bruno, que estaba de pie en un rincón. El guardaespaldas se acercó y dejó una pequeña caja de madera frente a Elena.

—Ábrela —ordenó Dante.

Elena abrió la caja con dedos lentos. Dentro, descansaba un estetoscopio antiguo, de plata labrada, con un grabado en la base: A.V.

—Es de mi padre —susurró Elena, y por un microsegundo, el hielo de su voz se quebró.

—Es el que usó cuando empezó su carrera. Lo encontré entre las cosas que quedaron en su oficina después de la explosión —Dante la observaba, o más bien, la "sentía"—. Es un regalo. Un gesto de buena voluntad.

Elena cerró la caja con un chasquido. —No es un regalo, Dante. Es un recordatorio. Me estás diciendo que tienes todo lo que le pertenece, incluso su historia. No acepto sobornos emocionales. Mi trabajo ya está pagado con su vida. No necesita comprar mi simpatía.

Dante soltó un gruñido de frustración y se puso de pie, tirando la servilleta sobre la mesa. —¡Nada te satisface! Te doy lujo, te doy seguridad para tu padre, te doy piezas de tu pasado... ¿y me devuelves este desprecio gélido?

—Me dio la vista de mi padre en un sótano —replicó ella, levantándose también, su voz subiendo de volumen por primera vez—. Me dio amenazas y cadenas. No puede esperar que un estetoscopio de plata borre el olor a humedad de esa celda.

Dante caminó rodeando la mesa, moviéndose con una precisión aterradora a pesar de su ceguera. Se detuvo frente a ella, tan cerca que Elena podía ver el reflejo de las velas en sus gafas oscuras.

—Tal vez debería darte algo más tangible —susurró él. Su mano subió, pero esta vez no la agarró con fuerza. Sus dedos recorrieron el contorno de su cuello, rozando la tela del vestido azul—. Tal vez el problema es que te trato como a una doctora, cuando ambos sabemos que eres mucho más que eso en esta casa.

—Soy su médico, Moretti. Nada más.

—Mientes —dijo él, bajando la mano hasta su cintura y atrayéndola hacia él con un movimiento firme—. Tu corazón dice otra cosa. Está latiendo tan fuerte que puedo sentirlo contra mi pecho. Estás aterrada, sí. Pero también estás aquí. No te has ido. No has intentado envenenarme todavía.

Dante bajó la cabeza, buscando su boca, pero Elena giró el rostro en el último segundo. El beso aterrizó en su mejilla, un contacto ardiente que la hizo estremecer.

—No lo haga —pidió ella, y esta vez su voz no era de hielo, sino de súplica.

Dante se detuvo, con los labios a milímetros de su piel. Podía sentir el temblor de Elena, una vibración que no era de miedo puro, sino de algo mucho más complejo y peligroso. La soltó lentamente, dando un paso atrás.

—Vete a tu habitación, Elena —dijo él, su voz cargada de una ronquera oscura—. El hielo se está derritiendo. Y cuando termine de caer, no estoy seguro de cuál de los dos sobrevivirá a la inundación.

Elena huyó del comedor, dejando la caja de plata sobre la mesa. Corrió hacia su cuarto y cerró la puerta, apoyando la espalda contra la madera. Tenía la piel encendida donde él la había tocado. Se odiaba por ello. Odiaba que, a pesar de lo que le estaba haciendo a su padre, el cuerpo de Dante Moretti ejerciera esa gravedad irresistible sobre ella.

Mientras tanto, en el comedor, Dante tomó el estetoscopio de plata entre sus manos. Sus dedos trazaron las iniciales grabadas. No quería romperla; quería que ella lo viera a él. Realmente lo viera. Pero en su oscuridad, se dio cuenta de que tal vez la única forma de que Elena lo mirara con algo que no fuera odio era seguir siendo el monstruo que ella esperaba.

Porque si ella descubría al hombre que empezaba a necesitarla más que a la luz del día, él perdería el único poder que le quedaba sobre ella.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP