La mañana siguiente a su descubrimiento en la sala de máquinas, Elena se despertó con una sensación de pesadez en los huesos. El sueño había sido breve y turbulento, poblado por visiones de cables cortados y la mirada nublada de Dante Moretti acechándola entre las sombras. Se vistió mecánicamente, pero esta vez, antes de salir, se colgó al cuello el estetoscopio de plata que Dante le había "regalado". No era un gesto de aceptación, sino un recordatorio de por qué estaba allí: por la historia de